Actualizado: 22/11/2017 12:21
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Cuba, Educación, Lenin

«Farewell La Lenin»

Las becas, dentro de las cuales la Lenin era la joya de la corona, fueron los lugares donde dieron el paso de la pubertad a la adolescencia decenas de miles de jóvenes cubanos

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Esta es la nueva escuela,
ésta es la nueva casa,
casa y escuela nueva,
como cuna de nueva raza.
Silvio Rodríguez.

I

La escena de Good Bye, Lenin! (2003, Dir. Wolfgang Becker) en la que la madre escapa de su confortable prisión domiciliaria de la época comunista, sale a la calle y petrificada observa como desmontan y trasportan una estatua de Lenin, quedará en la historia del cine como una excelente alegoría fílmica del final del régimen totalitario en Europa. La cabeza broncínea Vladimir Ulianov, hombrecillo omnipresente en la vida y la muerte de millones de seres humanos, dios referencial de los proletarios y los dictadores, es llevada sin llantos ni aplausos a un sitio donde le pueden dar mejor uso —al metal, se sobrentiende.

Quiere la historia, siempre caprichosa, que por estos días otro símbolo de la época dorada comunista comienza a ser “destinada a otros usos”, eufemismo traducido a cubano actual que quiere decir que se lo trague la mugre y el olvido. En realidad, el trabajo de “desmontar” la que fuera la Escuela Vocacional “Vladimir Ilich Lenin”, después Preuniversitario de Ciencias Exactas o simplemente “La Lenin”, era cuestión de tiempo.

Las becas, dentro de las cuales la Lenin era la joya de la corona, fueron los lugares donde dieron el paso de la pubertad a la adolescencia decenas de miles de jóvenes cubanos. En ellas estudió alrededor del 70 % o más de los nacidos poco antes o una década después de 1959. Hoy los exbecarios ocupan los lugares más prominentes dentro de Cuba —exceptuando a la gerontocracia. También tienen en los emigrantes a exitosísimos profesionales en todos los campos. Las becas fueron una experiencia vital correctiva. Y como todo hecho que marca la vida, sus luces y sus sombras dan a cada individuo claroscuros difíciles de precisar.

La Lenin fue célebre por tener los alumnos más aventajados académicamente, y porque los dirigentes querían tener allí a sus hijos, aunque no fueran tan listos como los hijos del vecino. La magnitud del proyecto habla por sí solo: más de 4.500 alumnos, medio millar de profesores y empleados; una veintena de edificios para dormitorios, docencia, laboratorios, y comedores; áreas deportivas con canchas para todos los deportes y piscinas olímpicas; espacios recreacionales donde no faltaron murales de los mejores pintores cubanos. El colegio vino a sellar, en original simbolismo, la “indestructible amistad y la solidaridad con la hermana Unión Soviética” al ser inaugurada por el mismísimo por Leonid Ilich Brézhnev en 1973.

Sería injusto, y poco se ha hablado de su demolición pasiva, no mencionar otras experiencias becarias en Cuba. A este funeral tardío también pudieran invitarse los llamados Camilitos, las ESBEC —secundarias básicas— y los INPUEC —preuniversitarios en el campo. De la misma manera, el método “estudio-trabajo”, los rigores disciplinarios y el sistema de pase los fines de semana eran parecidos, con ligeras diferencias en las escuelas militares.

II

Tras salir el anuncio en las redes sociales y las publicaciones digitales del cierre parcial de la Lenin, los comentaristas anónimos expresan sentimientos contrariados. Los hay que tildan a las becas de “nidos de comunistas”, o “madrazas de bandidos”. Y del mismo modo, existen comentarios positivos; hay quienes no olvidan que fue en las becas donde encontraron refugio material y espiritual a situaciones dramáticas en sus propios hogares. De la misma manera que en Cuba el régimen programa un encuentro de exbecarios de los Camilitos o la Lenin, en Miami —hay decenas de exalumnos— de forma espontánea han organizado reuniones informales.

Tal vez sea necesario comenzar a deslindar, si es posible, la intención primaria del régimen —o lo que creemos fue su intención—, y valorar con justeza la experiencia becaria de tantos en esos años. Es sabido que la dirigencia cubana en los años 70, época de inicio del plan de escuelas en el campo, enfrentaba un dilema: miles de jóvenes del “baby boom” cubano en las calles. Esa misma dirigencia, que estuvo becada casi toda la vida, sabía bien de la efectividad del adoctrinamiento alejado de la familia. La idea original era proveer, por un lado, la saciedad material a los jóvenes —excelente comida, bellos uniformes, transportación y recreación gratuita—, y por otro, formar “hombres nuevos” capaces de obedecer, cual dogma, las “orientaciones” de la Revolución.

