Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Obama, Castro

El fin de una historia

Los ganadores principales de esta maniobra son Barack Obama y Raúl Castro. Dos figuras que siempre han tenido un ojo puesto en la Historia

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Para ver más allá de la retórica, la grandilocuencia, las posturas y la gravedad de los gestos, en lo que respecta a la política y los políticos, hay que ponerse un lente de cinismo y otro de escepticismo. Como dice una de las definiciones de la política que puede encontrarse en el diccionario de la Real Academia Española: “Arte con que se conduce un asunto o se emplean los medios para alcanzar un fin determinado”. En otras palabras, farsa y manipulación.

El 17 de diciembre de 2014 culminó un largo proceso de más de un año, que en silencio tuvo que ser y en el cual estuvo involucrado hasta el Vaticano. El gobierno americano, presidido por su presidente electo Barack Obama, anunció, en trasmisión televisiva, simultáneamente con el dictador cubano Raúl Castro, que sus gobiernos habían decidido reanudar las relaciones diplomáticas a nivel de embajada, que se habían roto hace casi 54 años. No hay dudas que se trató de un momento histórico.

Elucubrar, discutir, especular, ponderar y adivinar las razones que tuvo cada gobierno para finalmente dar este paso, llenaría volúmenes escritos con interminables discusiones. La política tiene muy poco de ética y se mide en ganadores y perdedores, y en la defensa de los intereses de cada nación. No debe olvidarse que los americanos (bueno, más bien Peirce y William James) inventaron el pragmatismo y los políticos estadounidenses siempre se han regido por ese principio filosófico.

Los ganadores principales de esta maniobra son Obama y Raúl Castro. Dos figuras que siempre han tenido un ojo puesto en la Historia. Obama, con ser el primer presidente afroamericano de Estados Unidos y con su premio Nobel, ya lo tenía garantizado, pero siempre ha querido más. Ahora se convierte en el líder que acabó con el último lastre de la guerra fría. A los ojos futuros de la Historia abrió las puertas a una nueva visión política, rompiendo el inmovilismo que acarreaba una política longeva que apenas dio resultados y a la cual se oponían casi todos los gobiernos del mundo.

Castro al fin ocupa un lugar en la Historia que siempre le negó su hermano mayor. Se convirtió en el dictador de turno que consiguió, gracias a su zorruna estrategia de cambios sin movimiento, ser legitimado por el gobierno de Estados Unidos sin ceder un milímetro en su línea política, manteniendo firme el carácter represivo y antidemocrático de su gobierno. Nueve presidentes americanos se lo negaron a su hermano. No en balde apareció ante las cámaras altanero y enfundado en su traje militar. No podía perder la oportunidad de mostrar ante el mundo su orgullo de anciano criminal. Mucho tuvo que esperar para alcanzar su momento.

A pesar de que ahora comienza un proceso de tecnicismos y ajustes que traerá muchas sorpresas, para los americanos las ganancias, en un principio, están en la posibilidad de colocarse en posición ventajosa para cuando en 2018 se retire Castro del poder (como ha anunciado y si es que llega vivo a esa fecha), de ocurrir una pseudotransición, poder tomar control de renglones económicos y decisiones políticas que les beneficien y estar mejor armados para lidiar con otra posible migración masiva. Los bancos americanos se beneficiarán del uso de tarjetas de crédito que podrán hacer los visitantes americanos a Cuba. Algunos empresarios comenzarán sus cabildeos para futuras inversiones. Se fumarán más tabacos cubanos y se tomará más ron producido en la Isla. Habrá más espías mejor ubicados en la Isla y el gobierno tendrá una información más confiable de lo que allá sucede. Garantizan una presencia que hasta ahora les ha eludido.

Castro asegura un aumento en el ingreso monetario que traerán esas visitas, por muy limitadas que sean, así como el incremento de las remesas de los exiliados. Este reconocimiento le asegura poder seguir usando a su antojo la represión contra cualquier expresión disidente. Ahora empuñará con más firmeza el hacha sobre las cabezas de los cubanos. Usará gran parte de los fondos para afirmar el futuro de sus familiares más cercanos y el de sus cúmbilas en el poder. De momento, el camino está despejado. Su ministerio favorito, el del Interior, recuperará un poco de su lustre, ya que tendrán que afilarse para vigilar a los nuevos visitantes. Por otra parte, acaba de perder su excepcionalidad, ahora se le tratará como a otro sátrapa más.

El gran perdedor, como siempre, es el pueblo cubano, que no cuenta para nada en estas negociaciones. Algunos se ilusionarán pensando en grandes milagros que nunca llegarán. Muchos volverán a su nada cotidiana sin remedio. Quizá, dentro de no mucho, habrá más dólares circulando y una cierta minoría de los cubanos de a pie verán mejorar sus vidas un poquito, no mucho. Puede que los trasiegos entre las dos orillas traigan consigo un poco más de ropa y de alimentos, pero no mucho más. Se intensificará la desigualdad social. Pero nada de esto le importa al gobierno americano (no me refiero a Obama, sino a todos, a los once presidentes que han desfilado a lo largo de la continuidad del castrismo), y mucho menos al cubano.

Otros perdedores, en un futuro mediato, serán las cadenas hoteleras europeas. A los Meliá, los Iberostar, los Barceló y tantos otros, les debe preocupar que más temprano que tarde puedan ser sustituidos por los Hilton, los Mariott, los Westin y otros conglomerados americanos. Los turistas canadienses, italianos, españoles y mexicanos puede que pierdan el favor de las jineteras, de los pingueros y de los menores edad de quienes abusan, quienes probablemente pondrán sus servicios a disposición de los americanos.

No hay muchos más cambios de momento. El embargo continúa y la Ley de Ajuste sigue en pie por ahora, aunque el hecho de elevar la sección de intereses a nivel de embajada puede facilitar las deportaciones y las extradiciones entre ambos países. Las negociaciones que ambos gobiernos han llevado a cabo en secreto a lo largo de estos años, tendrán lugar ahora por canales más abiertos, más regulados y más transparentes.

No menciono a los otros obvios ganadores, Alan Gross y el innombrado Rafael Sarraff Trujillo. Este último parece haber sido la verdadera razón del intercambio de prisioneros. Ni a los obvios perdedores, los tres espías restantes, que han salido muy rosaditos de su prisión americana y quienes tras posar como payasos en algunos mítines triunfalistas que se llevarán a cabo en las próximas semanas, pasarán, como se merecen, al olvido y a ser triturados por la maquinaria castrista a la cual sirvieron.

No hay mucho más. El optimismo es para los ilusos y los delirantes que compran utopías. El pesimismo queda para los que han visto su tiempo pasar, los que se cobijaron en la inercia de una política que se volvió anacrónica e inútil. Las diferencias fundamentales entre ambos gobiernos se mantienen inalteradas.

El 3 de enero de 1961 Cuba y Estados Unidos rompieron relaciones diplomáticas. Yo me encontraba en Miami con mis abuelos. Esa noche mis padres urgieron que se me regresara y el día cuatro salí para La Habana en un avión DC-4 de Pan American junto a otras cinco personas. Cuando aterricé vi una inmensa fila de gente esperando abordarlo a su regreso a Miami. Escuché que los 116 asientos disponibles habían sido vendidos. Me tomó diecinueve años y un asilo regresar. Esto es el fin de una historia que para mí comenzó muy mal y que no tiene un final feliz, a pesar de haber sido escrita a la sombra de Hollywood.


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