Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Espacio Laical, Iglesia Católica, Cardenal Ortega

El Cardenal y su laberinto

Dos entrevistas que muestran una rara mirada, íntima y calificada, aunque parcial, de cómo se han movido y se mueven los mecanismos de la política eclesial en Cuba

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Desde La Habana recibo por email otro dossier de Cuba Posible, pero esta vez viene calentito: contiene las revelaciones de cómo y por qué sus fundadores ––Roberto Veiga y Lenier González–– debieron salir en 2014 de sus responsabilidades como editores de la revista Espacio Laical, publicada por la arquidiócesis de La Habana bajo el cardenal Jaime Ortega. Y no es una merienda lo que cuentan.

Al cardenal, si no le echan en Miami, le echan en La Habana, pero lo nuevo en las entrevistas a Veiga y González son los detalles de cómo los asuntos de la Iglesia y su política se rumian y se resuelven ––o no se resuelven–– en los predios del arzobispado habanero. Para quien guste de los detalles y pueda entender que Cuba no es Corea, las dos entrevistas son de obligada lectura.

Relatando las luces y las sombras de su paso por Espacio Laical ––como católicos comprometidos con la realidad actual y el futuro de la nación cubana–– los dos intelectuales no solo elaboran sobre los avatares con curas y laicos en la tarea común de publicar una revista inclusiva para diversos sectores de la sociedad cubana ––incluso el oficialista–– sino que buscan explicar cuáles eran los horizontes editoriales y políticos que no gustan en la jerarquía laico-eclesial habanera o al menos en una parte de ella.

Veiga y González pretenden responder mediante las entrevistas algunas de las preguntas provocadas por su repentina salida de Espacio Laical en el año 2014, por ejemplo: “¿Era legítimo o ilegítimo apoyar la política de diálogo entre la Iglesia y el presidente Raúl Castro? ¿Quién o quiénes fueron los responsables de nuestra salida? ¿Había recibido el Cardenal presiones del Gobierno cubano para cambiar el rumbo editorial de la publicación? ¿El Cardenal era presionado por la Conferencia episcopal? ¿Estuvo implicada la Secretaría de Estado vaticana?¿Hasta qué punto el objetivo último era la deposición del Cardenal?”

En respuesta a por qué le tomó cuatro años a la arquidiócesis el proceso de eliminarlos definitivamente de la publicación, González blande una razón fundamental: el poderoso caballero de Quevedo, don Dinero. Y explica que mientras la arquidiócesis recibía decenas de miles de dólares al año en apoyo a la revista, a él y a Veiga le llegaban solo 40 chuchitos mensuales. Para que quede claro, dice González: “La revista era muy prestigiosa fuera y dentro de Cuba y les sirvió para gestionar mucho dinero a costa de nuestro trabajo”.

Conociendo a la Iglesia ––ya sea por su sabiduría o por sus inconfesables secretos–– seguramente no contestará estas acusaciones. Aunque de todas formas, la verdadera importancia de las entrevistas, publicadas en Cuba Posible, no reside en los detalles casi siempre miserables de la plata, sino en un tenor mucho más destilado: para el lector atento, con mente dispuesta a discernir, las entrevistas son como una rara mirada, íntima y calificada, aunque parcial, de cómo se han movido y se mueven los mecanismos de la política eclesial en Cuba, las disimuladas palpitaciones de algunos de sus actores, al tiempo que indican la realidad de una creciente diversidad de opiniones que actualmente ya cohabitan, dispuestas al debate respetuoso sobre la realidad y el futuro de la nación cubana.

Veiga y González son ahora gestores de Cuba Posible, una plataforma socio-político-económica-cultural-religiosa que busca ser inclusiva con un amplio espectro ideológico y personas capaces de buscar ––mediante el diálogo cívico–– soluciones para los dilemas de la isla y su pueblo. Se sentirán más libres. Tal vez puedan hacer ahora lo que no pudieron desde Espacio Laical, ya fuera porque entonces publicaban solo cuatro números al año, porque la arquidiócesis de La Habana tenía otra concepción del mundo ––quizá diferente pero tan válida como la de ellos–– o tal vez porque el Todopoderoso encuentra siempre camino y momentos para los que se afanan, ya sean curas, laicos, cardenales o gestores.

González muestra más filo en sus palabras que Veiga. Hay algo que resiente; todos los “bretes”, maniobras ––incluso con la Secretaría Vaticana–– para eliminarlos del camino. Dice: “Con lo fácil que hubiera sido para Jaime [Cardenal] llamarnos y decirnos ‘muchachos, todo se ha acabado. Cada uno para su casa’. Así de sencillo, pero prefirió degollarnos entre simulaciones y sonrisas”.

Aunque, ¿por qué lavar tanta ropa sucia exactamente ahora? Esa es la pregunta que tal vez faltó hacerles a Veiga y a Lenier.


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