Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Cuba, La Habana, Exilio

El extranjero

En cualquier discusión por lo general llega un momento donde estoy a punto de tirar la toalla, dispuesto al acomodo, a comprender también el punto de vista del sabueso. Salvo con relación a Cuba

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Llevo más tiempo viviendo fuera de Cuba que dentro. A estas alturas no sé si ello determina algo, no en la forma inmediata, que por supuesto lo hace, sino en cuanto a comportamiento personal en general: rezagos del psicoanálisis. Debo agregar que con el pasaporte que mejor me las he arreglado por el mundo no es el cubano, que desde hace más de treinta y tantos años no uso. En fin, que envejecer me ha tocado en el extranjero. A mi, que siempre me consideré un extranjero en la isla. Pero hay algo fundamental. En cualquier discusión —aunque casi siempre política— que no tiene que ver con Cuba, por lo general llega un momento donde estoy a punto de tirar la toalla, dispuesto al acomodo, a comprender también el punto de vista del sabueso, a considerar el asunto como un simple intercambio. Salvo con relación a Cuba. (Trump ha logrado llevar esta cuestión al extremo y no sé si he sobrevivido.)

Lo difícil es que, más allá de lo que considero un elemental anticastrismo, no encuentro mejor sustentación: no me identifico con un exilo que ha dejado de ser “histórico” —¿o es que me he vuelto “histórico” yo?— y mucho menos con esa especie de negación de la negación que encierra oleadas posteriores. Ni me aferro a un pasado que no conocí ni a unos supuestos logros que nunca me pertenecieron. Ni tengo orgullo ni me mata el desdén.

La Habana es la única ciudad que verdaderamente me deslumbró en mi adolescencia; aunque luego otras —Londres, Nueva York y por supuesto París y Madrid— me mostraron con pesar y alegría lo tonto que era entonces.

Por supuesto, Cuba era una ciudad. Pero repetirlo ahora, luego que otro lo dijo, suena a lugar común, repetición barata, ejercicio de imitación.

Hace cuatro décadas, quizá más, un conocido me leyó un fragmento de una carta que la había enviado Néstor Almendros. Decía Néstor —la modestia admirable del Almendros que apenas conocí años más tarde me permite apelar al nombre— entonces: “Cómo hala esa isla”.

A diferencia del catalán, en realidad a mí esa isla nunca ha logrado tirarme, mucho menos consumirme, gastarme en la nostalgia. Es simplemente como aspirar el humo del tabaco: no te llega, pero te deja. Y no te abandona cierto orgullo en ello.


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