Actualizado: 17/10/2017 10:31
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UPEC, Dictadura, Cambio

Fascistas no, comunistas (que es mucho peor)

La dictadura ladra tan fuerte porque tiene mucho miedo

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Sin gritar “destrucción”, soltaron los perros de la guerra en Cuba. Para que ladren mucho. Porque la dictadura tiene miedo.

Lo que dejó Obama a su paso por La Habana fue realmente comején, como ya escribí antes. Sin saber qué hacer para contrarrestar el efecto de su visita, lo único que se le ocurre al régimen es boconear, alardear, amenazar. Lo de siempre: los perros ladran porque tienen miedo.

Después los defensores de la tiranía que se mueven por aquí argumentarán que se trata de “errores”, pretenderán manipular eufemismos para no llamar las cosas por su nombre, o vendrán con que no se dijo exactamente así, sino algo parecido que se ha interpretado fuera de contexto o confundido, como si las conductas comunistas, que dejan muy pequeñas a las fascistas, fueran simplemente errores de apreciación y no acciones concretas y específicas para destruir las libertades de los ciudadanos y la sociedad civil, como se hizo desde el mismo 1959 demoliendo la libertad de prensa y el tejido social y económico de la nación cubana.

El temor a Internet y al libre acceso de los cubanos a información sin censura tiene a los esbirros frenéticos, paranoicos: después de negarse a aceptar la instalación masiva de Wi-Fi en Cuba ofrecida por Google, califican de “subversivo” un evento abierto al público que se realizará en Miami con el objetivo de analizar la posibilidad de facilitar mayor acceso a la red de redes en Cuba, en el que participarán empresarios, periodistas independientes cubanos, emprendedores y ciudadanos en general.

Como parte de la ofensiva contra el sentido común, provocada por el gigantesco temor a que los cubanos conozcan las verdades que el partido comunista se empeña en ocultar desde siempre, las hienas realizan aquelarres contra cualquiera que exprese opiniones diferentes a las oficiales. Y personajillos de tercera categoría, inútiles e ineptos “cuadros profesionales”, actúan con completa impunidad, en un país donde no se respetan las leyes y los derechos de los ciudadanos han sido conculcados hace mucho tiempo.

Crucifican a quienes opinan diferente a mediocres como Randy Alonso, deshonesto y mediocre propagandista disfrazado de periodista y travestido burócrata de inmigración, que entrega o suprime nacionalidades como si fueran onzas de arroz en la libreta de racionamiento (lo de “abastecimientos” es pura falacia).

O exaltan a Aixa Hevia, flamante vicepresidenta primera de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), que propone expulsiones y deportaciones para quienes no comulguen con sus intolerantes criterios, como si en vez de gacetillera en una organización sin prestigio ni personalidad fuera bruja mayor con poderes para suspender primaveras o excomulgar a quienes, para ella, no tienen derecho a la vida o al pensamiento.

Cualquier organización de periodistas del mundo representa a sus miembros frente al resto de la sociedad. Menos en Cuba, donde la organización de periodistas es instrumento del partido comunista y la dictadura contra todos y cada uno de los periodistas del país.

Y aunque la función del periodista es informar, si lo que “informa” no es lo que establece el partido a través de sus censores, comete pecado mortal: pensar con criterio propio dentro de un coro de papagayos amaestrados.

“La revolución” cesanteó al periodista de Radio Holguín que hizo públicas las palabras de la subdirectora de Granma en una reunión de la UPEC sobre la “tormenta perfecta” que se estaba gestando ante la pasividad del régimen para resolver los problemas que afectan a la población. Y la flamante vicepresidenta se “pregunta” si tal periodista pretendía “buscarse un historial que le permita cruzar hacia los medios de Miami”. Típico recurso castro-comunista ese de “preguntarse” cuando interesa difamar y no se dispone de pruebas o evidencias para convertir en “no persona” a quien no resulte agradable a la dictadura.

Posteriormente, la señora Hevia arremetió contra el periodista uruguayo Fernando Ravsberg, que reside en Cuba hace más de veinte años, por haber entrevistado al periodista cesanteado. Considero a Ravsberg un periodista capaz, aunque no siempre coincido con sus puntos de vista, y creo que varias posiciones suyas dejan bastante que desear. Tampoco soy ajeno a que respetables periodistas independientes dentro de Cuba no simpatizan con sus artículos o sus puntos de vista. Pero en muchas ocasiones reproduzco artículos de él en Cubanálisis-El Think-Tank, porque aportan a la imprescindible información requerida para analizar la problemática cubana.

Es imposible aceptar pasivamente que la burócrata de la UPEC declare a sus anchas que “parece que la manera de proceder de este ‘profesional’ uruguayo comienza a incomodar a las personas decentes (…) cuando aparecen llamados en los espacios digitales a que saquen del país a alguien que constantemente se mimetiza como un camaleón”. Claro, “personas decentes” son solamente quienes coincidan con los puntos de vista oficiales, y los “llamados” a alejar del país a Ravsberg aparecen precisamente en espacios digitales controlados por los jefes y superiores de Aixa Hevia. Los demás somos “indecentes” si no nos incomodamos con las ideas del señor Ravsberg —aunque no las compartamos— o no apoyamos llamados a que lo saquen del país, eufemismo castro-comunista para evitar decir “deportación” o “expulsión”.

Destaco, sin embargo, algo en lo que no concuerdo con lo que dice Fernando Ravsberg, ni muchas personas en el mundo, y deseo expresarlo claramente. Tanto el mencionado personaje, como infinidad de personas, cuando se refieren a la brutalidad de los actos contra la libertad de pensamiento o las tentativas para aplastar cualquier pensamiento discordante, acusan de “fascistas” a sus ejecutores, y citan criterios de Joseph Goebbles, el ogro de la propaganda nazi, para compararlos con las actuaciones de la asalariada de la UPEC en el caso que nos ocupa, o de cualquier esbirro del pensamiento. Y en eso todas esas acusaciones se quedan cortas.

Porque nada de lo que ejecutó, teorizó o desarrolló Goebbels como cabecilla nazi era ajeno al comunismo de Lenin y el resto de la pandilla. Lenin y Fidel Castro tienen tantas o más declaraciones y acciones contra la libertad de pensamiento y la libertad en general que Goebbels o cualquiera de los suyos.

Considerar “fascistas” las conductas de la amanuense de la UPEC, de toda esa cobarde organización, de todo el aparato propagandístico castrista, o de cualquier represor del pensamiento en el mundo, es un error histórico.

Porque no son fascistas, sino comunistas. Que es mucho peor.

Al fin y al cabo, los fascistas aprendieron de los comunistas, de los bolcheviques y de la “revolución de Octubre”.

Que ni fue revolución ni ocurrió en Octubre.


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