Actualizado: 07/12/2018 12:04
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Cuba, Historia, Huelgas

El «ninguneo» de los cubanos

La historia oficial cubana reciente es una nutrida sucesión de nombres y obras canceladas, suprimidas, borradas o alteradas, en un sobrecogedor ejercicio orwelliano

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Una de las formas más sofisticadas, pero igualmente dañina, del asesinato de la reputación[1], es el nefasto ninguneo que ejerce como práctica habitual la oficialidad política y cultural cubana. La huella hispanoamericana más antigua que he podido rastrear de este término, se encuentra en el cualquereo de finales del siglo XVIII, el cual ya se registra en La Quijotita y su prima (1818), del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827).

Cuando Albert Einstein dio a conocer sus revolucionarias teorías, el Gobierno nazi se sintió obligado a promover que, muy presionados, 100 científicos alemanes rebatieran y descalificaran las mismas, pues no podía consentir que un “gusano judío” estuviera por delante de las mentes más selectas de la Alemania aria. Cuando le preguntaron sobre este asunto a Einstein, este respondió: “¿Y por qué 100? Con UNO que hubiera demostrado que estoy equivocado sería suficiente…”. Esta anécdota debía ser tomada muy en cuenta por los folicularios cubanos que prestan su pluma para las descalificaciones a sus colegas del exilio, pues operan en pandilla, como los guapitos del barrio: se les debe perdonar, pues se sabe que actúan aconsejados “por el compañero que los atiende”.

En Cuba, durante todos estos casi 60 años, la manipulación de la academia, la ciencia, la tecnología, la historia, la literatura, y el arte, ha sido parte de una política sistemática, y debe reconocerse que ha resultado muchas veces perversamente exitosa. Por supuesto, la poderosa fuerza de un Estado y todas sus instituciones, organizada y concentrada en destruir prestigios y obras, ha sido contundente, aliada además con oscuros y mezquinos intereses externos.

La historia oficial cubana reciente es una nutrida sucesión de nombres y obras canceladas, suprimidas, borradas o alteradas, en un sobrecogedor ejercicio orwelliano, tan asombroso como monstruoso.

En realidad, precisando algunos términos necesarios, lo perfectamente contrario del amor no es el odio, sino el desdén, la indiferencia. Y eso lo aplica muy bien el aparato oficial cubano, lo mismo para los que escapamos que para los que aún permanecen con admirable tozudez en la Isla. “Quien bien te quiere, te hará llorar”, parecen decir. En correspondencia con esto, “Golpéame, pero no me dejes”, dice a su esposo maltratador la mujer patológicamente dependiente. “Si me golpea es porque me quiere”, declara el (o la) masoquista. Tal parece que estas actuaciones explican (no justifican) que en Cuba subsista y se mantenga una curiosa combinación del “síndrome de Estocolmo” con el de la “mujer golpeada”. En ambos casos, son rehenes de una forma de pensamiento sustancialmente esclava y supeditada. Ningún ser que se sienta intrínseca y auténticamente libre y ejerza con plenitud su libertad, es capaz de soportar semejante atropello, no importa el precio que tenga que pagar.

Los que no abandonan —ella nos persigue— sino se desprenden de la Isla como de una dolorosa llaga, enfrentan retos y peligros que nunca han sido valorados adecuadamente ni reconocidos. Buscar un nuevo sitio bajo el sol en otros cielos, abrirse paso en sociedades ajenas y en ocasiones muy extrañas (con el agravante a veces de no conocer el nuevo idioma), acostumbrarse a otros modos y usos, integrarse en una realidad distinta, demostrar su capacidad y suficiencia sin los apoyos naturales como la familia, los amigos y el “público natural”, y muchas adversidades y contrariedades semejantes, pavimentan de agudos guijarros el camino del migrante, aunque después vea coronado su esfuerzo, tesón y talento con el triunfo.

