Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Esperanza u optimismo

Los turistas estadounidenses y los cubanos: entre la realidad y la ilusión

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“I cannot be an optimist but I am a prisoner of hope.”
Cornel West

Estas dos palabras o conceptos mantienen cierta relación, pero no son lo mismo, e incluso pueden ser antagónicas en sus expresiones vitales. La esperanza lleva consigo cierta carga mística, incluso es una de las tres virtudes teologales de los católicos, junto con la fe y la caridad; encierra algo del mirar hacia un ente superior y esperar una solución, implica cierta pasividad, un anhelo, una ilusión, tiene un profundo contenido subjetivo que puede estar totalmente en contradicción con la realidad.

Esperanza, por ejemplo, tiene esa persona que frente a la cama donde yace un pariente, o un amigo, al cual le han diagnosticado muerte cerebral, aún espera que, en contra del pronóstico científico de la imposibilidad de una recuperación, su ser querido va abrir los ojos y reaccionar en cualquier momento. En este dramático ejemplo se refleja un fuerte componente irracional, disparatado, pero puede tener una pizca de optimismo, de racionalidad: la medicina avanza a pasos acelerados y quizás pasado mañana se descubra la forma de curar al paciente desahuciado.

La esperanza en ocasiones se vincula con el contrario del optimismo, es decir puede existir una esperanza pesimista, lo cual ocurre cuando esa esperanza esta puesta en un hecho o fenómeno negativo, nocivo, maligno. En el acervo popular esto se expresa: ¡Ojalá y se parta una pata!

El optimismo está más cercano a la praxis, es más telúrico, no tiene que manifestar ninguna dependencia a un ente superior, incluso puede tener expresiones estadísticas, tiende a la euforia, a la alegría, al buen humor, puede llegar a entrar en conflicto con la esperanza. El optimismo es trascendente, puede aparecer como una manifestación filosófica y tuvo en el Pangloss de Voltaire su máxima expresión literaria, que aún en medio de los peores desastres y desgracias, incluyendo el terremoto que devastó a Lisboa, seguía pensando que vivía en el mejor de los mundos posible.

Indudablemente que el optimismo llevado a manifestaciones extrema puede resultar en gruesas y patentes ingenuidades y generar con ello serios problemas al no coincidir con la realidad. Esto es lo que queda en evidencia en una entrevista realizada por una periodista norteamericana[1], que viajó a Cuba en el Adonia, primer crucero de EEUU en atracar en aguas cubanas; en esta entrevista a un profesor de economía de la Universidad de La Habana ella, después de referirse a la futura llegada de millones de turistas norteamericanos y a la lucha cotidiana de los cubanos por las cosas más elementales señalando que “muchos tienen que ‘resolver’ suficiente leche en polvo para los niños, un inodoro que descargue, un balcón que no colapse. ¿Cómo atraer a todos esos estadounidenses de una manera que realmente mejore la vida de los cubanos?”

“He pensado en esto. Siempre hay un riesgo. Pero básicamente soy optimista. Creo que tenemos una tradición, una cultura muy sólida y nuestra propia historia”. Fue la respuesta, la cual podemos agregar a la muy gruesa antología de vacuidades y retóricas academicistas, que por otra parte no responde la pregunta que le hicieron.

Definitivamente aunque él piense que es optimista en realidad lo que tiene es esperanza, una esperanza de inamovilidad, sustentada en entes superiores como tradiciones, se supone que las generadas en los últimos 50 años; una cosa que él llama cultura y que en realidad se refiere a el latrocinio, el robo, la malversación y otros males; y finalmente la historia, aquella enseñada en las escuelas con total rechazo de los estudiantes a los cuales se le pretende imponer que Martí es el antecesor, y por tanto culpable, de las desgracias que vive nuestro país.

La periodista insatisfecha con la ‘respuesta’ le mencionó lo que Nicolás Guillén decía, en su poemario de los años 30, sobre la presencia de los turistas yanqui en Cuba. El profesor suspiró tal vez preocupado por su ignorancia de lo que había dicho Guillén y su respuesta fue: “…tenemos que tener cuidado. Tenemos que ser muy cuidadosos. Este país no perderá su identidad”. Pura esperanza y nada de optimismo.



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