Actualizado: 16/07/2020 12:18
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Cuba, Pensamiento Crítico, Filosofía

El pensamiento crítico en Cuba y sus circunstancias

Comentarios a un artículo de Alfredo Prieto

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He leído con mucho agrado el artículo de Alfredo Prieto titulado “El Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (en nosotros)”. Primero, por su agudeza y elegante estilo, a lo cual Alfredo nos tiene acostumbrados. Y segundo, porque me obligó a rememorar etapas de mi vida, algunas de la cuales tuve el privilegio de compartir con Alfredo.

Como él, considero que el Departamento de Filosofía (DF) y su revista Pensamiento Crítico (PC) fueron hitos en la formación del pensamiento social cubano. Yo era un joven estudiante en la Universidad de la Habana (1968-1972, con 16 y 20 años) y esperaba ansioso la salida de dos revistas: PC y Revolución y Cultura. Las devorábamos y comentábamos, unas veces creyendo en las virtudes de la revolución cultural china y otras ansiando ser partes del combate cultural de mayo de 1968. Algunos profesores del DF pasaron por mis aulas, en ocasiones diciendo disparates que resultaban mucho más estimulantes que las verdades ortodoxas que ya se abrían paso en la Universidad de la Habana. También como él, creo que no es posible separar la experiencia del Centro de Estudios sobre América (CEA) del DF/PC, y no es casual, como afirma Alfredo, que una parte significativa de los efectivos del CEA estuviera formada por antiguos DF, unos muy protagónicos como Aurelio Alonso y Fernando Martínez, otros con involucramientos más ligeros como fueron los casos de Rafael Hernández, Juan Valdez Paz y Hugo Azcuy, entre otros. Al final ambas experiencias buscaron un posicionamiento más comprometido de las ciencias sociales con el proyecto de cambios abierto en 1959 (o al menos como lo imaginaban), y al mismo tiempo un remozamiento de sus bases epistemológicas, siempre amenazadas por las ortodoxias doctrinarias. Pero cada una lo hizo a su manera y en sus circunstancias.

Y en esto último estriba una discrepancia fundamental con el artículo de Alfredo Prieto: las figuras paradigmáticas de DF/PC —sin restarles un adarme de sus méritos intelectuales— no fueron relevantes en el desarrollo teórico que tuvo lugar en el CEA. Tanto Aurelio Alonso como Fernando Martínez fueron siempre electrones diferenciados que realizaban sus quehaceres intelectuales en relación con otros espacios y no produjeron ninguno de los productos intelectuales críticos icónicos que señalizaron el apogeo intelectual del CEA entre 1990 y 1996 y sirvieron de argumentos para la represión de 1996. Las personas que sí tuvieron impacto en el CEA fueron las que tuvieron un rol marginal en el DF/PC: Juan Valdez, Rafael Hernández, Ilya Villar y Hugo Azcuy. Y no se trata de una simple casualidad, sino de que había una diferencia fundamental entre lo que quería hacer el DF/PC y lo que quería el CEA, sencillamente porque cada uno fue un resultado de sus circunstancias.

Hagamos un viaje a la semilla. DF/PC fue un proyecto intelectual orgánico a un momento específico de la Revolución Cubana en que esta transitaba a su primera fase termidoriana. Es decir, cuando se había detenido el ímpetu liberador, la nueva élite establecía sus arreglos institucionales mediante un severo autoritarismo y la sociedad comenzaba a buscar su acomodo en el mundo real, lo que para los cubanos significaba en primera instancia el acceso al coto de consumo del sur de la Florida.

Los grandes debates “revolucionarios” habían concluido —como organizar la economía, como relacionarla con las metas espirituales revolucionarias o como congeniar libertad y militancia en el arte revolucionario— y comenzó una etapa voluntarista y autoritaria que reprimió las diferencias y erradicó los últimos espacios de autonomía social: campos de reclusión de los “otros”, eliminación de derechos civiles y políticos, eliminación de toda forma de economía privada, etc. Con todo ello tuvo que convivir Pensamiento Crítico y mirar para el lado de forma vergonzante. Miró hacia delante en el único ángulo en que la post-revolución trataba de mostrarse renovadora: la revolución latinoamericana y en general el movimiento anticapitalista mundial del que Cuba se convirtió en un centro con las conferencias de OLAS y Tricontinental. Y murió en las arenas militantes cuando el gobierno cubano comenzó su desvío prosoviético y el escenario político latinoamericano comenzó a derivar hacia experiencias de nacionalismo militar (Panamá, Bolivia, Perú, Ecuador) y la muy heterodoxa experiencia socialista chilena. Los últimos números de PC fueron de un “fidelismo” a toda prueba francamente decepcionante.