Eliseo Alberto, el cubano que creo quizá con mayor intensidad ha reflexionado y escrito sobre la nostalgia y la melancolía —nadie mejor que él, nostálgico y melancólico medular y hereditario— decía con dolorosa sensatez que ningún exiliado puede regresar a su origen, y esto es muy cierto: nadie que sale bajo presión —o es expulsado, o inducido a escapar— de un grupo social históricamente determinado, puede reinsertarse de nuevo en él con plenitud, porque tanto los que salen como los que quedan, siguen viviendo sus propias vidas, evolucionando y cambiando, por caminos y experiencias diferentes; no es uno sólo quien se aleja: son ambos los que amplían la distancia desde el punto mismo de la separación. Ya no se comparten nuevas vivencias al mismo tiempo. Los horizontes de los actuantes no sólo se han dividido, sino divergen progresivamente. Así como en el río de Heráclito el agua nunca es la misma, en el río de la vida, las gotas de los exiliados nunca son iguales, aunque en apariencia sea en la misma corriente. Es duro, pero es así: el regreso es imposible. Y quizá sea ese, precisamente, el peor crimen del cruel sistema. Y nunca alcanzarán todas las vidas de sus responsables para compensar las que han alterado, afectado o, sencillamente, destruido. Para ellos, su deuda sí es impagable.

Aunque si aceptamos como regla general que la cultura y la literatura más valiosas y trascendentes son aquellas que resultan hijas del conflicto, sin dudas las cubanas desde mediados del siglo XX hasta ahora serán unas de las más apreciadas en el futuro, porque es un escenario donde —de ambos lados— se ha conflictuado extraordinariamente a los torturados creadores. Pero irrita que este conflicto sea ignorado olímpicamente por el resto del mundo, que acepta y aplaude la imagen facilona del cubano siempre alegre, despreocupado y bailador, un “gozador de la vida”, o se le rechaza por ser precisamente lo contrario, un amargado resentido, un “neurótico”. Y a quienes han sido sufrido más, se les borra sin piedad ni remordimiento por las “buenas conciencias”. La historia intelectual cubana que se escriba en el futuro estará repleta de muchas de estas historias tétricas.

Y la gran mayoría de la opinión mundial no se altera ni se agita ante una situación tan dramática y dolorosa: no sólo se acepta como algo inevitable y hasta admisible, sino que se le niega: se le ningunea.

Hay un concepto ético-moral que es cada día más exótico en los razonamientos y argumentaciones actuales: la compasión. Esa cualidad, en efecto más cercana a la religiosidad y la moral que a la sociología, aparece muy raramente en las declaraciones de los políticos, los economistas y los intelectuales. Resulta demodé, superada, cursi, inoperante, ajena, ociosa… Ha devenido un término casi radicalmente suprimido, como un viejo traste inservible. Sin embargo, cuánto adelantaría la Humanidad si cada uno se hiciera cargo responsablemente de su cuota individual de compasión: compasión para los demás, pero primero hacia uno mismo.

La compasión es una virtud emocional e íntima, opuesta a la racionalización y a la ortodoxia ideológica. El ser auténticamente compasivo —ajeno a toda religiosidad, o más allá de ella— empieza por no creer que la posible solución (al menos, sólo el alivio) de los males, consiste en la aplicación severa e inflexible de un pensamiento, que quizá puede resultar lógicamente impecable. La compasión es levemente dispar de la razón: su fuente está en el corazón, no en la mente. Es un sentimiento, no una idea. Y la compasión arranca de uno mismo: si el sujeto no es capaz de entenderse —aunque no lo consiga— o de aceptarse, tampoco puede entregar, ofrecer u obsequiar ese sentimiento a los demás. La virtud empieza por la propia casa.

El ninguneo ejercido como política oficial del gobierno dictatorial en Cuba contra sus ciudadanos, se trenza con el ninguneo de los individuos y gobiernos cómplices del exterior. Ambos brazos forman la poderosa pinza donde se estrangula el clamor de un pueblo oprimido hace 60 años. El ignorado martirio de los demócratas cubanos ha sido una constante desde mediados del siglo pasado hasta hoy. Ese silencio culpable es tan perfecto y consistente con este sistema, que cuando se menciona el concepto de la huelga de hambre, se piensa de inmediato en Mahatma Gandhi y no en Pedro Luis Boitel: Gandhi realizó 17 ayunos (no huelgas) que implicaban reducir los alimentos, pero le permitían beber líquidos, de entre 24, 21 y 60 días. Boitel realizó sólo una y mortal huelga de hambre, enfrentando cuatro factores muchos más peligrosos que la desnutrición y la muerte por inanición: 1. La indiferencia total del Gobierno cubano. 2. La pasividad (en gran parte por ignorancia) cómplice del pueblo cubano ante su martirio. 3. Los ataques de los calumniadores que negaron la realidad de su huelga. 4. La burla de quienes, a pesar de su sacrificio, lo injuriaron como falsario.