Los métodos de uniformidad social fueron a veces sumamente crueles. Los alumnos de grados superiores, algunos con varios años por encima y, por supuesto, “repitentes”, eran los “instructores”. Al mejor estilo de una galera, eran quienes organizaban a los estudiantes para la limpieza, el comedor, el trabajo en el campo. Los profesores raras veces intervenían. El golpe físico era raro; más dolía el moral; la vejación: estar parado en el medio del pasillo central para que todos supieran que hablaste o te moviste en la fila. Los castigos iban desde permanecer parados en atención varias horas, a suspender la recreación y limpiar o recoger papeles alrededor de la escuela a altas horas de la noche. El peor castigo era quedarse sin pase, no ir a la casa el fin de semana. Eso lo decidían los llamados Consejos Disciplinarios, también formados por estudiantes abusadores, no pocas veces francamente psicopáticos.

La obsesión de los maestros y la dirección de la escuela era otra: la promoción del cien por cien de los estudiantes. Una escuela de 500 alumnos donde se aprobaban todas las asignaturas por encima de 80 puntos sobre 100. Para eso trabajaban; el fraude escolar unas veces era elaborado. Otras, “a la cara”. Había quienes copiaban los exámenes en las pizarras, quienes no dejaban que el alumno entregara el examen hasta que el profesor lo revisara —y por supuesto, lo “aprobara”. Algún maestro más decente, señalaba la respuesta errada. Los profesores estaban presos dentro del sistema de la misma manera que sus alumnos; o lo hacían o perdían el trabajo, e iban a dar clases a la calle, con menor salario. Muchos profesores también eran estudiantes, apenas graduados de preuniversitario, y presionados por los “factores” para integrar el llamado destacamento “Manuel Ascunce”. Una resultante lógica fue ver parejas clandestinas de alumnas con maestros en la flor de su adolescencia.

El trabajo en el campo, con sus particularidades, fue una extensión del fraude docente. Los surcos de papas, boniatos, ajíes, y lechuga eran enormes —¿alguien pudiera decirme por fin cuanto mide un “cordel”?—, y allí, bajo el sol de la tarde cubana, casi niños debían escardar las plantas hasta la guardarraya, perdida en el horizonte. La mañana no era mejor: el rocío, helado, calaba los huesos por encima de las mangas de las camisas, avinagradas por el sudor. Los estudiantes aplastaban las malas hierbas, y no las arrancaban, como decía el “guajiro”. El “instructor de campo”, casi siempre otro estudiante maloso de grado superior, reportaba sobrecumplimiento de la norma pues en ello le iba el puesto. Y los guías y los campesinos, cuando eran granjas estatales, firmaban el reporte para tampoco perder su salario. A las 48 horas la hierba retoñaba, y había que volver al mismo surco y a la misma mentira. Cuando se cosechaban plátanos, naranjas y frutas perecederas, se comía más de lo que se echaba en el jolongo.

III

Cualquier análisis que de la Lenin, y otras becas se haga, si prescinde de sus lados positivos carece de seriedad. Los programas de estudio estaban diseñados por un eficiente y eficaz grupo de asesores del Ministerio de Educación. Los alumnos tenían acceso, ya en esa época, a laboratorios y tecnologías en uso. En el campo de las ciencias humanistas, la instrucción era amplia, soportada por bibliotecas bien completas con literatura para jóvenes y principiantes. Allí, más que en las casas, se aprendió a leer. Los llamados círculos de interés y las actividades artísticas promovieron la integralidad del estudiante y sus tempranas vocaciones.

También el trabajo, a pesar de que se le tilde de explotación infantil quizás con toda razón, les enseñó a muchos jóvenes de donde salían y como se hacían las cosas. El trabajo en el campo o en la fábrica les mostró por primera vez lo que era cumplir normas y metas. La vida diaria del campesino, el amor por su tierra y sus animales, fue conocida por muchos chicos citadinos que hasta entonces la ignoraban.

La llamada “vida interna” dio a los muchachos una estructura de tiempos, de cosas por hacer. Levantarse a las 5:45 de la mañana y hacer ejercicios antes del desayuno fue tan importante como el reposo ligero al mediodía o irse a la cama a las 10:00 de la noche con el toque de silencio. Saber organizar la ropa, lavarla y usarla adecuadamente en cada situación sin tener que oír los consejos de mamá fue otro aprendizaje en el camino a la independencia.

Es increíble como la naturaleza humana, a pesar de tanta insistencia en demoler virtudes como la honradez, la bondad y el juicio crítico, persiste en mejorarse. A las becas fueron todo tipo de estudiantes. En la Lenin y los Camilitos, si bien es cierto que había una “casta” de hijos de dirigentes del Partido y del Gobierno, también entraron los hijos de las familias humildes por sus propios méritos académicos. Una vez en el alberque, en el comedor, en el edificio docente, en la fábrica, compartían las mismas comidas, los exámenes, el sol y las luces fluorescentes.

