Actualizado: 21/07/2019 2:08
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Represión

El sistema carcelario cubano

En Cuba “necesitamos muchos Robespierre”, prometió Fidel Castro en 1954. Dos décadas más tarde, un sobreviviente del Gulag declaró sobre el sistema penitenciario cubano que le hubiera costado imaginar un régimen de prisión peor que el ruso.

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Sin temor a exagerar, se puede afirmar que el sistema carcelario cubano es uno de los más inhumanos del planeta. Proyecto que desde temprano animó el pensamiento de Fidel Castro, como lo expresa en una carta escrita desde la prisión de la que fue amnistiado por Batista, en la que afirma la “necesidad del terror”; añade que “Robespierre fue idealista y honesto hasta la muerte” y que en Cuba “necesitamos Robespierre, muchos Robespierre!”. No se le puede negar que ha cumplido su palabra.

 

Armando Valladares cumplió veintidós años preso, y salió en libertad gracias a una campaña internacional por su liberación y a que François Mitterrand intercedió por él. Fidel Castro, deseoso de ser invitado oficialmente a Francia, le concedió ese “favor” al presidente francés. Un sobreviviente del Gulag, tras leer las Memorias de prisión, de Armando Valladares, declaró que le hubiera costado imaginar un régimen penitenciario peor que el vivido por él en Rusia. Allí, quienes se salvaran de ser ejecutados eran desterrados a zonas inhóspitas en las peores condiciones climatológicas, sometidos a trabajos forzados y viviendo en condiciones infrahumanas; pero no eran víctimas de un ensañamiento particular para que se arrepintieran y se convirtieran en colaboradores del régimen. Hasta se podría decir que se les respetaba su condición íntima de disidentes.

 

En Cuba, cuando se es condenado por delito de “contrarrevolución”, o de disidencia, pese a que el régimen no reconoce tener prisioneros políticos sino delincuentes comunes o agentes del “imperialismo”, lo que equivale a traición a la patria, se les aplica un castigo que les confiere, de hecho, el estatuto de presos de conciencia. Si el preso se niega a colaborar con las autoridades carcelarias, si no se “rehabilita” y se convierte al comunismo, se le considera un “plantado”. A partir de entonces, será sometido a un sádico régimen de represalias con la intención de doblegar su voluntad. Se le obliga a llevar el uniforme de los presos comunes y se le encierra en los pabellones destinados a los delincuentes de alta peligrosidad. Es confinado en celdas de castigo durante largos períodos –he conocido expresos que pasaron hasta siete años en celdas tapiadas, sin ver nunca el sol, desnudos, durmiendo en el suelo–. Uno de los castigos más inhumanos, causa de larguísimas huelgas de hambre que pueden desembocar en la muerte, es la “recondena”: cuando un prisionero ha cumplido su condena (que puede ser de veinte a treinta años), es nuevamente condenado. El caso más sonado de muerte por huelga de hambre fue el de Pedro Luis Boitel, líder estudiantil durante la lucha contra Batista, opuesto al totalitarismo de Castro. En 1959 fue condenado a diez años de prisión, y sufrió tantos vejámenes que terminó muriendo tras 53 días de ayuno.

 

Cuba Archive (www.cubaarchive.org), el centro de documentación más completo acerca del sistema represivo cubano, ha documentado doce muertes por huelgas de hambre, la mayoría por falta de asistencia médica, o por habérseles negado el agua, como fue el caso de Orlando Zapata Tamayo. Como expresa el “Comité pro Libertad de Prisioneros Políticos Cubanos Orlando Zapata Tamayo”, de reciente fundación en Cuba, “Su muerte terrible y dolorosa no fue necesaria, pero sí fue inevitable. Para evitarla se requerían una dimensión, arquitectura y estatura morales que asociaran el concepto de lo humano con la realidad del poder. Y esa es la gran ausencia cubana. Por eso, al disolver su cuerpo en las frías celdas del Estado, Orlando Zapata Tamayo recupera el sentido moral de la persona humana por encima de los intereses siempre finitos de todo poder. Su mensaje profundo es: el valor del ser humano es el bien supremo a defender; la política comienza después”.

 

Hoy, otro disidente cubano, Guillermo Fariñas, activista por los Derechos Humanos y habitado por esa dimensión moral a la que alude el comité, ha declarado una huelga de hambre y sed desde hace más de 15 días para exigir la liberación de 26 presos políticos enfermos. “Si el gobierno no realiza ese gesto humanitario, llegaré hasta las últimas consecuencias”, declaró Fariñas, entrevistado telefónicamente por el diario español El País. Mientras, el diario oficial Granma alude por primera vez a la huelga de hambre del disidente, a quien llama agente de Estados Unidos y delincuente común violento –al igual que hizo con el fallecido Zapata–, con el propósito de denigrarlo ante la opinión pública, e informa que “si se quiere morir, que se muera: el gobierno no acepta chantajes”. Ante la indocilidad, el castrismo humilla y subhumaniza a la persona. Delincuente, gusano, escoria social, son los términos que utiliza para designar a los opositores.

 

Para Fariñas, es el reconocimiento tácito de que el Gobierno “lo va a asesinar”. Está persuadido que Raúl Castro ha dado la orden de dejarlo morir. “Para mí es un honor que el Gobierno me asesine delante de toda la opinión pública internacional y nacional”.

 

Ante la acusación de ser un mercenario de Estados Unidos, Fariñas, en carta dirigida a Raúl Castro, alude a su antigua condición de militar, que, de haber proseguido, hoy sería coronel, y admite irónico que “cuando único fui mercenario fue al servicio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y bajos sus órdenes en África”. Y le agradece a Raúl Castro “permitirle morir” por sus ideas democráticas, ya que “constituye un honor” pues, según el himno nacional cubano, “morir por la patria es vivir”. ¡Un verdadero plantado!

 

El Comité Ciudadano por la Integración Racial, de reciente fundación, declara, a propósito de la muerte de Zapata: “Esta muerte refleja, por un lado, la sórdida estructura cruel del modelo de Estado en Cuba; la arrogancia ideológica y cultural de la élite política; la deshumanización de los sistemas coercitivos del gobierno, después de la banalización represiva tras largos años de ejercicio, y la profunda crisis en las reservas de sensibilidad moral de las autoridades que se dan el lujo de arriesgar su imagen pública, en el tonto forcejeo del poder con la satisfacción responsable y obligada de las demandas de los ciudadanos. Porque Zapata Tamayo era un ciudadano cubano, preso bajo la responsabilidad absoluta del gobierno”.

 

Por otro lado, también alude a la connotación racial de esa muerte: qué poco mereció la compasión de sus carceleros por su manifiesta “ingratitud” frente a sus “libertadores”.

 

La condena del CIR al gobierno cubano por esta muerte “no es sólo moral y política; es, además, y por todas aquellas connotaciones, una condena en términos civilizatorios, culturales y de identidad”.

 

Aunque parezca paradójico, si existe un logro por el que la “Revolución” cubana ha alcanzado el grado de excelencia, no es la educación y el sistema de salud, como se afirma, sino su sistema represivo y carcelario, implantado desde 1959, al cual debe el régimen su perennidad.


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