Actualizado: 23/07/2019 15:01
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El anticastrismo ya no es una isla

Pese a las muestras de “intransigencia” que continúa brindando un sector de la comunidad exiliada, en Miami ganan terreno a diario quienes favorecen criterios más amplios de opinión y análisis

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En Cuba están ocurriendo una serie de cambios, y aquí en Miami el exilio reaccionario pretende que los ignoremos. Muchos de ellos no son tan profundos y radicales como quisiéramos. Tampoco avanzan con la velocidad que desearíamos y por supuesto que a veces ocurren y están en marcha sin que nos enteremos a tiempo. Pero por encima de todo ello, un grupo con poder económico e influencia sobre los principales medios de prensa de esta ciudad quiere que optemos por mirar hacia otra parte y sigamos cultivando una ignorancia cómplice. Sin embargo, más que un problema de conocimiento, lo más perjudicial es la adopción de una actitud caduca. El continuar empecinados en fijar la mirada sobre una estrategia que nunca ha funcionado. Mientras tanto, el tráfico corre por otro lado. Se nos va la guagua, perdimos el boleto del tren, el taxi no paró. Hay que aprovechar mientras se pueda caminar. Luego sólo nos quedará mirar al mundo desde la ventana.

El único aliento en este sentido es que también se está produciendo un cambio en el exilio. Hay, por un lado, una parte de la comunidad que ―aunque no es ajena a lo que ocurre en la isla― prefiere el enfoque familiar a cualquier otra alternativa. No es partidaria del modelo social que impera en Cuba, pero tampoco asume su desaparición como una tarea, ni siquiera como un interés primordial. Otro sector mantiene una disposición más cercana al paradigma clásico del exiliado, aunque distanciándose del modelo de lo que se ha conocido tradicionalmente como "exilio histórico''.

No es que este sector del exilio haya dejado de ser anticastrista, sino que el anticastrismo ha cambiado de forma. Ha dejado de ser vocinglero y pueril. No le interesa perseguir músicos y tampoco se regodea en la nostalgia de una Cuba anterior a 1959. Incorpora los valores culturales de esa época y tira por la borda la exaltación pueblerina de un país plagado de pobreza, corrupción y asesinatos. Condena a la dictadura de Fulgencio Batista con igual fuerza que al régimen de los hermanos Castro. Entiende lo ocurrido en la isla en casi medio siglo, como un proceso con razones y causas, no como un destino espurio.

Durante décadas se le ha otorgado validez histórica y política a los planteamientos de un grupo que no sólo carece de representación respecto a la situación cubana actual, sino tampoco cuando se habla del “exilio histórico”. La imagen de este último ha sido secuestrada por una serie de arribistas, que adaptan a su conveniencia cualquier actitud frente al régimen de La Habana. Una banda de incapaces, en unos pocos casos, y de corruptos casi siempre. Aliados con asesinos y dictadores latinoamericanos y partidarios de un totalitarismo de derecha para el futuro de Cuba.

La falsa división entre el “yo estaba aquí y tú acabas de llegar” esconde también la existencia de organizaciones, líderes exiliados y puntos de vista que no responden al estereotipo de una comunidad intransigente e ignorante, fácil de manipular por demagogos del micrófono.

El nuevo anticastrismo admite el diálogo con Cuba, que no es sinónimo de complicidad con La Habana sino de intercambio entre opiniones disímiles y contactos en busca de elementos comunes. Reniega de farsantes y está en contra de legisladores que no lo representan en Estados Unidos. No quiere agitadores en Washington, sino políticos que se preocupen por sus distritos respectivos, sean Miami, Nueva Jersey o cualquier otro. Rechaza la demagogia porque la conoce demasiado. Está a favor de la cordura y la simpatía. Se resiste a los discursos altisonantes de cualquier orilla. No quiere una vuelta al pasado. Apuesta por el futuro.

Una ciudad como patria, un país convertido en mito

Celebración de los Municipios de Cuba en exilio, en Miami, 2007Foto

Celebración de los Municipios de Cuba en exilio, en Miami, 2007.

Hay factores diversos que explican el comportamiento de buena parte de los exiliados que llegaron a esta ciudad después de 1990. La adopción de Miami como patria no deja de tener un carácter contradictorio. Los que llegaron durante la década de 1960 imponen una Cuba mítica como modelo para la nostalgia. Entre esa imagen tergiversada y la situación que encuentra aquí ―la añoranza para los primeros exiliados, la realidad de la isla para los que viajaron en las últimas décadas―, sólo se logran salvar los recuerdos personales.

