Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Exilio, Miami, Cubanos

El juego y sus reglas

Para muchos cubanos, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras de la patria como un regreso a los principios fundamentales

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Todo emigrante que tiene la esperanza de lograr en el exterior lo que no ha conseguido en su patria puede sufrir un choque. Es el encuentro cuando descubre que siempre queda algo más allá del placer del triunfar —por pequeño y transitorio que este sea—, y es intentar que se haga justicia.

La justicia no solo como castigo frente a lo mal hecho, sino como recompensa al justo.

Abandonarlo todo y empezar de nuevo es un acto de reafirmación. Para muchos cubanos —y quiero creer que este principio se ha mantenido a través de varias generaciones—, el exilio o la diáspora es tanto un viaje más allá de las fronteras de la patria como un regreso a los principios fundamentales.

En ese recorrido doble debería quedar fuera —y si no ocurre uno debe luchar para lograrlo— todo lo que quedó atrás y no servía.

A partir del momento de la salida, hay que intentar que cualquier triunfo futuro no sea obra del engaño. Ello, casi siempre, no resulta fácil. Ocurre en Miami, y no niego que iguales dificultades se presenten en cualquier otra ciudad donde llegue un exiliado cubano, pero me limito a las de aquí no solo porque son las que mejor conozco, sino por la vinculación única que tienen con la política: un vínculo que acerca a Cuba y esta ciudad.

Es la política —o mejor decir, la conveniencia política— lo que determina el éxito. De nuevo tengo que aclarar que es una visión personal. No por ello deja de ser compartida.

En muchos casos actuar “de forma correcta” en Miami no es regirse por principios: es acomodarse a la situación. Conocer las reglas del juego. No con el fin de cumplirlas. Lo importante es saber cuándo resulta el momento adecuado para violarlas impunemente.

No se trata de jugar bien. Lo único que se deben conocer son las trampas. Cuáles son permitidas y cuáles no. En qué momento poner una zancadilla a otro jugador y en qué momento esquivar el que se la pongan a uno.

Saber además cuándo permitirla.

El instante adecuado para caerse antes del golpe.

Siempre queda el dedicarse a la protesta. Pero protestar es una trampa más. Que algunos saben muy bien como esquivar.

Los que son torpes se limitan a no protestar.

Cuando se cuenta con un mínimo de habilidad se entra en el juego de la protesta: hacerlo en el momento adecuado en que se ve bien a los que protestan, o escoger los temas sobre los cuales la protesta es saludada con entusiasmo.

Desde el punto de vista político, todo este juego y rejuego es fácil y conveniente.

El diferenciar a diario entre ganadores y perdedores en Cuba alimenta los odios del exilio. También carece de sentido. Al poco tiempo de vivir en Miami, algunos exiliados comienzan a sentir que algo no anda bien. Lo que al llegar se creyó que era una reafirmación comienza a agrietarse. Puede que al principio ellos no se den cuenta, pero al final terminan por encontrar que una salida no necesariamente significa un nuevo mundo, sino también en parte un regreso al antiguo.

Si el paso al exilio es un viaje a las antípodas, resulta lógico que los que allá estaban arriba aquí estén abajo. Que los triunfadores en el otro extremo sean los fracasados en éste. Que quienes alimentaron el error ahora sufran las consecuencias.

Equivocado. Acabar con el castrismo parecer ser la razón de existir de Miami. Al menos, eso es lo que escucha y lee por todas partes. Pero también hay otra realidad, que no se dice a diario, pero tampoco se oculta.

Por una época esa realidad fue incluso más evidente. Por entonces se veía a diario en los noticieros. Era cuando las deserciones eran noticia. Si abandonaba el país un importante funcionario del régimen, su figura aparecía en los noticieros y las páginas de los diarios. Si llegaba un preso político más, solo se enteraban los familiares. Si el inmigrante era alguien que se había negado a militar en las filas del Partido Comunista —y a desempeñar funciones de responsabilidad en favor del régimen—, las posibilidades de encontrar empleo dependían de su suerte. Si se trataba de un funcionario más o menos importante, lo más probable era que al poco tiempo contara con las relaciones suficientes para procurarse un buen salario. Si alguien llegaba al exilio, luego de publicar varios libros en Cuba, era recibido como un escritor —no importaban las alabanzas a Castro y a la revolución que contenían esos libros. El que venía sin una obra —porque se había negado a someterse a los criterios imperantes en la isla sobre la literatura y el arte— era un simple desconocido.

Entonces hasta el sainete perdió categoría. Los cortesanos, espías de diverso valor, esposas de hijos de figuras importantes, peluqueros, cocineros y hasta recaderos de oficio múltiple compitieron por una noche de fama y fortuna en la televisión local. Hasta que el derroche de infamias se convirtió en un ejercicio condenado al aburrimiento.

Sin embargo, la importancia no radica en reconocer si el que llegaba o llega al exilio ha sido o no funcionario, escritor, general o recadero. Aceptar y celebrar la llegada de los desertores fue un paso de avance en el exilio, logrado tras el éxodo del Mariel. Alimentar el resentimiento resulta una actitud malsana.

Es comprensible, desde el punto de vista emocional, la actitud de diversos presos políticos, que tras pasar la juventud y parte de su vida encerrados se vieron obligados a desempeñar labores mal pagadas en esta ciudad. Sus años de juventud malgastados en las prisiones. Pero se justifica emocionalmente, no como una forma de conducta a perpetuar.

No se trata de argumentar que había vivido engañado. Repetir: “Yo creí en aquello, pero un día me di cuenta de mi error, bla, bla, bla”. Tampoco de recurrir a la consabida autocrítica: “Pido perdón al exilio. porque yo estaba equivocado y ahora lo que quiero es una segunda oportunidad, trabajar en tierras de libertad, bla, bla, bla”. Quienes se dedican por un tiempo a recriminarse —y a inventar justificaciones — siempre despiertan la sospecha de estar buscando un perdón fácil, que les permita integrarse con rapidez a la sociedad que hasta ayer habían rechazado.

Frente al tantas veces mencionado oportunismo político que se practica en Cuba, la farsa que a diario muchos han llevado a cabo en el exilio. Aquí y allá fingir, reírle la gracia al que está al mando, ocultar la noticia o tergiversarla si, por ejemplo, se trabaja en un medio de prensa. No viajar a la Isla —es otro ejemplo—, si el dueño del negocio es un “anticastrista vertical”. Confesar unas oportunas creencias religiosas, cuando uno se ha criado en el ateísmo y no cree ni en la madre de los tomates.

Hablar de oportunismo resultaba común en Cuba tras el primero de enero de 1959. En el exilio, la mayor parte de las referencias al término tienen que ver con la Isla. No hay oportunistas que caminan por las calles de Miami. En su lugar, la ciudad está llena de automovilistas hipócritas.

¿Espejuelos para diferenciar a los farsantes de las personas con principios en el exilio? No existen. Bastan un micrófono o una página impresa para el intento —muchas veces con éxito— de otorgarle veracidad a un mentiroso.

De lo que se trata —lo realmente importante— es renunciar a una vida de engaño. Tratar en lo adelante de avanzar por méritos propios. No repetir la antigua fórmula de apelar a las palabras convenientes y el ocultar sentimientos y motivos para escalar posiciones. El problema es que muchos no han aprendido el difícil arte de hacerlo mejor, cuando tienen una segunda oportunidad.


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