Actualizado: 28/02/2020 12:12
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Exilio

Exiliados, refugiados, expatriados y emigrados

La negativa a adoptar otra identidad, a mantener la mirada limitada y conservar las experiencias solitarias marca a quienes han sufrido cualquier tipo de exilio

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Empecinarse, exagerar e insistir son rasgos típicos del exiliado, escribe Edward W. Said, al caracterizar una condición de la que participaba. Mediante ellos el expatriado trata de obligar al mundo a que acepte una visión que le es propia, “que uno hace más inaceptable porque, de hecho, no está dispuesto a que se acepte”.

Esa negativa a adoptar otra identidad, a mantener la mirada limitada y conservar las experiencias solitarias marca a quienes han sufrido cualquier tipo de exilio, con independencia de raza y nación.

El problema con los cubanos se ha vuelto más complejo con los años, al mezclarse las categorías de exiliado, refugiado, expatriado y emigrado entre los miembros de un mismo pueblo.

El exiliado es quien no puede regresar a su patria —la persona desterrada—, mientras que los refugiados son por lo general las víctimas de los conflictos políticos. El expatriado es aquel que por razones personales y sociales prefiere vivir en una nación extraña y el emigrado es cualquiera que emigra a otro país.

En el caso de Cuba, salvo los expatriados que viven en Europa u otras partes del mundo —por lo general casi nunca en Miami— y pueden entrar y salir de la Isla sin mayores problemas a cambio de ciertas concesiones, el resto de los cubanos caen en la categoría de exiliados, porque se les impide el regreso a la patria de forma permanente, aunque no todos “practican” la condición del exilio con igual fuerza. Y todos, además, ―incluidos los expatriados― se atienen a un “código político”, de forma más o menos explícita y guiados por hábitos, convicciones o el temor a “buscarse problemas”. Al mismo tiempo, la mayoría puede reclamar la etiqueta de “víctimas”.

La existencia de una difusión en las fronteras de estas categorías, la falta de límites, el poder saltar de una a otra sin problema, ha sido causa de más de un conflicto y motivo de muchas incomprensiones en Miami y la Isla.

Es un problema que tiene que enfrentar el Gobierno cubano, si de verdad está interesado en un mejoramiento de las relaciones con quienes viven fuera del país. No solo en Miami, o Estados Unidos en general, sino en todo el mundo. Sin embargo, no parece dispuesto a hacerlo.

La solución tiene que partir de Cuba y ha de venir sin restricciones. La entrada libre al país y la posibilidad del regreso si alguien lo desea. Abandonar la excusa de repetir una y otra vez la justificación del embargo para mantener una represión sin tregua y la cantinela de la soberanía cuando escucha una opinión contraria. Una actitud practicada durante décadas por el régimen de La Habana, que deja a quienes rechazan el embargo ―Cuba tiene más de un siglo de atraso en su discurso sobre la soberanía, discurso que por otra parte esgrime pero no practica― y al mismo tiempo se definen por un anticastrismo alejado de los vocingleros políticos cubanoamericanos, con el triste sabor de estar batallando por un peine para dos calvos: el exilio intransigente y el Gobierno cubano.

Washington y La Habana apuestan al statu quo, al tiempo que hacen “denuncias” y declaraciones en que se critican mutuamente. Pero ambas comparten un marcado interés en que la inutilidad de sus esfuerzos sea todo un éxito. Lo han logrado.

La Casa Blanca despilfarra millones en planes sin sentido y sostiene organizaciones que justifican sus ingresos con campañas que llaman la atención solo en Miami.

En la Plaza de la Revolución no hay quien se atreva a proponer cambios verdaderos y profundos, que avancen más allá de las soluciones con “curitas” de paladar de esquina y timbiriche de barrio.

Aferrarse a una estrategia solo se justifica mientras dé resultados. Cuba sigue esgrimiendo el argumento de plaza sitiada y Estados Unidos se empecina en las restricciones económicas y la hostilidad burocrática. Ambas afectan al ciudadano de a pie, no importa donde viva.

Un poco de cordura y sentido común bastaría para cambiar este panorama. Pero cada vez resulta más difícil esperar que pasos elementales sean dados en beneficio de los cubanos, los de aquí y los de allá. O todo o nada. Es la única apuesta en que parecen estar empecinados ambos jugadores. Nadie mueve ficha, como si el más simple cambio significara el fin de la partida y no el comienzo de otra distinta.

Mientras tanto, cubanos, exiliados y refugiados aguardan por la llegada de ese final prolongado, con la esperanza de que ese término les permita definirse mejor. Empecinados, exagerados, insistentes.


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