Actualizado: 21/09/2018 11:18
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| Opinión

ICAIC, Cine cubano

El buen camino de los cineastas cubanos

En general el Estado cubano pierde capacidad de control, y muy en particular lo hace en el escabroso asunto cultural

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Las noticias que llegan desde La Habana en torno al Instituto Cubano de la Industria Cinematográfica (ICAIC) son una muestra del cambio que experimenta el sistema político cubano, del debilitamiento del Estado como controlador total y de la aparición de espacios autónomos que tienen mucho que decir a la sociedad en su conjunto.

EL ICAIC no ha sido un simple adefesio totalitario. Su creación en los 60 fue una buena idea para crear una industria cinematográfica que nunca pudo madurar en la república prerrevolucionaria. Tiene a su haber virtudes y pecados. Desde él se intentó controlar la producción intelectual en este ámbito. Y se logró en ocasiones, aunque con deficiencias, como siempre ocurre con el control sobre el pensamiento. Y en un sistema que después del Caso Padilla prefirió evitar encontronazos con sus artistas. No por respeto, sino por simple cálculo de costos y beneficios.

Y aunque sus mejores producciones han ocurrido en los 60 y después de los 90 —cuando los controles aún no existían o comenzaban a relajarse— el cine cubano puede mostrar decorosos resultados a lo largo de toda su historia. Y en esa historia real y concreta —no en otra imaginada, el ICAIC tuvo un rol.

Lo que sucede ahora es otra cosa, que como diría Cicerón, es propia de las costumbres en los nuevos tiempos. En general el Estado cubano pierde capacidad de control, y muy en particular lo hace en el escabroso asunto cultural. Por tanto si el ICAIC había sido un hermano mayor molesto pero económicamente afluente, hoy solo es lo primero. Y en consecuencia los creadores han comenzado a desprenderse del tutelaje institucional y a producir con recursos diversos, que van desde las nuevas tecnologías que abaratan y democratizan la producción cultural y cinematográfica hasta los capitales extranjeros. Y por eso no es nada extraño que los creadores pidan más autonomía decisional y operativa.

Pero todo ello ocurre en medio de un vacío normativo muy peligroso, pues el Gobierno cubano no ha producido una ley de cine, como ya ha ocurrido en unos cuantos países latinoamericanos. Lo cual, ciertamente como en el caso de los matrimonios de homosexuales, coloca al “gobierno revolucionario” en la retaguardia del continente.

El Gobierno decidió formar una comisión para rendir un informe —programado para septiembre— acerca de cómo reformar al ICAIC. Pero como es todo lo que sale de un gobierno —y no solo del cubano— se trató de una comisión altamente burocrática y poco transparente donde predominaba la autoridad sobre las luces. Y en respuesta, el 4 de mayo los cineastas cubanos se reunieron en una sala denominada Fresa y Chocolate para reclamar participación en el proceso.

Según Gustavo Arcos en un agudo artículo fue una reacción a:

“Decisiones desafortunadas tomadas por funcionarios sin contar con los artistas, reiteradas censuras de filmes, caóticos diseños de programación y estrenos, insuficiente presencia en mercados internacionales, cierre casi total de los circuitos de exhibición en el país, ausencias de fondos para el fomento de la industria cinematográfica, notable debilitamiento tecnológico, pérdida de espacios legítimos donde promover o comercializar las obras en el territorio nacional, excesivas demoras en la implementación de leyes que amparen al creador audiovisual autónomo”.

Este conflicto, que sinceramente deseo se resuelva en función de un mejor cine cubano, es solo la punta del iceberg del problema que enfrenta toda la producción cultural, e incluso toda la sociedad: un Estado incapaz de declinar su vocación totalitaria ante una sociedad autónoma que emerge. Y que por tanto trata de ejercer el control total cada vez en condiciones más deficitarias.

En el campo específicamente cultural, Ambrosio Fornet, en su discurso de apertura de la feria del libro, lo describió como “una época de cambios”. Fornet lo dijo con las medias tintas que siempre le han caracterizado y por ello equivocó el orden: se trata de un cambio de época en el que Cuba participa de manera vergonzante y perdiendo muchas oportunidades.

Para los adoradores del maximalismo político de ambas orillas lo que está sucediendo en La Habana en relación con el ICAIC es intrascendente. Unos van a decir que va dirigido a “perfeccionar” la “revolución” y que por eso es más de lo mismo; otros que deja intacta a la “dictadura” y que por eso es también más de lo mismo.

Dos errores garrafales. Obviamente lo que discuten los cineastas cubanos no es un cambio hacia un sistema político democrático, pero tampoco perfeccionar una revolución que murió hace mucho tiempo y que nadie sabe que cosa es. Solo demandan un espacio propio. Pero sin estos espacios propios, sin una sociedad civil y una esfera cultural autónomas, no es posible una sociedad democrática perdurable. Por todo ello creo que los creadores cinematográficos cubanos están empujando el carro de la vida en la buena dirección.

Y les deseo éxitos por el bien de la sociedad cubana.


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