Actualizado: 04/12/2021 9:26
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Cuba, EEUU, Independencia

El protectorado de Estados Unidos en Cuba: año 1

No se puede comprender la actual situación de la Isla sin referirnos a los sucesos ocurridos a principios de siglo pasado

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Hasta ahora los cubanos creen que la intervención norteamericana fue una mala jugada de nuestro poderoso vecino para apoderarse de la Isla, obviando que, si intervención hubo, esta sólo fue posible por el apoyo de los insurrectos y de sus comisionados en Washington. En todo caso, pocos afirmarían de que se trató de un momento positivo de nuestra historia.

Los beneficios de los cuatro años que duró la primera intervención de Estados Unidos en Cuba se han borrado prácticamente de los libros de historia; sin embargo, ese breve tiempo, comparado, por ejemplo, al del machadato, revolucionó profundamente el paisaje ideológico de la nación. Habría que esperar a la llegada del castrismo para que se produjeran cambios radicales de esa naturaleza, aunque durante un período mucho más largo.

Las razones de este desprecio por parte de los primeros beneficiarios, los propios cubanos, obedece al malentendido histórico que enturbia las relaciones entre ambas naciones. Este desencuentro ha sido provocado por la manipulación de la historia por la parte cubana, empeñada en demostrar que la independencia de la Isla se debe única y exclusivamente al esfuerzo de los independentistas. Los intelectuales de la Isla no han escatimado esfuerzos para demostrar este punto, llegando incluso a inscribirlo en la actual constitución de la república. Pero más allá de las mentiras históricas que cualquiera puede desmontar buscando en Google sin mucho esfuerzo, es innegable que esa hostilidad, instalada en los espíritus desde que Calixto García se negara (de boca para afuera) a seguir cooperando con las tropas estadounidenses en Santiago de Cuba, es la causante principal del triunfo del castrismo y sus letales consecuencias sobre el afincamiento de un Estado nacional, cuya existencia misma aparece más frágil hoy que a mediados del siglo pasado.

Mucho más optimismo se respiraba en la Isla en febrero del año 1900 que ahora mismo. Las razones de esa exaltación patriótica se debían a varios factores. El primero de todos, a la promesa de la creación de un país independiente, ofrecido por el presidente de Estados Unidos y reafirmado por el Congreso y el Senado con la Enmienda Teller o Joint Resolution donde se exponía claramente que “Que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”. Y por si quedaba alguna duda y para evitar malos entendidos, dicho texto concluía diáfanamente: “Que los Estados Unidos por la presente declaran que no tienen deseo ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha Isla, excepto para su pacificación, y afirman su determinación, cuando ésta se haya conseguido, de dejar el gobierno y dominio de la Isla a su pueblo.”

La Habana bullía. No sólo se estaban formando los primeros partidos políticos, sino que la lucha armada que había dejado el campo para instalarse en los salones de la capital, en Santiago de Cuba y en la Villas alcanzaba su sublimación en las publicaciones periódicas ya existentes o que se crearon durante el primer año de la ocupación militar.

Por el lado de la economía, había que reconstruir a toda prisa para volver a echar a andar la maquinaria industrial y agrícola devastada por la política de la “Tea incendiaria” decretada por Máximo Gómez, ejecutada con ciega determinación por las tropas rebeldes. A pesar del estado lamentable de los campos y de los retrasos en las siembras en 1900, todos los especialistas convenían que harían falta cinco años para recuperar los niveles de producción anteriores a la guerra. Este pronóstico no se cumplió, pues como sabemos la producción no dejó de crecer y la zafra de 1903 superó el millón de toneladas.

Si es difícil imaginar cómo pudo producirse este “milagro” económico ciñéndonos al relato de la historiografía cubana, para la que España sólo dejó atraso y subdesarrollo; el ejercicio se vuelve aún más complicado a la hora de describir la vida de los cubanos a principios del siglo, teniendo en cuenta que la Isla acababa de pasar por una cruenta guerra civil; pero, sobre todo, por el prisma nacionalista que deforma la percepción de aquellos hechos pasados para cualquier observador actual.

Por supuesto que la normalidad no llegó a la misma velocidad a todos los rincones de la Isla, pero en las capitales provinciales, y sobre todo en La Habana, donde se estaban llevando a cabo tareas de saneamiento y reconstrucción, las aguas habían vuelto a su cauce, mucho antes de que se traspasase la soberanía de la Isla al gobernador norteamericano.

