Actualizado: 09/07/2020 12:55
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Cuba, Martí, Nación

El mito de Martí y la Cuba que no fue

Encasillar a Martí en su labor independentista impide verlo en su dimensión más amplia

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José Martí logró agrupar en una sola persona al pensador y al hombre de acción. En ambos casos con méritos extraordinarios, aunque no únicos. Su grandeza es a la vez su tragedia. Para él y para Cuba.

Para Cuba, Martí es tanto el paradigma como la excepción: el líder político que lanza la lucha independentista bajo una plataforma de participación popular, con plena integración de negros y mulatos; el patriota que logra organizar la insurrección en el exilio y que crea las bases de un cabildeo eficaz en Washington; el escritor que abandona la labor literaria por la lucha armada, para en esos momentos realizar el Diario de Campaña, que es su mejor libro; el guía que concibe la lucha con astucia y sagacidad, y luego se lanza al combate y muere con inocencia torpe; el intelectual que hace estallar el molde de la espera y la elucubración teórica, y emprende una febril labor conspirativa; el héroe que tras su muerte nos entregan a diario. en forma de molde estrecho, y que en realidad es una figura escurridiza como pocas.

El luchador como mito; la nación arquetípica que no se realiza.

De su ideario nos quedan los pensamientos, en los que lo luminoso de la palabra deslumbra y dificulta el análisis; también los lugares comunes que nos parecen singulares por lo ejemplar de la escritura.

La nación ideal martiana no es más que la mistificación de varios de sus pensamientos —muchos valiosos, otros simplemente bonitos—, que constituyen una obra abierta y víctima de tergiversaciones.

Tanto durante la república, como en el exilio y por parte del régimen de La Habana, se encuentra en el mito martiano un elemento fundacional que no debe ser cuestionado: Martí se constituye (lo ha sido por muchos años) en la base sobre la cual se levanta el ideal político —republicano o revolucionario según el caso— y el canon literario imprescindible.

En lo que respecta al canon literario, Martí es un pilar, pero no el centro del universo cultural cubano.

Desde el punto de vista literario, establece un canon por el valor indiscutible de su escritura, pero no cuenta con una obra que nos permita considerarlo como punto de referencia indiscutible.

Su narrativa es limitada y menor, su teatro pobre y su poesía enfrenta la competencia de Heredia y Casal.

Es en los ensayos, críticas, crónicas, artículos, discursos y conferencias, así como en su extraordinario Diario de Campaña, donde alcanza su definición mayor.

No se trata de rebajar a Martí, sino de separar una valoración de su obra del peso ideológico.

Porque la ideología martiana tampoco puede ser tomada como una guía a seguir libre de altibajos.

Si bien el pensamiento martiano y su práctica revolucionaria está marcados por los ideales democráticos, el desinterés y el rechazo al caudillismo, hay en su exaltación al heroísmo, y en su concepción simplista del indígena y el “hombre natural”, una tendencia exaltada que incluso puede resultar peligrosa, cuando de ella se apropian —como ha ocurrido innumerables veces— demagogos y populistas.

El mesianismo martiano y su romanticismo político también pueden resultar funestos. Su sobrevaloración del campo frente a la ciudad y el culto a la pobreza son conceptos arcaicos.

Es lógico que el gobierno cubano no sólo defiende el culto al héroe y al sacrificio que domina en la obra martiana, sino que desde el principio lo incorpore a su agenda política. Cabe agregar en este sentido, que el régimen de La Habana no distorsiona sino desvirtúa el pensamiento martiano.

Más allá de su valor como literato, pensador, escritor, diplomático, periodista, político, orador, organizador y polemista, la trayectoria que fija, precisa y puntualiza a Martí es su lucha —nunca mejor empleada la palabra— en favor de la independencia de su patria.

En todos los demás aspectos caben valoraciones y opiniones —críticas y señalamientos—, pero que nadie dude del Martí patriota. Al discrepar en este punto no se emite un juicio, se lanza una herejía. Y, sin embargo, encasillar a Martí en su labor independentista impide verlo en su dimensión más amplia. Ese encasillamiento perentorio resulta al final una limitación.


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