Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Espacio Laical, Iglesia Católica, Intelectuales cubanos

“Espacio Laical” y la utopía prearmada

La clave democrática no radica en tal o cual mecanismo de representatividad o control constitucional, sino en la libre formación y expresión de la voluntad política

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Hacia 2005 el Consejo Arquidiocesano de Laicos (La Habana) emprendió el proyecto editorial Espacio Laical con ánimo de contribuir a “edificar la Casa Cuba”, que monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García-Menocal (1936-2014) había concebido como “hogar común en el que todos los cubanos quepamos”. Para 2012, la publicación pasaba al “nuevo espacio, más afín”, del Centro Cultural Padre Félix Varela, como “proyecto de comunicación social”.

Según Roberto Veiga y Lenier González, “ratificados por el cardenal Jaime Ortega” como editor y vice-editor, el proyecto se comprometió al “encuentro, el diálogo y el consenso entre cubanos con posiciones diversas” para acompañar “de forma crítica y constructiva, el actual proceso de reformas económicas y sociales”, así como abogar “por un ajuste político que facilite la canalización de toda la pluralidad política de la nación”.

En solo dos años, Veiga y Lenier renunciaron dos veces, pero el Cardenal no aprobaba y ellos aguantaron. A la tercera fue la vencida y, en vez de anunciar que el Cardenal había aceptado la renuncia, Veiga y Lenier optaron por la cobertura ideologizada empobrecedora de que “fuimos liberados de nuestras obligaciones”.

Ambos admitieron que venían editando “una publicación que provocaba divisiones dentro de la propia comunidad eclesial”. Así y todo, se fueron con su música a otra parte del mismo mapa cartografiado por “el querido padre” Céspedes: un nuevo espacio de facilitación y continuidad denominado “Cuba Posible”.

El padre y la casa

El 2 de febrero de 1874, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo (1819-74) dejó anotado en su último diario que la cuestión nacional “va mal entre la traición, el egoísmo, la ignorancia y el espíritu de partido”. El fenómeno histórico denominado nación cubana no daría más que identidad dañada, ya sea escindida o integrada por coacción, como reconoce el discurso teórico del propio monseñor en torno a su “bella metáfora” Casa Cuba: la nación desaprovechó “la primera gran oportunidad para el consenso en sus momentos fundacionales” y corrió igual suerte con “la reconstrucción republicana” (1940) y la revolución (1959), que desembocaría en “violenta confrontación” por causa “del rumbo ideológico tomado”.

Hace falta demasiada fe para suponer que luego de tantas fallas históricas se pueda edificar, aquí y de ahora en adelante, algo así como “un umbral nacional donde todos y cada uno podamos ser actores protagónicos y conciudadanos fraternos”. En vez de atenerse a la fe y pedir el milagro, monseñor urdió su bella metáfora para la razón práctica. Ya no hay que arreglárselas con Dios, sino con “la vieja hembra engañadora” que, según Nietzsche, vino a suplantarlo: la gramática.

El espacio laical aguanta que la Casa Cuba, la Cuba Posible o cualquier otro giro gramatical se arme “con los materiales que su tradición y su historia ofrecen”, como si ambas no confirmaran hoy la traición, el egoísmo, la ignorancia y el partidismo que el otro Céspedes advirtió tan temprano.

La Casa Cuba es la imagen trasnochada de la propia moral cristiana, que no acaba de dar con el fundamento del bien ni siquiera entre su clero, junto con la ucronía marxista del paraíso que “se construye paulatinamente”. Los materiales serían los valores familiares entendidos a partir del latín “famulus, sirviente, y de eso se trata precisamente”. El peso mundano del ideal martiano “con todos y para el bien de todos” se descarga entonces en el espacio laical para replicar el más allá cristiano mediante la invención de un pueblo cubano ahistórico, fuera del reino de este mundo, con eso de que “una Casa Cuba requeriría de sus habitantes una constante actitud de servicio desinteresado”.

