Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Mandela, Sudáfrica, Derechos Humanos

Ese regalo llamado Mandela

Mandela tuvo la habilidad de entender que tomar el cielo por asalto sin condiciones para mantenerlo funcionando como cielo, termina creando el infierno en la tierra

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Mandela, ha dicho Desmond Tutu, fue un regalo a la humanidad. Creo que fue lo mejor que he oído sobre un hombre con el cual —en la cárcel, en el poder o en su casa— hemos andado buena parte de nuestras vidas. Mandela fue, sencillamente, inmenso. Y gracias a su tenaz compañía en esta vida, casi todos somos de alguna manera mejores.

Sin embargo, ocurre que cuando los hombres y las mujeres son inmensos y mueren, es decir pasan a estado icónico, se corre el riesgo de que sean aprehendidos por pedacitos, por retazos que nos conmueven o nos convienen. O, lo que es peor, como que sus inmensidades son redituables, se les cooptan desde todas las esquinas, pero no como eran, sino como caricaturas aceptables. Es lo que ha sucedido con Mandela en algunos cotos de nuestra sociedad transnacional, es decir, en la Isla y en la emigración.

Por ejemplo, los funcionarios cubanos y sus intelectuales se han postrado ante el líder revolucionario que destruyó un régimen oprobioso y fue amigo de Fidel Castro. Pero han obviado que efectivamente lo destruyó por la vía democrática, desde el dialogo, la tolerancia y la concertación, y que su acercamiento emotivo a Fidel era parte de esa visión amplia en que todos cabían. Pero que en muy poco se parecía al autoritario “máximo líder” cubano quién se atrincheró en el poder por cinco décadas, a diferencia de Mandela, que solo lo ejerció —a pesar de todo el apoyo con que contaba— por un quinquenio. Mandela es aquí presentado como un revolucionario convergente con quienes en realidad son en muchos sentidos sus antípodas.

Desde el bando opuesto —el siempre locuaz exilio cubano— las opiniones han sido más variadas. Pero si tuviera que hacer un hilo conductor de todas, diría que se caracterizan por el perdón. Es decir, han perdonado a Mandela, como hizo el FBI en 1988 cuando lo sacó de la lista de terroristas. Y le han perdonado por dos razones.

  • La primera es que han decidido no mirar, como se hace con los defectos de un hijo descarriado, hacia la relación de Mandela con el gobierno cubano. Es decir, que han considerado como una desviación aceptable que Mandela haya mantenido —como estadista, como político y como persona— una relación afectiva con dirigentes políticos que mantuvieron siempre una posición militante de apoyo a los luchadores anti-apartheid y que brindaron el soporte militar necesario para romper el espinazo a las tropas sudafricanas en el sur de Angola. Podrán criticarse ad nauseam los supuestos móviles ocultos que tuvieron los dirigentes cubanos para hacer esto, pero lo cierto es que lo hicieron y que ello contribuyó a la desaparición del apartheid. Muchos en Miami digieren ahora su mala conciencia de aquellos días en que se manifestaron contra la presencia de Madiba en la Ciudad Mágica.
  • La segunda es que han elaborado una versión caricaturesca de un Mandela converso y masticable, desde un marxista terrorista hasta un liberal pacifista. Se trata de una penosa falsificación histórica. Decir que Mandela era simplemente un marxista es recortarlo, y lo de terrorista diríamos que lo fue tanto como Washington, Jefferson, Bolivar y Martí. Ni más ni menos. Considerar que la violencia es una respuesta posible a situaciones en que el poder ejerce esa violencia sin apego a la dignidad de la sociedad y las personas, no es ser terrorista. Repito: puede ser contraproducente pero no es ilegítimo.

Pero curiosamente tampoco dejó de ser ni una ni otra cosa. Nunca dejó de ser un hombre de una formación intelectual que incluía el marxismo, solo que no es el marxismo que caricaturizan quienes, desde la derecha más prosaica, no lo entienden. O lo que es peor, nunca lo van a entender. Y tampoco sencillamente desechó la violencia, y solo indicó al ANC renunciar a la violencia armada cuando la transición estaba en marcha y era irreversible.

Además de otras consideraciones sobre su grandeza personal, hay tres cuestiones que marcan la relevancia de Nelson Mandela, y explican por qué tirios y troyanos se declaran sus herederos.

En primer lugar, Mandela entendió que la violencia como método político permite andar atajos que facilitan el corto plazo, pero obstaculizan la consecución de metas superiores en el largo plazo, y entre ellas la meta democrática. Es la historia trágica de casi todas las revoluciones. Por eso siempre la violencia fue un principio de acción del ANC, pero subordinado y en ocasiones con un valor simbólico. A fines de los 80, la coyuntura política en que Mandela fue liberado y De Klerk obligado a negociar, le permitió organizar una transición pacífica y a desplegar sus mejores dotes de negociador y generador de consensos. Una perfecta combinación de genio y escenario.

Luego, Mandela tuvo la habilidad de entender que tomar el cielo por asalto sin condiciones para mantenerlo funcionando como cielo, termina creando el infierno en la tierra. Y por ello —cualesquiera que hubiesen sido sus motivaciones políticas e ideológicas más íntimas— creyó que su agenda posible estaba limitada a la eliminación del régimen racista, a la apertura democrática y a crear condiciones para el avance socioeconómico de las mayorías por la vía reformista. No conozco lo suficiente a Sudáfrica como para opinar sobre el resultado de esta decisión, pero lo cierto es que aún hoy es una sociedad terriblemente desigual (64 de coeficiente Gini), con un 52 % de población pobre (el 62 % de la población negra) y un 30 % de ellos en condiciones de indigencia. Cifras que indican que hay que segur transitando y abriendo veredas en el camino abierto por Mandela en una sociedad que por siglos conoció el peor de los colonialismos internos.

Finalmente, hay en Mandela un ribete ético superior que castiga a todos los políticos contemporáneos. A pesar de su arrolladora popularidad, decidió oficiar solo por un mandato, y luego retirarse de la vida pública en 2004. Con absoluta modestia, demostró al mundo que había otras maneras de hacer las cosas. Y también en esto jugó, con mucho éxito, a la política de largo plazo.

Mandela no fue el último gran político del siglo XX, sino el primero del siglo XXI, y si su mensaje no logra perdurar, o solo lo hace como referencia icónica, todos habremos perdido. Caricaturizarlo es enlodar su mandato.


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