Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Represión, Fidel Castro

El escolta de Fidel Castro

“Aunque había realizado su sueño de servir y proteger al máximo líder, en lo profundo de su corazón sabía que en todo aquello había una gran injusticia”

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En la década de 1990 conocí a un muchacho que era miembro del Ministerio del Interior (MININT), se mudó a nuestro barrio cuando se casó con una chica de la cuadra. Le gustaba mucho alardear sobre su trabajo frente a sus vecinos. En aquella época laboraba en prisiones y se vanagloriaba de sus habilidades de combate personal, por lo que era requerido frecuentemente para propinarle palizas a los reclusos.

Al poco tiempo nos contó que había sido seleccionado para pasar al Departamento de Seguridad Personal del MININT. Adquirió un misterioso carnet del que siempre estaba hablando, pero que nadie podía ver. A cada rato lo sacaba y lo mostraba por menos de un segundo, de forma tal que no se alcanzaran a ver los detalles, solo ligeramente su foto y las siglas de su departamento. No sé si sería ésta una práctica obligatoria de esa institución o si era pura tontería.

En su nuevo trabajo le enseñaron varios estilos de artes marciales, incluso por entrenadores provenientes de otros países, que eran llevados a Cuba por el Gobierno para impartir cursos a los miembros del grupo de Seguridad Personal, sobre todo de origen vietnamita y coreano.

Aprendió a lanzarse de un avión con paracaídas, a nadar, a bucear, a conducir cualquier tipo de vehículos automotores, a escalar edificios, a disparar con varios tipos de armas, a saltar de una azotea a otra, a matar a una persona en pocos segundos con golpes certeros y mortales y, sobre todo, a que debía ofrecer su vida por salvar a la persona que estuviera protegiendo.

Nos contaba, como si fuera una heroicidad, que para reforzar su entrenamiento de combate a veces los montaban en un vehículo cerrado, vestidos totalmente de negro pero sin armas, y los llevaban a meterse en los barrios más bajos y conflictivos de la ciudad, donde la policía no entraba. Iban allí a provocar a los delincuentes y hombres del “ambiente presidiario” para practicar con ellos en enfrentamiento real y propinarles contundentes golpes que los dejaran fuera de combate, actuando como equipo. Dentro del auto se quedaba uno de ellos, armado con un fusil AK-47, por si la situación se salía de control y algún delincuente portaba armas de fuego. Este tipo de entrenamiento no duró mucho, pues llegó un momento en el que ya los conocían bien y cuando entraba en escena el auto de Seguridad Personal se evaporaban los delincuentes, evitando ese tipo de enfrentamiento desigual. En una ocasión nos narró, con admiración, que en una de esas incursiones se toparon con un muchacho que era experto en artes marciales y a pesar de que cuatro de ellos se le enfrentaron a la vez, no pudieron con él, los dejó fuera de combate y desapareció.

Sus vecinos fuimos testigos de varias transformaciones paulatinas en su personalidad. Era tanto su afán por cumplir con lo que se requería de él, y ascender dentro de su nuevo trabajo, que pensamos que se estaba volviendo loco. Empezó a colocar armas y trampas de diferentes tipos en varios lugares de su casa, por si supuestamente lo atacaban mientras dormía.

A pesar de la fuerte preparación a la que era sometido durante muchas horas en su unidad militar, al llegar a su casa continuaba su entrenamiento por su cuenta en el portal de su casa o en la calle, corría por largo tiempo, hacía flexiones con los brazos, abdominales… Una vez nos pidió a varios de sus vecinos que lo acompañáramos a una cancha de jugar squash que estaba vacía para que le lanzáramos pelotas de diferentes tamaños con toda la fuerza que pudiéramos y con la intención de golpearlo, mientras él trataba de esquivarlas. Por todas sus locuras e historias de guerra, llegó a ser conocido en nuestro barrio como: “El Ninja”.

Siempre estaba nervioso o en estado de alerta, como quien espera que lo ataquen o que le indiquen que tiene que agredir a alguien. Un día nos contó que diariamente le daban un coctel de medicamentos, entre los que se encontraba una tableta de Nerobol, un esteroide anabólico que produce alteraciones corporales.

Nos describía lo buena que estaba la comida que le daban, pero se lamentaba de que solo podía comérsela allí, no sacarla de la unidad militar. Mientras que él se alimentaba bien, su familia estaba mal nutrida. Alardeaba de que, como parte de su alimentación, le daban a beber sangre de toro fresca, del animal recién sacrificado, que según le aseguraban sus médicos, eso lo mantenía con mucha fuerza.