Lo primero que hay que destacar fue la casi ausencia de ajuste de cuentas entre vencedores y vencidos. La política de borrón y cuenta nueva no solo la incentivaba la presencia de las tropas norteamericanas, sino también la impulsaban las principales figuras de la revolución, empezando por M. Gómez, que no dudó en licenciar al ejército cubano sin esperar el visto bueno de la Asamblea, razón por la cual fue denostado y destituido por ésta.

En los 80 del siglo pasado solía ponerse de ejemplo a los cubanos la transición española como un ejemplo a seguir, olvidando los adalides de esa solución, Carlos Alberto Montaner a la cabeza, que en Cuba ocurrió un proceso similar; con mucho más mérito si cabe, pues sus participantes no solo consiguieron un tránsito incruento, sino que lograron la soberanía casi plena, a pesar de la tibieza del interventor, y el deseo de los actores económicos que durante muchos meses abogaron abiertamente por la anexión o en su defecto un protectorado, a pesar de lo que estaba previsto en la Resolución Conjunta.

Dicho esto, los líderes revolucionarios y el resto de las fuerzas políticas existentes no consiguieron ponerse de acuerdo para escribir un proyecto de sociedad. Por un lado, se encontraba la mayoría de los habitantes de la Isla que nunca quisieron separase de España y por el otro los independentistas, los más bullangueros, revoltosos y exigentes que pretendían erigirse en los más beneficiados, atribuyendo esta primacía a sus méritos morales alcanzados en la manigua.

Un observador neutro podría suponer que el interés de todos en aquel delicado momento tendría que haber sido el interés colectivo, que pasaba en primer lugar, por conseguir la salida del ejército de ocupación y la soberanía. Pero el interés común nunca ha sido el fuerte de los políticos cubanos, así pues, en apenas un año se crearon tres partidos que esperaban ganar las elecciones municipales prometidas por el interventor que había retirado el voto de los negros.

En cuanto al día a día, el gobernador militar tuvo la idea de crear un consejo de secretarios civiles que lo asesorarían en sus planes de gobierno, incluyendo la sustitución de las autoridades españolas en los municipios y provincias, la reconstrucción de la economía y del sistema educativo. Por supuesto que estos nuevos dirigentes, sin experiencia previa lo primero que hicieron fue ponerse a robar de lo lindo, y es así como La Lucha, un periódico republicano describía en febrero de 1900 la situación “Toda La Habana ha podido presenciar el cambio de posición personal que han tenido muchos de los concejales del ayuntamiento. Ayer apenas tenían pantalones que ponerse y algunos estaban adeudados viviendo modestas casas, y en menos de un año han sufrido una verdadera transformación económica…”.

No se puede comprender la actual situación de la Isla sin referirnos a los sucesos ocurridos a principios de siglo pasado. Después de todo el castrismo no cayó del cielo, ¿verdad? Las raíces del mal se encuentran en ese período, cuando algunos intereses económicos norteamericanos se sirvieron de la minoría independentista para imponer un orden legal que dejó fuera del poder real a el resto de la población. Empezando por los negros y terminando por los simpatizantes del régimen anterior que, si bien defendían cambios administrativos, nunca abogaron por separarse de España.

Por eso, para conocer se impone la lectura de un editorial del Diario de la Marina del 22 de febrero de 1900 donde se resume bien lo ocurrido hasta el momento y se anuncia entre líneas la debacle a venir:

“Pero se ha visto con harto sentimiento que, excepción hecha del Arancel de Aduanas defectuosísimo, nada tenía estudiado y nada había preparado el gobierno de Washington; y cuando se esperaban grandes y radicales reformas en todos los órdenes de la administración, y más particularmente en el económico, por ser el que más imperiosamente reclamaba la ingente atención del gobierno interventor para reconstruir las industrias y proporcionar medios de subsistencia a tantas familias como la guerra había privado de todo recurso, nos sorprendió el general Brooke con su primer decreto, declarando que seguirían rigiendo, sin alteración alguna y hasta nueva orden, todas las leyes españolas vigentes en aquella fecha. ¡A la verdad, bien pudiera el país haberse ahorrado los cuatro años de guerra, la devastación de sus campos, la rama de sus industrias, la destrucción de sus propiedades, los horrores de la reconcentración y las miserias y zozobras del bloqueo, si después de tantos cruentos sacrificios y tanta sangre derramada, había de venir a parar en que todo siguiera como antes!”.

Seguiremos contando a los lectores de Cubaencuentro la verdadera historia de Cuba, esperando (sin mucha fe la verdad) que las nuevas generaciones encargadas de los destinos de la Isla no cometan los mismos errores que sus antepasados.


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