Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Racismo, Religión, PCC, Iglesia Católica

Estado de Ilegitimidad y el Artículo 5 (II)

Segunda y última parte de un ensayo sobre el Artículo 5 de la Constitución cubana, que establece que el Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista leninista, es la fuerza dirigente y superior de la sociedad

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¿Por qué no se ha percibido directamente tal institucionalización política del racismo?

Por tres razones. La primera: el enfoque exclusivamente político de la ideología. Los críticos tenderían a decir que la ideología es asunto de la organización política del Estado en sus relaciones con la sociedad y los ciudadanos. A todos los demás efectos; culturales, religiosos, mágicos o cultuales, la ideología es neutral. Percepción desmentida por la historia de la relación entre los Estados marxistas y los Estados islámicos.

La mala noticia para estos críticos es que, si bien es cierto que la ideología es una reacción estructurada a las tensiones sociales igualmente estructuradas, también ella suministra una salida simbólica a esa tensión. Es decir, se convierte en una clase especial de sistema de símbolos orientado a la integración evaluativa de la colectividad. Y al constituirse como tal sistema de símbolos, la ideología viene a ocupar el mismo espacio que vienen ocupando, antes ocupaban, o están en vías de perder otros sistemas simbólicos construidos por el hombre.

Si un sistema de símbolos da sentido a la experiencia de un grupo humano, ¿cuál es el más apropiado entonces para responder a sus específicas tensiones? Y la política es una de las tensiones más vitales, al menos desde la modernidad.

Las respuestas de un yoruba y de un cristiano a estas tensiones nunca serán las mismas que la de un marxista. Víctor Betancourt, conocido Babalawo de La Habana, uno de los voceros de la Letra del Año de Diez de Octubre en la Víbora, ha demostrado que la religión de origen africano tiene una respuesta ancestral para las tensiones de este tipo. La pregunta entonces es cómo se articula esta respuesta política desde el espacio cívico frente al racismo político institucional. Lo mismo vale, por supuesto, para las diversas respuestas cristianas.

Las ideologías políticas aparecen justo en el momento en que otros sistemas simbólicos están en crisis o no han estructurado suficientemente los sentidos y límites de un grupo humano específico. La crisis de ciertos sistemas simbólicos no es mala en sí misma, la modernidad se origina ahí, pero su crisis total permite que ciertas ideologías políticas intenten ocupar todo el espacio que aquellas dejan. Que el marxismo no haya resistido la competencia con las diversas versiones del Islam es un ejemplo de cómo una estructuración simbólica fuerte es impermeable, incluso en el nivel político.

No obstante esta constatación, los Estados marxistas decían, sin sonrojo antropológico, que el sistema de símbolos o señales edificado a partir de la “ciencia” marxista-leninista no solo era el más apropiado, sino el único legítimo para construir las experiencias políticas desde el Estado y en la sociedad. Por eso los Estados marxistas que fueron, y que son, institucionalizaron el racismo: no por falta de progreso moral, sino por exceso de visión y pretendida superioridad científicas. Su paradoja y su esquizofrenia es que combaten el racismo que estructuran.

La segunda razón por la que no se ha visto este racismo institucionalizado es por la mirada “progresista” que se atribuye a esta específica ideología. En dos sentidos: el del progreso humano y el del progreso de tipo científico, que acompaña a aquel necesariamente. Aquí se entiende por progreso humano la creación del bienestar general para las mayorías, a través del desarrollo de la ciencia, la productividad y la organización racional del Estado en torno a la ideología. Entretanto, el progreso científico se concibe como la “superación” de las viejas ataduras mágicas y religiosas que una concepción “primitiva” del hombre y otra concepción trascendente de las “miserias” de este mundo prometían resolver con salidas simbólicas “precientíficas” y “enajenantes”. No es de extrañar, por eso, que los Estados marxistas no hayan inventado nada tecnológicamente serio. Nunca captaron la relación entre la imaginación religiosa y la imaginación científica.

