Actualizado: 12/07/2024 0:11
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El irracionalismo en la política de EEUU

Un cambio fundamental se ha producido en el país. El juego político ahora no es conquistar al electorado estadounidense en general sino a la base partidaria más furibunda

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Durante los dos mandatos del expresidente Barack Obama, pero en especial con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, una partida de fanáticos se ha apropiado cada vez más del Partido Republicano.

Todo comenzó con un desplazamiento geográfico, pero en realidad ideológico. El ala sureña del partido desplazó a los del norte, que lo habían guiado por años. Los gobiernos de ambos Bush, padre e hijo, fueron la culminación de este período, sobre todo durante el mandato del segundo.

Sin embargo, la llegada a la presidencia de Barack Obama vino a poner de cabeza lo que hasta entonces se consideraba un cambio acorde a las circunstancias del momento.

Como suele ocurrir en Estados Unidos, la respuesta no fue una rectificación de rumbo sino empeñarse en el error. Los triunfos parciales durante las elecciones legislativas de mediados del primer período presidencial de Obama parecieron confirmar en un sector republicano que el extremismo ideológico era la carta de triunfo en las urnas.

Luego vino la elección presidencial, pero la derrota del candidato republicano no sirvió para enmendar el error, sino todo lo contrario. Tras los debates en las primarias, en que cada aspirante a la presidencia se empeñó en ser más intransigente que el anterior, el elegido Mitt Romney trató de aparecer como el representante no solo de la clase media sino de la actual ciudadanía estadounidense en su conjunto. Fracasó en su empeño porque siempre resultó demasiado falso para creerse el cuento y con un desprecio total hacia la población hispana —para no hablar de los votantes negros— como para conseguir su apoyo.

Al igual que en el primer triunfo electoral de Obama, con la derrota del senador John McCain, el fracaso de Romney no sirvió para un cambio.

Aunque en los inicios este no lo propusiera con total claridad en las primarias, Donald Trump resultó el establecimiento de un populismo radical e ignorante que ya se había manifestado en el Congreso con los partidarios del Tea Party y los miembros del Freedom Caucus. Esa llegada al poder de los “cerveceros” se limitó a un mandato presidencial, pero aún se niegan a admitir la derrota.

Un cambio fundamental se ha producido en el país. El juego político ahora no es conquistar al electorado estadounidense en general sino a la base partidaria más furibunda.

Ello tiene mucho que ver con el dinero que se destina a las campañas políticas. En este país se extiende cada vez más un fenómeno perjudicial para la democracia. Se inició años atrás, exactamente el 21 de enero de 2010 con un fallo del Tribunal Supremo.

El fallo de la Corte Suprema en el caso Citizens United contra la Comisión Nacional de Elecciones permite ahora a ciudadanos y empresas gastar cantidades no limitadas en contribuciones de campaña. Ello ha traído como consecuencia una mayor polarización ideológica y no a una representación más justa de los intereses de la mayoría ciudadana.

El dictamen de la Corte Suprema de 2010 revocó todas las limitaciones de la ley Bipartisan Campaign Reform Act (también conocida como McCain–Feingold Act o BCRA), que prohibían a las empresas, incluidas las organizaciones sin ánimo de lucro y sindicatos, invertir en campañas electorales. Ello ha permitido la inversión de grandes sumas de dinero —a favor o en contra de los aspirantes y candidatos presidenciales.

Contrario a lo que se pensó en un primer momento, ello no se ha traducido necesariamente en privilegios para las corporaciones, sino en una vía para que algunos de sus principales propietarios, grandes accionistas y millonarios de cualquier tipo puedan invertir abiertamente en sus objetivos políticos personales.

Esto quiere decir que, para las corporaciones, los cabilderos continúan siendo los vehículos ideales para lograr leyes a su favor, mientras que a la hora de buscar inclinar la balanza política en agendas ideológicas individuales o de grupos de interés, los fondos en posesión de los grupos de acción política marcan la pauta.

En este sentido, el extremismo político que parece dominar en un poderoso sector del Partido Republicano no obedece al dinero de corporaciones sino de donantes individuales. Con frecuencia, estos grandes donantes promueven los puntos de vista más extremos.

El cambio en el Partido Republicano, de un conservadurismo pragmático norteño a un fundamentalismo rural sureño, ha traído como consecuencia una polarización ideológica de los votantes, los cuales han llevado a la Cámara de Representantes a políticos que se aferran a posiciones ideológicas extremas, rechazan el compromiso y se aferran a una “pureza ideológica” que puede complacer a un número limitado de electores, pero se aparta del espíritu moderado y centrista de la mayoría de votantes de este país.


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