Actualizado: 23/10/2019 9:47
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El efecto mariposa

Se ha comenzado a combatir la violencia con otra forma de violencia simbólica, la única a la que quizás tiene acceso un luchador cubano: la eutanasia política, el atentado contra uno mismo, el suicidio como opción liberadora.

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Orwell, Pareto, los Oath Keepers y la eutanasia política

Si la economía se dedica a la administración de recursos escasos, sería lógico asumir que la existencia humana fuera materia de su competencia. Partiendo de este presupuesto, no digamos político, ni siquiera social, simplemente económico, en teoría cada país debería tener un Ministerio de la Vida. Sería la antítesis de los Ministerios del Amor y de la Verdad orwelianos. Un amplio salón lleno de burócratas que cuantifican en su justo valor el más preciado y escaso recurso con que cuenta una nación: sus ciudadanos. Sería más fácil para el mundo pragmático en que vivimos entender que un hombre que muere es un río que se seca, un milla de desierto que avanza sobre la humanidad. Sería cuantificable, pero no en un sórdido registro de vitales, en el tintero de las estadísticas frías, como el sujeto reciclable y reemplazable que es el hombre hoy, sino en la pérdida irreparable que nos consume, como el agujero negro en la capa de una dictadura mediocre y decadente ¿no es eso acaso más comprensible para la nueva intelectualidad ecologista?

Sobre todo si ese hombre ha cometido un acto de sabotaje personal, es decir, con los puños cerrados como granadas, amenaza con quitarse la vida: que otra cosa no es una huelga de hambre cuando se tiene la intención de llevarla al extremo. Eso cualquier estadista medianamente razonable lo debiera saber. Pero el gobierno cubano, con una soberana indolencia fratricida, parece ignorarlo. En Cuba tampoco existe un Ministerio de la Vida. Pero si existiera, el mundo advertiría que una muerte le tiene literalmente sin cuidado. Esa inhumana falta de respeto por la vida, no es, por supuesto, la causa, pero quizás si sea el catalizador de lo que ya parece convertirse en un complejo movimiento de eutanasia política.

Un régimen que ha capitalizado todas las variables de la problemática cubana, sacando partido de cada una de las angustias y vacíos de su identidad nacional, que conoce de primera mano el efecto ideológico del bombardeo indiscriminado de eslóganes, no pudo prever el efecto Frankenstein. Cuba es un país fundado sobre la égida de un verso de Horacio: Dulce et decorum est pro patria mori; ese “morir por la patria es vivir”, que se repite desde hace más de cien años en la letra del himno cubano, es parte de una identidad más sólida que la que se ha manipulado durante los últimos 51 años. Es cierto que la épica romana tiene mucho de zweckpropaganda, de nacionalismo barato, como notaba Bertolt Brecht, puesto que es más civilizado, y apropiado, “vivir” por tu país, pero eso no cambia los hechos: este principio pesa en la programación mental de una nación, y los valores nacionales son transideológicos; es decir, lo suficientemente ambiguos para que puedan adaptarse a cualquier ideología. Aunque una dictadura aferrada a la supervivencia perpetua, y que ha sacado partido a esta condición como ninguna, parezca haberlo olvidado. La explicación la ofrece una disciplina que es contemporánea con la misma revolución: la programación neurolingüística (PNL), de la que Fidel Castro ha sido un aventajado couch: el hombre actúa sobre el mundo a través de representaciones mentales que pueden programarse con palabras.

Supongo que tras la muerte de Orlando Zapata Tamayo, que a la altura de los hechos puede considerarse un asesinato, la primera reacción de la dirigencia cubana haya sido la usual: considerarlo un muerto incómodo; pero uno menos, en fin, que se irá olvidando con el tiempo. Aunque sobre él pesen otros factores —su procedencia obrera y su raza—, que desmontan ante el mundo la vieja leyenda de la burguesía blanca reaccionaria en contra de la revolución igualitaria. La burguesía que “no toleraba perder sus prebendas” hace años que no juega ningún papel en la disidencia pacífica interna, llena de activistas y hombres humildes formados y educados dentro de la Revolución. Quizás su última esperanza para sacarle partido a la crisis, una habilidad que nadie puede negarle al gobierno cubano, haya sido confiar en que aún es relativamente fácil convertir a un luchador negro en un delincuente común; a fin de cuentas, las democracias occidentales tampoco han superado esos prejuicios racistas. Y quizás, con un poco de suerte, hubiesen acertado; sólo que el mundo ya no es tan ancho y ajeno. Ya no es tan simple matar un león y hacerlo pasar por una hiena. Esa estrategia también ha quedado desenmascarada; aunque el mensajero de Maratón haya llegado muerto, el mensaje lo sobrevive.