El hijo de “papa”, bitongo, melindroso, supo cómo había que tender la cama y limpiar el piso; que el pescado siempre tiene espinas, y la leche, nata; que para aprobar el examen hay que estudiar, aunque el profesor después lo enmiende, y que ese “hijo de nadie” que se sienta al lado, en el mismo pupitre, puede ser un poeta en ciernes y resolver la ecuación en segundos. El niño escrupuloso supo qué es tener las manos manchadas de tierra roja y no podérselas lavar; los cayos que dejan la guataca y el machete; el sol, no el de Varadero, sino el de Güira de Melena a las tres de la tarde y Lola con vida. El bebe de “mamá” sufrió escarnio, las ofensas de un “cualquiera” que le gritaba al oído malas palabras, le contaba hasta diez para bañarse, lo invitaba a fajarse en el baño después del silencio para que no hubiera testigos ni defensores.

El hijo de un sencillo obrero, del campesino, aprendió a vivir en la limpieza, el orden, y dormir en una cama para él, aunque fuera en la parte de arriba de una litera; supo que es defecar en un inodoro y no en una letrina; bañarse en una ducha y no hacer la cola en el solar para echarse agua con un jarrito. Aprendió que la vida tiene horarios; hay que respetar el reloj de los demás. Supo que hay tres comidas y dos meriendas diarias. Y que a quien tiene al lado en el pupitre podrá usar calzoncillos atléticos —los suyos, de tela—, y los padres llevarlo al punto de control en Lada o Alfa Romeo, pero que a la hora de montarse en la guagua para entrar de pase tenía que compartir el mismo asiento. El hijo de nadie era con frecuencia quien primero terminaba el escarde del surco, y con orgullo de enamorado daba contracandela a la chica hija de papá, el general, el ministro.

De la misma manera que se habla en literatura de una Quijotizacion de Sancho, y una Sanchizacion del Quijote, en las becas se dio el fenómeno de la “proletarización burguesa” de los hijos de la dirigencia comunista, así como hubo una apropiación de los modos y aspiraciones por parte de los hijos humildes en un proceso que pudiéramos llamar “aburguesamiento proletario”. Los “hijos de papá” aprendieron a luchar con los métodos de los simples; los “hijos de nadie”, a cultivar el difícil arte de subir en la escala social, de fijarse metas altas en todos los órdenes, sin complejos.

IV

El aspecto referencial para los jóvenes de esos tiempos no puede olvidarse en cualquier análisis que de las becas cubanas se haga. Fue en esas “madrazas comunistas” donde la mayoría de los cubanos maduros de hoy tuvieron sus primeras relaciones humanas, novias y novios, amigos y enemigos, salvadores y detractores. El pasillo aéreo del primer beso. Las niñas, la primera menstruación; los varones, la eyaculación iniciática. Y aquel vello púbico, que no acababa de crecer para complejo de unos cuantos en las duchas. También fue el tiempo del primer baile para “apretar” en la recreación. Y entre tanta hormona reverberante, sin saber qué hacer con demasiadas energías y las confusiones, lo más peligroso: la primera duda sobre el régimen.

Ahora que les estamos diciendo adiós a la Lenin, o a una parte de ella, es conveniente, como dicen los hermeneutas, leer “los signos de los tiempos”. Paradójicamente, fueron y son los exbecarios a quienes más duele esta despedida. Y duele por varias razones. La primera de ellas, puramente humana: fue la etapa más compleja de la vida en la cual el semi-niño que hemos sido todos enfila sus pasos hacia la gloria o hacia la ruina. Nos guste o no, los años por venir en Cuba estarán marcados por esas generaciones de becarios que ahora peinan canas; los que están en la Isla y fuera de ella.

Cuando en las redes sociales se advierten ciertas ojerizas hacia los exdiscípulos de la Lenin, los Camilitos y otras becas, se olvida que son una parte imprescindible de quienes pudieran reconstruir la Isla que todos deseamos. Exbecario es hoy el general o el ministro cubano, como lo es el opositor del Movimiento Cristiano Liberación, el periodista de las publicaciones contrarias al régimen. Todos estuvieron en el mismo sitio. Compartieron aulas, surcos, novias y novios, sueños. Es un vínculo muy fuerte, fraguado en la adversidad del encierro y no en el cinismo del libertinaje.

Decirle adiós a la Lenin, justamente cuando apenas Cuba y Venezuela celebran la Revolución de Octubre y a uno de sus líderes, Vladimir Ulianov, debe tener algún significado, tal vez metafísico, que ahora no podemos comprender. Ver las imágenes de lo que fue una escuela enorme, de moderna arquitectura, rodeada de jardines y arboledas, tragada ahora por la desidia y los grafitis podría ser un buen comienzo; algo nace, inexorable, de la muerte: el verdadero Hombre Nuevo. No el hombre fría-máquina-de-matar ni el “escalón más alto de la especie humana” sino la grandeza del hombre sencillo que sin odios ni rencores —pero sí mucha experiencia de donde habita el mal— construirá la patria con todos y para el bien de todos. Parafraseando el lema que tanto hacían repetir en las becas: “solo la Lenin se raja, los alumnos de entonces siguen en pie”.


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