Cuando Gandhi emprendía alguno de sus “ayunos”, todo el extenso y populoso país (en realidad un subcontinente) se paralizaba, pendiente de su desarrollo, y el mundo seguía atento el asunto (a pesar de los precarios medios de comunicación por esos años), y hasta Inglaterra, un país que se responsabilizaba de su legado civilizatorio, expresaba preocupación por el conflicto y movía sus peones para remediarlo. El chicano César Chávez hizo sólo una huelga de hambre, de 25 días, y logró mover un muro forjado con oídos sordos y manos secas y cerradas. Pero ambos, el hindú y el chicano, lidiaron con gobiernos civilizados de constitución democrática. Nada de eso ocurrió con Orlando Zapata ni con Boitel: estos dos murieron cercados por la apatía general, en desigual lucha contra un gobierno cruel e indiferente.

Cuando se habla de la prisión política, al imaginario colectivo mundial acude de inmediato la figura de Nelson Mandela, quien cumplió 27 años en prisión, por un delito que en su momento fue juzgado y calificado como real y punible, por un tribunal donde hubo jueces independientes y abogados de la defensa y garantías, con los procedimientos consagrados por la legislación de Sudáfrica, que representaba un estado de derecho inspirado en el secular sistema jurídico inglés. Si uno busca un poco, verá que Mandela, para muchos, es quien detenta el dudoso privilegio de ser el preso político más antiguo del mundo. Pero esto es falso. El hombre contemporáneo que permaneció más tiempo en una prisión por razones políticas, desprovisto de toda consideración, ha sido, también, un cubano: Mario Chanes de Armas (1927-2007), y no por un delito de acción o comisión, sino de opinión: haberse declarado demócrata y adversario de la tiranía comunista castrista. Cumplió íntegramente 30 años de cárcel, y en unas condiciones muchos peores y terribles que las que tuvo el luchador sudafricano. Pero ni una campaña de denuncia a su favor alcanzó clamor mundial. Casi nadie supo y aún menos recuerdan el martirio de este héroe.

Los estrategas de los métodos pacíficos de presión política, como son las huelgas de hambre y los ayunos, señalan que sólo resultan viables si están acompañadas por un respaldo social, es decir, una amplia campaña de difusión en los medios que convierta esa lucha individual, estática y pacífica, en un arma colectiva de movilización. Nada de eso se ha visto cuando un cubano decide inmolarse. Hay un acuerdo tácito universal para callar y mirar hacia otro lado.

Una de dos posibilidades: el mundo, o se ha acostumbrado a que Cuba sea un país sin libertad o, la otra, ha condenado a Cuba para que siga así. Por otro lado, la tendencia mundial de “lo políticamente correcto” que todavía predomina en los días actuales, ha cancelado la posibilidad de una lucha armada para recuperar la libertad arrebatada violentamente, que sólo se puede intentar por “métodos pacíficos”. Ningún país cercano, como México en su momento, se ofrecerá siquiera a tolerar o cerrar los ojos para poder organizar una expedición liberadora a Cuba, como ocurrió en 1895 y 1956. Sólo queda luchar con las uñas y los dientes, hasta vencer o morir. Sin apoyo ni sostén de nadie, con más posibilidades de ser inmolados que de vencer en esa lucha, sin duda suicida, pero al mismo tiempo imprescindible.

No obstante, a pesar de su frivolidad y ligereza aparentes, el cubano también ha dado muestras de admirable firmeza y persistencia. Quizá la tozudez hispana se combina en él con la fiereza africana.

En 1902 nació una Cuba con una república imperfecta, pero llena de esperanza y progresivamente perfectible. Era una criatura torpe y caprichosa, con andaderas y babero ceñido, y que apenas podía moverse, pero luego aprendió a dar los primeros pasos, vacilantes y errados, y a fuerza de tropiezos y caídas parecía que empezaría a enderezarse; entonces caminó y miró al futuro con dudas y vacilaciones, pero también con alegre optimismo y jubilosa decisión. Cuando este era más prometedor y halagüeño, sobrevino una etapa de sombras, justo 57 años después de su inicio. Después hemos tenido otros 58 años, ya no de una república imperfecta, sino de una dictadura perfecta, que aplica sin titubeos una represión científica y cuidadosamente planeada. Quizá ahora con esta equidistancia histórica sea ya el momento de hacer un corte y un inventario, un examen de conciencia y una confesión de culpas, hasta asumir una auténtica, profunda y perdurable comunión nacional, que nos devuelva el lugar que nos corresponde en el concierto universal de las naciones: nadie lo obsequiará, hay que ganarlo. Quizá la olvidada compasión de unos hacia otros pueda servir de algo en esto.



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