Lo que seguro ni sospechaban —ni ellos ni nadie— es que Orlando Zapata fuera el gatillo de Fuenteovejuna, el abridor de una carrera de relevo, convirtiéndose en el primer mártir de un movimiento negro, humilde, tozudo, imbatible, que parece estar determinado a desangrarse en masa.

Dos frases de Coco Fariñas, el hombre que ha tomado la antorcha después de la muerte de Zapata, definen la filosofía de esta “nueva” oposición pacífica: dice que fue mercenario “sí, pero en Angola, sirviendo a la ex URSS y bajo el ejército de Raúl Castro” —un revolucionario desencantado, un luchador humilde que abre los ojos, que se siente traicionado y explotado por el mismo gobierno al que apoyó, viene a desmentir la gastada cantaleta de los mercenarios al servicio del imperio—; también asegura que quiere convertirse en un “mártir”, lo que para el mundo occidental es poco menos que una blasfemia, una muestra de su vocación suicida, de su demencia.

Lo que las democracias occidentales ignoran es que el mensaje de Coco Fariñas tiene un destinatario concreto. No está coqueteando con la opinión pública internacional, ese ente abstracto formado por hombres libres de naciones que ven todo lo que sucede fuera de sus fronteras como actos de barbarie, exóticos y pintorescos, que suele pronunciarse tibiamente sobre lo que sucede en Cuba.

Coco Fariñas está enviando un ultimátum a un interlocutor que conoce perfectamente sus códigos, puesto que ellos los han inventado. Un interlocutor que ha fabricado toda una nomenclatura de adjetivos neofascistas para sus adversarios políticos, que se ha cuidado de descuartizar sus muertos, convertirlos en lacras sociales, gusanos, camajanes, microbios sociales que deben ser erradicados. Un interlocutor que sabe que un mártir tiene el poder de la teoría de mínimos: puede desencadenar una tormenta.

Cuba es, de hecho, un país religioso, y eso, a pesar de la “gozadera” nacional, de la idiosincrasia del “choteo” —o precisamente por causa de esa extrañeza sublime—, implica cierto respeto por los que son capaces de sacrificar su vida en favor de una causa, cierto sobrecogimiento frente a los que tienen vocación por el martirologio. Por si fuera poco, es una nación acostumbrada a que los cambios políticos vengan escoltados por su panteón de mártires. Coco Fariñas no está loco, conoce perfectamente de qué está hablando y el estado cubano también.

Hay muchos que cuestionan la afectividad de este desangramiento nacional, que, sin dudas, tiene un esmalte surrealista y que todos los que respetamos la vida humana desearíamos que no hubiese detonado. Pero aunque pueda “juzgarse” desde un punto de vista ético y humanista, es indiscutible que estas acciones de abstinatio in extremis son reflejo de una sociedad construida sobre la masificación y el desprecio por la vida humana en favor de una causa colectiva que trasciende al hombre, de la misma manera que los suicidas mediorientales o los kamikaze japoneses.

No se trata de colocar a Orlando Zapata, Coco Fariñas y otros opositores cubanos en el mismo escaño de los jihadistas, sino de entender la mecánica totalitaria y la sociedad de valores en las que ambos fenómenos se manifiestan. Aunque los medios y propósitos los coloquen en las antípodas, se trata de hombres sin alternativas, sin nada que perder, a los que nadie escucha, secuestrados en sociedades sin visión de futuro: un caldo de cultivo que puede desarrollar seres apáticos, egoístas, buscavidas o, en su defecto, luchadores radicales y apasionados capaces de llevar sus ideas hasta las máximas consecuencias, aunque para ello tengan que convertirse en suicidas políticos.

Las preguntas de marras son: ¿conducirá a algún punto? ¿ayudará al cambio? ¿propiciará un tránsito hacia la democracia? Hipotéticamente, no. Pero hace menos de cien años, el economista italiano Vilfredo Pareto observó un fenómeno de proporción que afecta los modelos socioeconómicos: la regla del 80/20, que aunque en términos económicos no sea siempre aplicable, sí tiene un valor sociológico aceptable en este caso: la volatilidad social de una pequeña proporción de líderes de opinión dentro de una población afecta al resto. El sacrificio de este movimiento negro, quizás la raza que más sistemáticamente ha sufrido los desmanes totalitarios durante estas cinco décadas, no es, ciertamente, arar sobre el mar. Sería un error político de catastróficas proporciones para un gobierno subestimar ese fenómeno. ¿Acaso las mariposas que baten sus alas en Brasil no pueden desencadenar un tornado en Texas? ¿No fue el mismo Fidel Castro quien escupió hace casi treinta años estas lapidarias palabras sobre los huelguistas irlandeses que ahora rebotan a pedirle cuentas?

¡Tiemblen los tiranos ante hombres que son capaces de morir por sus ideas tras 60 días de huelga de hambre! Al lado de este ejemplo, ¿qué fueron los tres días de Cristo en el Calvario, símbolo durante siglos del sacrificio humano? ¡Es hora de poner fin, mediante la denuncia y la presión de la comunidad mundial, a esa repugnante atrocidad!