Y la tercera y última razón radica en lo que podemos llamar el “cruce étnico” entre los diferentes sistemas simbólicos. Los yorubas se hacen “marxistas” (en el único sentido en que una sociedad se puede hacer marxista: religiosamente) y los euros se hacen yorubas (en sentido cultural y religioso). Este “cruce étnico” enmascara el racismo de la ideología, porque evita a simple vista la identificación cultural con el color de la piel, es decir: con el símbolo externo tradicional del racismo. Solo que, como habíamos visto anteriormente, el color de la piel no es más que la identificación somática y superficial de significaciones culturales profundas, pautas de comportamiento, sentidos de convivencia y concepciones de vida que son apropiadas y reapropiadas por grupos humanos totales, independientemente del color de la piel. Así el racismo no se estructura en función étnica o racial, sino en función de los conceptos del mundo.

Sobre esto último se levanta el racismo político institucional. Un comunista, con todo el equipamiento de un sistema simbólico eurocéntrico, tiene “capacidades, legitimidades y derechos” que no tiene un yoruba, por causa precisamente de su particular sistema simbólico: no importa que el primero sea negro y el segundo blanco. En tal sentido, la persona negra aparece como una “asimilada” por el sistema simbólico dominante y la blanca, como una “desertora” hacia sistemas simbólicos dominados.

Y si el racismo sigue, para confundirnos, la línea étnica o del color, es precisamente por el origen étnico del sistema simbólico “legítimamente” dominante. Por esta razón las personas negras que lo asumen son vistas como “asimiladas”, que “pierden” en el proceso su condición racial, mientras que los blancos “en regresión” son vistos como “renegados”, que “ganan” su condición de negros en virtud de su “conducta cultural asumida”.

Esto ha creado un problema de identidad cultural a nivel ideológico, que complica la autenticidad de las pertenencias o identificaciones. Un negro marxista tiende a sentirse superior a un negro yoruba y a debilitar sus solidaridades con el sector mayoritariamente inconverso ―es imposible practicar la santería y ser marxista al mismo tiempo―, y ello solo para evitar ser identificado con el “retraso” o con el “regreso”.

Por su parte, el euro “converso” se aleja de los “suyos”, exagerando su nueva identidad en las formas más expresivas que lo “identifican” con la “cultura primitiva” y rechazando los modos cívicos de su “original” mundo eurocéntrico.

Al final, las hegemonías y discriminaciones forzadas debilitan la aportación mutua en la convivencia cívica civilizada y llevan a cuestionar lo incuestionable: el derecho de elección ideológica individual con independencia del origen racial. Por así decirlo, se percibe que la persona blanca culturalmente “conversa”, legitima y refuerza la “incivilidad”, mientras que la persona negra marxistamente ilustrada refuerza y legitima la dominación. Una deriva que bloquea el completamiento cultural de la nación cubana.

Ahora bien. El teísmo sin dios y la idolatría antipagana marxistas no lograron salidas simbólicas eficaces para resolver las viejas y nuevas tensiones de Cuba; más bien las han profundizado. Sí lograron, sin embargo, apropiarse del Estado y de la política de un modo que los expone patéticamente en su desnudez racista frente al retorno de lo reprimido. ¿Cómo explicar entonces el Artículo 5 de la Constitución cubana, es decir el eurocentrismo constitucional, a la luz del fracaso del marxismo-leninismo como sistema simbólico?

Del mismo modo que fracasaron anteriores sistemas simbólicos para dar sentido a la vida cívica y política de la sociedad cubana, el marxismo viene cosechando el suyo ante el regreso imparable de los viejos sistemas de señales de la cultura cubana: el catolicismo, las religiones de origen africano, el protestantismo, la laicidad y las filosofías y prácticas orientalistas de reciente adquisición por la siempre posmoderna cultura cubana. Una recuperación impresionante de nuestros sistemas simbólicos originarios que ha cambiado por completo el espacio cultural y la orientación cívica de la sociedad.