El CEA fue durante la mayor parte de su historia un espacio ilustrado y poco tomado en cuenta de estudios latinoamericanos. Aunque muchos detractores han querido mostrar al CEA como una avanzada de la inteligencia cubana, eso no es cierto. No dudo que algún miembro más avezado haya desempeñado roles en este sentido, pero nuestro quehacer era mas modesto y aburrido. Un par de veces al año nos reuníamos con Piñeiro para conversar algunas generalidades y de vez en cuando nos pedían del Departamento América un informe sobre algo o alguien, lo cual nos hacía sentirnos importantes. Y sosteníamos intercambios interesantes con universidades hemisféricas, más interesadas en que les habláramos de Cuba que de realidades que ellos conocían mejor que nosotros. Como bien argumenta Alfredo Prieto en su artículo, a su interior se gestaba un pensamiento más renovado que en el resto del país, debido por un lado a la presencia de colegas latinoamericanos, pero también de dos fundadores que tuvieron un rol destacado en el planteamiento de nuevos temas, lecturas de nuevos autores y el planteamiento de una metodología rigurosa: Juan Valdés Paz y Rafael Hernández. Cualquiera de los dos, y en particular Juan Valdés, difería totalmente del modelo de intelectual que animaba DF/PC. Juan era (y es) un erudito de base marxista, pero notablemente heterodoxo y ecléctico. En cualquier otro país, Juan estaría sentado en una poltrona universitaria, con un salario astronómico, explicándonos como ve al mundo. No ha sido así, pero afortunadamente los que estábamos en el CEA pudimos escuchar sus explicaciones y alimentarnos de su erudición.

Pero lo que proyectó al CEA a sus 15 minutos de gloria fue su incursión en temas cubanos. Sin lugar a dudas, esto se debió a la decisión de sus entonces investigadores más jóvenes —digamos que transitaban por sus cuartas décadas de vida— de proyectar su bagaje intelectual sobre una situación crítica y que requería de una reestructuración de la sociedad cubana. No fue una acción coincidente en diagnósticos y recetas, pero sí en cuanto a que era necesario actuar sobre la sociedad y la política cubana para obtener una economía viable que implicaba necesariamente dosis mayores de mercado, una sociedad civil más autónoma y una política más democrática y participativa. Y no se hizo sobre bases teóricas estrictas —nadie se preocupó de la salud del marxismo— sino a partir de un bagaje ecléctico nutrido de anaqueles muy diversos. Fueron estos investigadores treintañeros quienes produjeron lo que la gente leía con avidez y lo que despertó la furia inquisitorial en marzo de 1996. Y, aclaro, para poder hacerlo el CEA también tuvo que no mirar a un sector oposicionista que reclamaba, con pleno derecho, un lugar en esa sociedad democrática que nosotros asumíamos como el mejor de los mundos posibles.

Pero la decisión de los investigadores de colocar el tema cubano bajo escrutinio entre 1990 y 1996 no se hubiera podido materializar si no se hubieran desplegado otras dos variables. La primera de ellas fue la profunda crisis llamada eufemísticamente Período Especial. Nunca como entonces la clase política postrevolucionaria sintió sobre sus espaldas el peso de su propio estropicio, lo que en un primer momento abrió algunos espacios al debate nacional formal (1990-1991) y luego dejó un vació de políticas que condujo a una tolerancia de facto ante algunas manifestaciones críticas. El trabajo del CEA en este período fue un resultado de esta apertura parcial del espacio público. Y, en segundo lugar, un hecho más prosaico: buena parte de las investigaciones del CEA se hacían con financiamientos externos con buenos salarios en dólares para sus investigadores que terminaban alimentando las depauperadas arcas del Partido Comunista. Eso explica, por ejemplo, que cuando el reformista Carlos Aldana tratara en 1992 de disolver al CEA —un intento de ajuste de cuentas subsecuente a la defenestración de Piñeiro— la institución recibió el apoyo del muy conservador departamento de organización comandado por Machado Ventura. Cosas de la política en minúsculas.

En resumen, el DF/PC fue orgánico a un momento específico de la revolución en su metamorfosis termidoriana y recibió todo el apoyo de la élite política y de Fidel Castro. El CEA, desde 1990, aprovechó una oportunidad política y se lanzó al ruedo para buscar una solución socialista a la crisis generalizada, pero no fue orgánico a ningún factor político. Solo fue conveniente en la coyuntura. Por nuestro edificio en la calle 18 en Miramar, pasaban importantes figuras políticas —Armando Hart, Abel Prieto, Pedro Ross, Roberto Robaina, etc.— y se daban en nuestros salones una ducha de tolerancia pluralista. El director del CEA le llamaba la estrategia de “los muchos paraguas abiertos”. De cierto, cuando Raúl Castro habló en el V Pleno acusándonos de quintacolumnistas del imperialismo, ni un solo paragüitas resistió la invitación al cierre.

Entre la experiencia del DF/PC y el CEA de los 90 mediaba un cuarto de siglo. Toda una generación, y probablemente por ello Fernando Martínez debió inquietarse cuando percibía nuestro desinterés en sus charlas filosóficas sabatinas, que nos parecían oscuras, etéreas y supernumerarias. Nos separa otro cuarto de siglo de la represión del CEA, y la nueva generación crítica que aflora en Cuba generalmente prescinde de los diseños sistémicos que produjimos hace 25 años. Pudiera parecer una falencia, pero a favor de ellos y ellas diría que han conseguido una diversidad de temas bajo escrutinio que nosotros nunca alcanzamos. Es otra generación.

Y cada una ha sido sencillamente ella y sus circunstancias.


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