Me pregunto: ¿Cuál será la respuesta de un tirano, aficionado a este tipo de comparaciones morbosas, frente a los 89 días que Orlando Zapata Tamayo ayunó en su calvario?

En un ensayo sobre el subcomandante Marcos, Mario Vargas Llosa habla de un texto de George Orwell sobre Gandhi, en el que el inglés —y cito a MVLL— “ridiculizaba el pacifismo explicando que el método practicado por aquel para lograr la independencia de la India sólo pudo tener éxito contra un país como Gran Bretaña, al que la legalidad democrática obligaba a actuar dentro de ciertos límites. ¿Hubiera sido exitoso contra un Hitler o un Stalin, a los que nada impedía cometer genocidios?”, se pregunta MVLL. “Poner la otra mejilla puede tener un alto significado moral, pero carece totalmente de eficacia frente a regímenes totalitarios. Hay circunstancias en las que la única manera de defender la libertada, la dignidad humana o la supervivencia es oponiendo la violencia a la violencia”, reflexiona el peruano. Y tiene razón.

La oposición pacífica no es una opción viable, eficaz, contra una dictadura beligerante y personalista. Sólo que tras la muerte de Orlando Zapata, se incorpora una nueva variable, en este caso con un alto contenido de violencia simbólica. La eutanasia política, el atentado contra uno mismo, el suicidio como opción liberadora, tiene en la conciencia humana una connotación similar a la del asesinato político. El que atrae hacia sí toda la opresión social y la hace detonar sin otro motivo que denunciar su desesperación —y la de un pueblo o, al menos, una parte considerable de ese pueblo—, se convierte en una caja de resonancias que apunta hacia un victimario, una acusación directa a un estado homicida, que no respeta la vida humana. Y cuenta, en el libro mayor de la historia, más que como un suicidio como un asesinato, más que como una muerte como un crimen político. En Cuba se ha comenzado a combatir la violencia con otra forma de violencia; la única a la que quizás tiene acceso un luchador cubano: su propia muerte.

Frente a la eutanasia política cubana me viene a la mente otro fenómeno que se ha estado advirtiendo recientemente en EE. UU., el surgimiento de los Oath Keepers o guardianes del juramento: militares y veteranos del ejército estadounidense que se preparan para salvaguardar la constitución de los Estados Unidos en caso de un cambio radical. En una democracia sin tradiciones golpistas, este movimiento es verdaderamente alarmante, tanto como el de la inmolación de los luchadores cubanos. ¿Qué pueden tener estos dos sucesos en común, aparte de su atipicidad histórica y cierta pátina surrealista? Sólo una razón subyacente: sus propósitos políticos. Ambos defienden el derecho incuestionable de cada ciudadano de exigirle a un gobierno que respete sus derechos civiles, de someterlo a un referendo constitucional, e incluso sustituirlo por las armas si fuese necesario para recuperar el curso democrático y el orden constitucional.

En Cuba nada de esto es posible, ni siquiera por las vías pacíficas. El Estado considera un desafío, una agresión, un chantaje, cualquier demanda ciudadana. No está dispuesto a dialogar porque se ha convertido en un aparato que no necesita legitimarse mediante el voto o por su capacidad para representar los intereses de la nación. El Estado es, de facto, un organismo de gobierno absoluto y supranacional. ¿Qué alternativas tiene entonces un opositor cubano? La banda sonora de esta tragedia nacional existe y en ella puede escucharse parte de la respuesta. El primer ejemplo que me viene a la mente es el tema Viva Cuba Libre, de Los Aldeanos:

Ya estoy cansado de seguir su plan. Socialismo o Muerte no es un lema son las opciones que te dan./Si crees en ellos eres bueno si discrepas malo./ En otros lados fueras un opositor, aquí eres un gusano.

Frente al statusquo parece que la única opción es la muerte. No es difícil entender entonces la impotencia de la disidencia en Cuba, su frustración política, su desgaste natural, ni que, a falta de otros medios, elija como respuesta el suicidio en masa de las ballenas. ¿Por angustia? ¿Por desorientación? Sigue siendo un misterio. Pero lo cierto es que Orlando Zapata, Guillermo Coco Fariñas y otros son, a su manera, guardianes del juramento constitucional. No vienen provistos de un discurso grandilocuente y seductor ni de la acostumbrada fanfarronería de los beligerantes, parece más bien que se abandonan a su macabro destino con una frialdad que sobrecoge, cumpliendo su misión con la simpleza del carnicero que descuartiza una res. Pero es que la simpleza es la condición natural de un hombre sabio, mientras que la naturaleza de un gobierno autoritario e ignorante es su soberbia: ese estado de catalepsia histriónica que puede inspirar lo mismo una oratoria memorable que los peores ultrajes.


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