Actualizado: 22/10/2021 20:51
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FAR, PCC

El coronel (Castro Espín) no tiene quien le aplauda

Y mucho menos dentro de las Fuerzas Armadas, donde ronda su fantasma

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Muchos rumores recorren el país en relación con el posible papel del coronel Alejandro Castro Espín, hijo de quien tú sabes, en cualquier próxima redistribución del poder en la finca de los hermanos Castro, conocida también como República de Cuba. Se habla desde su posible ascenso a general hasta una eventual promoción al Comité Central del Partido en la próxima Conferencia del Partido en enero de 2012.

Pero los “platos fuertes” de los rumores que circulan en la Isla sobre “Alejandrito” tienen que ver con una eventual designación como Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias o con su participación —conjuntamente con el retirado general Enio Leiva— en una súper-comisión con plenos poderes y sin límites de ningún tipo, con la misión de investigar no solamente sobre eventual corrupción en cualquier lugar, sino también sobre cualquier veleidad que pudiera interpretarse como deslealtad al poder; ambas opciones además de su papel como “pastor alemán” o “dobberman” al servicio de la Contralora General de la República en la lucha contra la corrupción (argumento preferido en las purgas estilo estalinista).

Cuando se habla de las interioridades de la Corte, nada debe sorprender, pero tampoco nada debe darse como absoluto ni desecharse por completo antes de un minucioso análisis.

En Corea del Norte Kim Jong Il puede ascender a general de cuatro estrellas a su hijo y evidente delfín —quien no ha sido militar ni jugando con soldaditos de plomo— sin que se produzca una conmoción nacional. Sin embargo, en el poder cubano, todavía dominado por la cultura de los guerrilleros y la sombra de los comandantes, quienes aún no han agotado su ciclo histórico en estos momentos, que se recuerdan unos a los otros la fecha en que “se alzó” cada uno, y que podrían incluso cualquier día cuestionar hasta al mismísimo Raúl Castro, es difícil concebir un Ministro de las FAR o un alto jefe militar que no pueda exhibir ante sus subordinados un historial de combates y timbales que le garanticen, si no la plena aceptación, al menos el no-cuestionamiento.

Un casi hijo adoptivo de Raúl Castro, el hoy general de cuerpo de ejército, jefe del Estado Mayor General y miembro del Buró Político del Partido, Álvaro López Miera, veterano de la lucha guerrillera y de las campañas africanas, fue seriamente cuestionado por los históricos desde los años noventa a causa de sus ascensos en cargos militares, teniendo en cuenta, decían, que en los años noventa “era nada más que coronel”, precisamente el grado que en estos momentos ostenta Alejandro Castro Espín.

Cuesta trabajo entonces imaginarse al vástago coronel en un precipitado ascenso en grado y cargo, hasta Ministro de las FAR —una de las posiciones más importantes del país en todos los sentidos— ante el silencio indiferente o el temor paralizante de los históricos, cualquiera de los cuales ya era comandante cuando Alejandrito vino al mundo, y que saben, además, que al eventual heredero le falta demasiado para que los duros se cuadren ante él.

Es cierto que el nombramiento del ministro cubano de las FAR aparece ya como algo demasiado demorado —aunque según algunos comentaristas iluminados de un artículo anterior sobre el tema que publiqué aquí mismo era algo muy sencillo de resolver por la vía institucional— y que la Conferencia del Partido será en enero del 2012, pero deducir a partir de esto que el coronel será ascendido a general y miembro del Comité Central, para ser nombrado entonces Ministro de las FAR, sería demasiado especulativo. Sin contar que, como norma, ese ministro debería ser miembro del Buró Político y vicepresidente del Consejo de Estado, como es la tradición totalitaria.

Más cómodo para el propio coronel, para su progenitor, y para el funcionamiento del poder, sería mantener la posición que ha desarrollado hasta ahora de asesor de su propio padre y “guardián de la pureza” al servicio de la Contraloría General de la República, y continuar buscando “corruptos” y “matando canallas” por vías administrativas, lo que podría reforzarse además con su participación como copresidente en esa supuesta súper-comisión que no solo perseguiría corrupción, sino todo tipo de deslealtades —con todo lo que ello implica— y que debe dar cuentas y responder solamente ante el Presidente, que —casualmente— es su papá.

Copresidente de comisión no es cargo que asuste al poder ni que llame la atención a la prensa extranjera. En términos administrativos, ningún dirigente puede ver su propio cargo o su autoridad cuestionada por la existencia de tal comisión, que se crea simplemente para “apoyar” el trabajo del Presidente —¿recuerdan al Grupo de Coordinación y Apoyo? Y aunque desde ese cargo el coronel se mantenga lejos de las candilejas, ejercería un verdadero poder que, protegido por las sombras y la impunidad, puede ser más importante o decisivo que hasta un cargo de ministro. Y, además, estando “solamente” en esa comisión, un ascenso a general o una promoción al Comité Central del Partido no sería algo ni tan escandaloso ni tan comentado, más allá de un nepotismo “light”.

Naturalmente, habrá muchas opiniones encontradas sobre lo que se señala en el párrafo anterior, lo cual es muy saludable para acercarnos cada vez más a la verdad. Al fin y al cabo, lo que importa en los análisis no es quién dice las cosas, sino hasta qué punto lo que se pronostica tiene que ver con la realidad de lo que sucede posteriormente.

Dentro de algún tiempo más sabremos en definitiva el destino del coronel Castro Espín, el nombre del Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y los posibles ajustes en los cargos de dirección del Partido. Si nos preparamos para todo no tiene por qué haber sorpresas.

Lo que sí parece definitivo es que, independiente de los cargos que ocupe, el coronel Castro Espín no tendrá demasiadas personas sinceramente dispuestas a aplaudirlo.


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