Cuando terminó su entrenamiento comenzó a trabajar como escolta. Fue ahí que empezó para él una nueva etapa de confusión de conceptos e ideas, pues conoció de primera mano la realidad de las dos Cuba: la nación a la que él pertenecía, caracterizada por la pobreza y la austeridad, y esa otra formada por la élite gobernante y custodiada, que no carece de nada.

A veces se le veía llegar muy contento a su casa, cuando lograba traer algo de comer para su familia, ya que eventualmente algunos de sus protegidos o de las personalidades que conocía le regalaban algo de comer. Se enorgullecía de que una vez Abraham Masiques le regaló una lata de refresco al verlo sudando bajo el sol en una posta, o que otros dirigentes le habían obsequiado un pollo congelado o un pedazo de queso.

Fue escolta de muchas personalidades, entre ellos: un hijo de Fidel Castro, un hijo del Che Guevara, de la casa de Juan Almeida Bosque, incluso de Roberto Robaina, del que contaba con admiración que acostumbraba a trasladarse en bicicleta por el Malecón para dirigirse al MINREX. Sin embargo, tenía muy mala opinión de Carlos Valenciaga, el secretario personal de Fidel Castro, quien fuera posteriormente defenestrado en el año 2008.

Hasta que un día nos dio la noticia de que había sido seleccionado para formar parte de la escolta del “Comandante”. Al principio estaba en el último anillo de aquel gran aparato de custodia. Allí le tocó realizar variadas misiones, desde estar metido en una alcantarilla pestilente durante varias horas antes de la llegada del líder a algún lugar que visitaría, hasta tomar militarmente un apartamento que quedaba muy cerca de donde Fidel Castro daría un discurso y donde vivía sola una viejecita, quien permanecía aterrada y sin saber bien lo que estaba pasando, al verse recluida a una habitación durante varias horas mientras su casa era tomada por los segurosos.

Cada vez que al Comandante se le ocurría participar en la Mesa Redonda, formaba parte del despliegue militar que aseguraba la Calle 23 y aledañas, en el barrio de El Vedado, desde mucho antes que comenzara el programa y hasta que Fidel se retiraba.

No pasó mucho tiempo hasta que fue premiado su empeño por dar lo máximo de sí en aquellas labores. Un día nos contó que estaba ya muy cerca de Fidel Castro. A veces nos lo encontrábamos y nos preguntaba:

—¿No me vieron en la televisión?, estaba detrás del Comandante en el acto de ayer.

Cuando los sucesos del “Maleconazo”, ocurridos el cinco de agosto de 1994, estuvo desaparecido por varios días. Cuando regresó nos contó que él fue uno de los que se lanzó en paracaídas cuando la aparición del Comandante en la escena. Aseguró que “la cosa estuvo fea” y que hubo mucho nerviosismo entre sus jefes.

Aunque había realizado su sueño de servir y proteger al máximo líder, en lo profundo de su corazón sabía que en todo aquello había una gran injusticia y a veces, con la guardia baja o abrumado por las críticas de su esposa o de su madre, me contaba que ya casi no compartía con su familia, ni tenía tiempo para atenderla o protegerla. Toda su energía y su tiempo estaban volcadas en servir a un hombre al cual no le interesaba si su familia tenía qué comer.

En su casa no había lavadora, sus hijos veían la aburrida televisión del Gobierno en blanco y negro y pasaban mil trabajos para transportarse; mientras que su protegido se movía en tres autos Mercedes Benz, disfrutaba la televisión del “Imperio” en colores, y en su casa de “Punto Cero” existían tan variados aparatos electrodomésticos que él no sabía para que servían la mayoría de ellos.

Un día me contó que ya no trabajaba en Seguridad Personal, había sido trasladado a “otras funciones”, a pesar de que cada vez su cuerpo estaba más fuerte y entrenado y se perfeccionaban sus conocimientos sobre tácticas y defensa personal. Nunca supe el motivo por el que fue separado del trabajo, aquel que fue su quimera por tantos años. No sé si pidió su salida voluntariamente o si algún día explotó y expuso públicamente las quejas que a veces nos contaba en privado.

Recientemente supe que estaba otra vez trabajando en prisiones, volvió al punto de partida. Pobres de los que reciban en la actualidad sus palizas, pues ahora sí es un experto en técnicas para hacer daño.


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