Actualizado: 20/10/2021 13:39
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El gran ausente

Si las reformas que comenzaron en Cuba a inicios de septiembre “incrementan las oportunidades económicas y sociales” para miles de cubanos, ¿por qué Washington no las facilita?

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En su sitio web, el Departamento de Estado anuncia que la política hacia América Latina procura cuatro objetivos principales: “promover oportunidades sociales y económicas para todos; garantizar un futuro energético limpio; garantizar la seguridad de todos los ciudadanos, y construir instituciones democráticas efectivas”. Al margen de lo vacuos que son estos objetivos, sería ilógico pensar que Washington sólo apoyaría acciones que avancen las cuatro prioridades a la vez.

Si las reformas que comenzaron en Cuba a inicios de septiembre “incrementan las oportunidades económicas y sociales” para miles de cubanos, ¿Por qué Washington no las facilita? ¿Por qué no trata de colaborar en “un futuro energético limpio”, autorizando a las compañías norteamericanas la prospección petrolera en Cuba, garantizando que un escape de petróleo como el de British Petroleum nunca ocurra? ¿Por qué no alienta un rumbo de liberalización a través de la distensión como ocurrió en Europa del Este y ocurre hoy con China, y Vietnam?

Washington parece no querer saber de los retos y oportunidades que los cambios en Cuba representan para el Gobierno, la sociedad cubana y los que vivimos noventa millas al norte. En presencia de reformas, que pueden triplicar el sector privado, y abrir espacios económicos para los cubanos que viven en la diáspora, Washington sólo emite declaraciones vacías y pospone la flexibilización de los viajes a la Isla, precisamente en un contexto en el que miles de visitantes pueden alimentar al emergente sector privado de hostales, restaurantes, gestores de viajes, taxistas, etc. Es una pérdida de oportunidades.

Durante la guerra fría, cuando los gobiernos de Tito en Yugoeslavia, Gomulka en Polonia y Kadar en Hungría iniciaron reformas del tipo que Cuba comienza, la política norteamericana celebró y estimuló estos países en el rumbo tomado. Lo mismo ocurrió en Taiwán cuando el Kuomintang, que no era menos autoritario que nadie, trazó una estrategia de desarrollo basada en la pequeña y mediana empresa, que sirvió de base para una sociedad económica democrática.

En Vietnam, la nación, donde 58.000 norteamericanos murieron en una guerra contra un partido comunista cuya legitimidad descansaba en sus credenciales nacionalistas, la agencia estadounidense para el desarrollo internacional (USAID) —la misma organización que envió al subcontratista judío americano Alan Gross a Cuba bajo una política enunciada de cambio de régimen— invierte miles de millones de dólares para ayudar a transitar a una economía de mercado, desarrollar la capacidad de contratos y el sector privado vietnamita.

USAID ofrece a la Corte Suprema de Vietnam asesoramiento y educación en la promoción de los derechos de propiedad. La agencia norteamericana, en un programa conjunto con el World Wildlife Fund, ayuda a la economía comunitaria vietnamita a desarrollarse sin destruir el medio ambiente. El programa entrena a los campesinos y coopera con el Gobierno para prevenir los daños por huracanes y pandemias, el tráfico ilegal y la deforestación. El Gobierno norteamericano, en alianza con la agencia japonesa para el desarrollo, ejecuta un programa de promoción de negocios de alta tecnología en Hanói y Ciudad Ho Chi Minh. Nadie es excluido de esos programas por ser miembro del partido, o por haber luchado contra EEUU.

Esa política racional hacia Vietnam desarrolla amistad hacia EEUU en un país que, como Cuba, fue víctima de una política intervencionista de Washington, con el objetivo irrealizable de restaurar en el poder a grupos oligárquicos que tuvieron todas las oportunidades de modificar su forma de dominación, con reformas agrarias y políticas de equidad y las desperdiciaron. Así fue en Vietnam del Sur, después de 1954 hasta el fin de la guerra. Así fue en Cuba desde 1940 hasta 1959.

Hoy en Vietnam, Estados Unidos promueve el cambio a través de la distensión. Tal lógica respeta la soberanía del país indochino, mientras alienta un desarrollo económico orientado al mercado como la mejor forma de promover los derechos humanos en ese país. Estados Unidos no renuncia a los valores democráticos que animan su política exterior. Opera, sin embargo, con respeto al derecho internacional y sensible a la cultura nacionalista de Vietnam. ¿Por qué no puede hacer lo mismo con Cuba?

Toda la literatura científica sobre democratización y derechos humanos así como las experiencias de Europa Oriental y el Este de Asia confirman que el incremento del sector no estatal en el tránsito de economías de comando a economías mixtas conllevó liberalizaciones políticas y un incremento de la apertura de sus sociedades. ¿Por qué Washington no imita la postura brasileña de ofrecer a La Habana apoyo en el desarrollo de la pequeña y mediana empresa? ¿Por qué no aprovecha las declaraciones positivas del ex presidente Fidel Castro sobre el derecho de Israel a existir y propone un programa conjunto cubano, norteamericano e israelí de salud y biotecnología alrededor de la base naval de Guantánamo?

Fidel Castro fue reticente en seguir el ejemplo chino porque Cuba no está en Asia sino en el corazón del mundo occidental. La población cubana es mayoritariamente urbana, y tiene niveles de educación y salud más cercanos a los de Taiwán que a los de China o Vietnam. Una mejoría de las condiciones de vida de los cubanos a través de un crecimiento económico orientado hacia el mercado, con la aparición de sectores de clase media y empresarial crearía demandas para cambios mayores en plazos más cortos que en el Este de Asia. Tal proceso gradual favorece el interés nacional norteamericano ya que ofrece una posible liberalización de Cuba con estabilidad.

“La posibilidad de que Estados Unidos confrontara eventualmente una Cuba post-Castro caracterizada por una sucesión gradual comunista, en lugar de una transición rápida a la democracia fue declarada inaceptable y por tanto no considerada”, criticó Dan Erikson a los trabajos de las Comisiones de apoyo a una Free Cuba de la administración Bush. Lamentablemente, la administración de Obama, para la cual Erikson es asesor especial para asuntos de Cuba, sigue sin una política que contemple la realidad que con acierto describió. En asuntos de Cuba, Washington no pierde oportunidad de perder la oportunidad.


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