Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Periodismo

Expresión e ideología

A las redacciones llegan decenas de boletines que, provenientes de las oficinas de gobierno o de las empresas privadas, tienen la única intención de cuidar —y en ocasiones limpiar— la imagen de sus patrones

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El domingo 15 de octubre murió en esta ciudad a los setenta años de edad, Miguel Ángel Granados Chapa. Los mexicanos lo consideran un maestro del periodismo y adicionalmente deberá pasar a la historia de nuestro continente como un contumaz defensor de la libertad de expresión.

Escribo esta entrada y miro en torno. ¿Qué es la libertad de expresión? La muerte del periodista mexicano me ha tenido pensando en ello todos estos días. Al punto de que recurro a mis apuntes sobre Ryszard Kapuscinski, el reportero y escritor polaco también fallecido, antes de abordar el tema. Es seguro que la libertad de expresión no atañe solo a los periodistas, pero son ellos quienes sufren de manera más obvia la censura, como portadores del conjunto de la opinión de la sociedad. Subrayo la palabra conjunto porque ella encierra la variedad de criterios que en los países más equilibrados funciona como una sinfonía, durante la cual cada instrumento tiene un espacio para manifestar su habilidad como solista y con ello convencer al público o defraudarlo. Ese espacio para nosotros es el medio informativo, el aire sin el cual un comunicador se asfixia. Y muchos que no lo son, también.

En los otros países ya sabemos cómo se desempeña la orquesta: el director impone su estilo, que tal vez conviene a las cuerdas, mientras que los metales y la percusión entran en franco desacato durante el concierto. Y se arma el caos, del cual el público asistente es la primera víctima.

Sobre el tema, Kapushinski, había dicho en Los cinco sentidos del periodista: “Cuando el reportero se ve privado de la posibilidad de conseguir información por su cuenta y riesgo, el periodismo deja de ser periodismo, y se convierte, a veces, en propaganda”.

En el mundo actual, al menos en los países de esta ala del planeta, esto ocurre a menudo. A las redacciones llegan decenas de boletines que, provenientes de las oficinas de gobierno o de las empresas privadas, tienen la única intención de cuidar —y en ocasiones limpiar— la imagen de sus patrones. Y hay redactores que se someten a sus designios. Cada vez es más frecuente acceder a notas informativas en las cuales las preguntas básicas sobre el suceso ―qué, quién, cuándo, cómo, dónde y por qué— no se responden y el autor, quien se siente columnista, cree que su opinión es más importante que configurar el acontecimiento. El receptor no tiene una idea completa de lo que ha pasado y si no está muy alerta termina pensando como el reportero, lo cual es justo lo que pretende ese emisor.

El examen reiterado de tal fenómeno me ofrece una primera conclusión: Cuando la respuesta a una de estas preguntas se sustituye por opinión, se intenta manipular el criterio de los receptores. Es una fórmula de dos más dos que a menudo suman cuatro. Y en la medida en que haya más preguntas sustituidas mayor será la manipulación.

La voz de un periodista como Granados Chapa, desparecido en ejercicio pleno, deja un gran vacío, no solo en México, y el examen de su trayectoria arroja una reflexión sobre la práctica de nuestra profesión. Ya sabemos a estas alturas que la objetividad absoluta no existe, justo porque tampoco la verdad absoluta es verdad. Pero lo que sí podemos permitirnos los profesionales de hoy es escapar de la influencia de las ideologías, para acercarnos más al pensamiento humanista. Las primeras, de cualquier signo, casi siempre conducen al dogma. El segundo se renueva cada día, se mueve, incorpora información, observa la realidad en sus contextos específicos; se comporta en suma como el juego del caleidoscopio: integra las mismas piezas y en cada vibración ofrece un ángulo diferente.

Atiendo el sermón del cardenal primado de la iglesia católica en México, Norberto Rivera Carrera, y cuando lo escucho pedir obediencia a la autoridad me pregunto qué diferencia hay entre su exhorto, de tono absoluto, y el decreto de cualquier gobierno totalitario. Me entero de que el Consejo Nacional de Transición, que en Libia representa a quienes acaban de tomar el poder, se propone a los escasos días de su mandato, devolver a la población masculina el total derecho a la poligamia que, si bien no estaba prohibida en el régimen anterior, imponía al hombre el consentimiento de la primera esposa, entre otras acotaciones.

Y me vuelvo a hacer la pregunta.

Son muchos los ejemplos que afirmarían ese antiguo adagio que tiene que ver con los mismos perros y sus diferentes collares. ¿Qué hacer ante ello?

Opinar, criticar, observar, instruirse, conocer, diferir. Tener en cuenta ante todo que la información por sí sola no implica conocimiento. La información es dato a procesar y necesita vincularse a un tema, articularse a él, para estar en posibilidad de examinar y comparar, a fin de que ella pase a formar parte de nuestro propio modo de pensar, con un enfoque de los fenómenos que nos proteja del dogma.

Granados Chapa logró hacerlo y con ello se enlazó con los pensadores que a lo largo del siglo XX latinoamericano fueron capaces de reflexionar por sí mismos al tiempo que ejercieron un periodismo que les permitió criticar a los amigos e intentar comprender, pese a no justificar, a los adversarios y aún a los enemigos. El dominicano Pedro Henríquez Ureña estuvo a la cabeza de esa escuela y para muestra este fragmento de uno de sus despachos al diario El Heraldo de Cuba, en el cual escribió en 1914 y 1915.

“Solo el espíritu crítico nos enseña a ser cosmopolitas; a comprender que nuestros vecinos, nuestros enemigos, poseen virtudes y pueden tener razón...” (La Ilusión de la paz, 3 enero 1915).


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