Sin embargo, en una situación culturalmente escandalosa, un millón de militantes comunistas domina a más o menos siete millones de cubanos que practican una u otra de las religiones o denominaciones religiosas predominantes en Cuba. Una minoría que domina a una mayoría en lo que describiríamos como un escenario de ocupación cultural desde el Estado de una etnia política en decadencia.

Lo interesante de esta dominación es que pretende refundarse en la legitimación constitucional de un vacío ideológico, que ya no genera sentidos auténticos de pertenencia, así como en la deslegitimación cívica de los únicos valores que hoy por hoy están ofreciendo salidas simbólicas a los cubanos. Y al hegemonizar, no por la vía de la competencia cívica entre valores distintos, sino por la postulación constitucional del control de los resortes del Estado y de la sociedad, el gobierno institucionaliza el racismo a través del Artículo 5 de la constitución vigente. Porque toda interdicción impuesta a sistemas simbólicos diversos para participar en el espacio cívico (donde se origina la legitimidad de la política) es racismo.

Dice el Artículo 5. “El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista leninista, vanguardia organizada de la nación cubana es la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Y si en Cuba se puede seguir viendo esto como una norma estándar, es ciertamente escandaloso que una constitución política siga postulando semejante pretensión en el siglo XXI. No se trata solo del escándalo moral (la sola idea de considerarse superior es racista, y escribirla constituye un racismo confeso), sino del anacronismo cultural y sociológico, así como de la discriminación racial que instituye. En una época en que parecía que el “progreso científico” de la sociedad y la cultura disolverían las concepciones religiosas, podría ser visto como normal que el ser futuro e ineludible se fijara como el deber ser político en todo el andamiaje del Estado.

Algo así podría ser denunciado como totalitarismo, desde el punto de vista político e ideológico, y atacado desde los conceptos del derecho y la libertad, pero podría ser defendido como culturalmente legítimo desde la homogeneidad racial, ―los cubanos somos una raza culturalmente homogénea, se nos ha dicho― en el sentido moderno del término, que la concepción científica de la sociedad solo adelantaba en los libros y en las instituciones como previsión “acertada” de una marcha cultural y antropológica “inevitable” de la sociedad hacia lo uno, lo único y lo mismo: el nuevo hombre de la cultura comunista.

Pero hoy por hoy, con el retorno más que visible de lo reprimido, que es el retorno explosivo de nuestra cultura, el Artículo 5 de la constitución cubana no tiene ni legitimidad cultural ni legitimidad sociológica. Su persistencia puede ser vista como expresión de la voluntad totalitaria de un reducido grupo de hombres y mujeres, si se quiere, pero tan fundamental como aquello es la institucionalización del racismo que ancla jurídicamente desde el punto de vista antropológico y político.

Veámoslo claramente. El sistema simbólico del marxismo es incompatible tanto con el sistema simbólico yoruba como con el de los cristianos. El lugar de la persona, el sentido de la convivencia, el tipo de relación que construye entre los hombres, la estructura jerárquica que dimana de sus particulares concepciones de la naturaleza, del más acá y del más allá, e incluso sus explicaciones del cuerpo, la muerte, y las limitaciones morales y éticas que imponen, más las transgresiones que estimulan, solo pueden convivir socialmente en un espacio cívico común horizontal, construido sin cortes y mutilaciones arbitrarios en la coherencia simbólica de la diversidad cultural.

Si estos cortes y mutilaciones arbitrarios en cada cultura se establecen por la ley, bloqueando el acceso de cada visión específica al espacio cívico, no se hace otra cosa que institucionalizar el racismo, amenazando la consistencia de cualquier proyecto nacional. La incoherencia e insustancialidad del Estado cubano nace precisamente de su inconsistencia e incoherencia antropológicas.

El Artículo 5 de la Constitución de la República de Cuba ―esa perspectiva eurocéntrica desde la que se ha capturado, la política, al Estado y a la sociedad cubanas― es el no va más de la cultura nacional.


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