La inflación del espacio laical

Tal y como suele suceder con tantos y tantos proyectos cubiches, Espacio Laical se infló como “el único medio capaz de reunir a los cubanos de diferentes tendencias políticas dentro y fuera de la Isla para discutir sobre diversos temas” (“Iglesia Católica en Cuba puede restringir un inusual foro para el debate abierto”, Reuters, 16 de junio de 2014). La izquierda plattista sopló aún más: “Washington debería tomar el editorial de Espacio Laical [“Senderos que se bifurcan”, No. 230, mayo de 2013] como indicador del sentir de la sociedad civil cubana y sus sectores aperturistas relevantes” (Arturo López–Levy: “El editorial de Espacio Laical y sus descontentos”, 20 de mayo de 2013).

Nadie se preocupa, como advirtió ya el filósofo Emilio Ichikawa, de qué cosas valiosas emergieron en ese inusual foro ni de hasta qué punto confluyeron allí “imbecilidades de derecha, idioteces de centro y cretinadas de izquierda”. Algo que debió hacerse para despejar la sospecha que incuba haber publicado ideas tan alejadas de su contexto vital de surgimiento y aplicación como:

  • Un tribunal sui generis [este giro gramatical esconde la carencia crónica de asideros históricos y jurídico-doctrinales] con superjueces encargados de fallar sobre “la justeza” de las reformas constitucionales. Hace rato que las piezas del control judicial de la (in)constitucionalidad fueron recortadas a la medida racional del género humano: recurso de parte afectada, acción pública y sala o tribunal de garantía.
  • Las elecciones directas del presidente y demás miembros del Consejo de Estado como mejoría del orden democrático. Si los diputados al parlamento son elegidos directamente y enseguida eligen al Consejo de Estado, este mecanismo guarda correspondencia con la democracia representativa.

La clave democrática no radica en tal o cual mecanismo de representatividad o control constitucional, sino en la libre formación y expresión de la voluntad política. Y salvo por ingenuidad o hipocresía, como decía Kelsen, puede pensarse que haya democracia sin pluralidad de partidos. La falta de espacio para coger ese toro por los cuernos propicia el embaraje laical.

Antes de analizar si venía con calidad intelectual y lectores en alza, Espacio Laical se sublimó hasta como indicador de cierto sentir social relevante, a pesar de que su perfil sociopolítico se apartaba ya de la difícil labor fundacional para lidiar en los ruedos de la polémica con editoriales y declaraciones, de réplica o defensa, por entre las posiciones del gobierno y la oposición. Así cundiría la percepción sinestésica de oír al Cardenal Ortega Alamino al ver el Espacio Laical.

Al pregonar que, con su revista, “La relación Iglesia-Estado en Cuba ha dado un salto cualitativo” (La Jornada, 13 de marzo de 2012), Veiga y González acotaron que había “sectores del Partido Comunista que siguen manifestándose a la vieja usanza [y] torpedean el diálogo”, pero dejaron al lector adivinar cuáles serían estos sectores. De este modo incurrieron en otro avatar del juego con la cadena sin tocar al mono, que también puede apreciarse dentro del único partido con la crítica a la burocracia sin precisar qué males burocráticos ni cuáles burócratas.

Y como suele suceder también entre cubanos, la alharaca extramuros hizo que la gente intramuros se creyeran cosas tan solo por llenar espacios con ideogramas antes que con fuerzas o grupos políticos. Esos ideogramas se rastrean fácil por entre publicaciones y eventos, pero apenas dan pie a efusiones en tertulias o en Internet, sin llegar a infusiones entre mucha gente como medida del éxito del perfil sociopolítico declarado.

Coda

Veiga y González se toparon con que hasta la tarea práctica de publicar una revista entre otras de la Iglesia católica en Cuba, puede malograrse por tensiones dentro de la propia Iglesia. Deja mucho que desear entonces la tarea titánica de edificar la Casa Cuba sobre la base indicada por monseñor: que “el núcleo cultural es optimista en cuanto al destino histórico de la nación”.

Ese optimismo impregna la bella metáfora con determinada contranaturaleza conceptual y ahí mismo, en el espacio laical, se pretende que los elementos prefabricados —incluso puertas y ventanas para proteger el interés público— se ensamblen de acuerdo con el plano del monseñor como “única alternativa [del] futuro mejor para todos”. La razón dada es que “así lo exige el sueño de Cuba”, pero todo parece indicar que primero hay que sacarla de la pesadilla.


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