En tales circunstancias, muchos anteponen el hogar a las patrias espurias, que han conocido o empiezan a conocer gracias al éxodo: la de Cuba y la de Miami. A ello se une la saturación política que arrastran los recién llegados. Esto explica en parte que quienes vinieron después del Mariel triunfen en actividades como la literatura y el arte, pero no en la política. Ese apartarse de lo circunstancial ―en favor de una mayor trascendencia― es un logro que no deja de implicar desventajas: el abandono de lo cotidiano para que pueda ser administrado por políticos tradicionales, que en su mayoría deben su elección a votantes del llamado "exilio histórico''; políticos que pueden o no cumplir su función en mayor o menor grado, pero cuya actuación en muchos casos deja fuera los intereses de quienes han llegado en los últimos años.

Por otra parte, en Miami se ha encontrado una fórmula para juzgar todo tipo de comportamiento de acuerdo a criterios políticos. O mejor aún, según las opiniones de un grupo dominante.

En ocasiones, se asiste a la contradicción de considerar a un disidente héroe un día, y a la mañana siguiente verlo convertido en traidor a los ojos de los que ayer lo alabaron. Todo gracias al hecho simple de que en un corto intervalo de tiempo éste expresara una opinión no acorde con el catecismo político de quienes lo ensalzaban.

Lo ocurrido en los últimos días con Guillermo Fariñas ―que mantiene una prolongada huelga de hambre para exigir la liberación de 26 presos políticos enfermos― es un buen ejemplo.

La ira del exilio ultraderechista ha caído sobre Fariñas, por algo bien sencillo: su nombre aparece entre los 74 opositores que dentro de Cuba firmaron una carta en que se pide al Congreso de Estados Unidos que apruebe un proyecto de ley que permita a los estadounidenses visitar el país como turistas y flexibilice el marco legal del envío de alimentos y productos agropecuarios a la isla.

Desde catalogarlo como un ignorante hasta insinuar que su huelga no es verdadera, y que en realidad es un agente de la seguridad cubana, los intentos por desacreditar al opositor pacífico se han multiplicado en la radio de Miami, especialmente en la emisora Radio Mambí, no sólo por parte de los oyentes sino también por Ninoska Pérez Castellón, que conduce un programa en el horario de la tarde y es una de las principales figuras de la estación.

Patrones políticos y no ideológicos

Reacción de exiliados cubanos en La Pequeña Habana, tras conocer la noticia de la renuncia de Fidel Castro a volver a ser nominado a la presidencia de CubaFoto

Reacción de exiliados cubanos en La Pequeña Habana, tras conocer la noticia de la renuncia de Fidel Castro a volver a ser nominado a la presidencia de Cuba.

¿No hay una contradicción entre esas declaraciones diarias a favor de la libertad de expresión en Cuba y esa actitud que no se esfuerza en diferir, sino en tratar de anular los méritos de quienes manifiestan una opinión contraria mediante ataques personales y calumnias?

La contradicción desaparece cuando se aclara que los patrones que guían a este sector ―aún hasta cierto punto dominante en la opinión pública de Miami― no son ideológicos sino políticos. Quiere esto decir que carecen de un conjunto de ideas fundamentales y no se guían por doctrina alguna. No son anticastristas, conservadores y republicanos, en un sentido doctrinal. En su lugar, se han fabricado sus versiones propias que asumen como absolutas: dicen representar el anticastrismo, el pensamiento conservador y la ideología republicana, cuando en realidad lo que hacen es defender una agenda estrecha e interesada, desde el punto de vista económico. Al divulgarse una opinión que no cuadra a sus intereses, surgen los ataques. Aquí reside su intransigencia, y no en mantener una posición ''vertical'' ―como afirman― frente al régimen de La Habana.

Portadores del poder por razones temporales (fueron los que llegaron primero), nada temen más que al paso del tiempo y las nuevas generaciones. Este temor no sólo evidencia una limitación intelectual. Rechazar el devenir, aunque humano, sólo lleva a la amargura. Más que aferrarse a una batalla contra los más jóvenes, lo que hay que entender es que en esta ciudad se está produciendo un cambio, que se refleja en un número creciente de residentes que piensan con criterios independientes de quienes aún poseen o administran el poder local, en cualquiera de sus manifestaciones.

La capacidad de este grupo para ejercer la fuerza ―una de cuyas acepciones es el acto de obligar a alguien a que asienta a algo, o a que lo haga― sólo es moderada en Miami por razones exteriores a la existencia de este poderoso sector de la comunidad: el vivir en Estados Unidos. De ahí que el reclamo de sus miembros, al afirmar que aquí se practica sin perjuicio la difusión de una pluralidad de opiniones, resulta cuando menos hipócrita. Es cierto que en Miami hay libertad de expresión, para quienes difieren de la línea del exilio histórico ―al menos en ciertos sectores y durante determinados momentos―, pero siempre hay que agregar que este beneficio existe pese a la voluntad de quienes, cuando llega el caso, lo reclaman como una virtud propia.

El extremismo ―el reducirlo todo al "estás conmigo o en mi contra''―  ha imperado por demasiado tiempo entre los cubanos. Luchar contra esta tendencia es también reconocer que esta ciudad no es una isla, sino parte de una nación democrática.


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