Actualizado: 21/05/2018 19:59
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Cuba, Fidel Castro, Cartas

Fidel Castro Ruz: tres cartas para la historia

Tres cartas apenas dentro de una montaña de documentos, que dan prueba de una temprana, coherente y sostenida personalidad, desde el niño pedigüeño al gobernante enloquecido

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Fidel Castro Ruz (1927-2016), dejó tras su paso por la tierra una asombrosa cantidad de discursos grabados, páginas escritas y numerosos libros de él y sobre él. A la larga, su gran legado, a falta de obras mejores, será una enorme montaña de papel. Pero de esa montaña, entresaco apenas tres cartas que marcan otras tantas etapas de su vida y muestran rasgos de su verdadero carácter. Las tres son muy conocidas, aunque de la última no se ha visto todavía su original, y se conoce sólo por transcripciones oficiales.

La primera es la que escribe a Franklin Delano Roosevelt cuando tiene, no 12, como dice en ella, sino 13 años ya cumplidos, el 1 de noviembre de 1940 (el sello de recibo en la Casa Blanca es del 27 de ese mismo mes, lo cual indica lo bien que funcionaban entonces los correos para llevar una carta desde Santiago de Cuba a Washington, y que esta fuera despachada en su destino). Con este documento se apoya la idea de que “infancia es destino”.

Esta carta ha sido muy comentada pero escasamente analizada todavía, remitiéndose más a lo anecdótico que a lo esencial. Es la famosa Carta del Billete Verde: “ten dollars green bill”. Muchos dicen que por no haber complacido Roosevelt este juvenil pedido ocurrió todo lo demás que ya sabemos. No lo creo: hubiera sucedido igual, porque desde mucho antes ese muchacho ya presagiaba su funesta acción en la historia, cuando por un berrinche amenazó con incendiar su propia casa. Desde chiquito, como se dice en cubano, se le vio la mala entraña.

Por cierto, me llama mucho la atención que la firma del juvenil autor aparece firmemente trazada, con los rasgos casi idénticos a la que mantuvo hasta el final de su vida, lo cual ofrece la muestra de un carácter ya formado y consolidado desde esa temprana fecha. Se requiere un riguroso análisis grafoscópico y grafológico, que seguramente revelará la compleja combinación de una ingenuidad aparente con una aguda astucia persuasiva. El tono del que escribe es “de potencia a potencia”; no es un lambiscón, ni se humilla ante su alto destinatario. Lo más llamativo es el gesto de un joven caribeño al hombre más poderoso del planeta, a quien le propone un negocio: recibo y doy a cambio. Quiere agradar, mas sin ser servil. Pero detrás de la retórica del muchacho se vislumbra el tema económico, estratégico, político y geopolítico. Lo sorprendente es que cuando escribe la carta aún Estados Unidos no estaba en guerra, pues sólo fue después del traicionero ataque japonés contra Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), esa fecha que “quedaría en los anales de la infamia”, que “el león despertado” tomaría parte en la contienda. Pero el avispado muchacho desde su rincón santiaguero ya sabía (o deseaba) que se produjera esa acción. La aún improbable victoria de los Aliados y las elecciones recién celebradas en Estados Unidos donde Roosevelt nuevamente ganó la presidencia, le brindan a la vez el motivo y el pretexto para su carta, los cuales son recursos persuasivos en una mente adolescente: materias primas para hacer barcos y armas… Ofrece “vender” los “secretos” de su patria a cambio de un billete de “diez dólares (verdes)”, que, miente, “nunca ha visto” (como si el hacendado Don Ángel no los tuviera y de sobra). Pero el joven Fidel Castro de 13 años declaró la guerra a Alemania mucho antes que el propio presidente cubano Fulgencio Batista, lo cual anuncia su precoz ánimo guerrero.

La firma, en lo esencial, es casi la misma, firme y compacta, que usará el resto de su vida. Se aprecia en ella una temprana voluntad de reafirmación al estampar esos rasgos. Luego se hará algo más deslazada, ocupando mayor espacio como muestra de consolidación de su personalidad y una creciente seguridad en sí mismo, y con la vanidad de ser más elegante y, sobre todo, legible. Se declara ya como “Fidel Castro Ruz”, aunque la propiedad de ese nombre no se le reconocerá legalmente hasta cuatro años después. Él ya se siente así y eso es suficiente. Contrario a la costumbre muy generalizada de firmas casi ilegibles, la del joven ostenta con desafiante orgullo su nombre y ambos apellidos, como una marca. Es un sello, más que una firma. Todo lo contrario de la del hermano, Raúl, que es levemente irónica y hasta muestra ciertas pretensiones artísticas, con la R circundada por la C, como una suerte de Copyright burlón, más redondeada y sensual que la del otro.

Se ha pasado también por alto que, al ser reconocido finalmente por su padre cuatro años después (tenía entonces 17), no sólo recibe un apellido, sino que él se da a sí mismo un nombre: el de su héroe Alejandro de Macedonia. Suprime el “Hipólito” original, pero sostiene el Fidel, que es un santo guerrero, muy popular en la zona gallega de donde procede su padre, y el mismo nombre de quien deseaba fuera su padrino (que no lo fue, sino un cónsul haitiano). El muchacho cubano no podía identificarse con aquel Hipólito de Roma, antipapa en su momento, y no le resultó nada grato, quizá por ser sólo un filósofo, un teólogo, a pesar de que es el Patrono virreinal de la Ciudad de México, pues fue el 13 de Agosto de 1521 cuando cayó Tenochtitlan en poder de Hernán Cortés, y el último huey tlatoani Cuauhtémoc, fue tomado prisionero por García (para algunos, también Francisco) Holguín, fundador después de la villa cubana que lleva su nombre y en cuya demarcación nacerían Fulgencio Batista (Banes) y Fidel Castro (Birán). Cuando decide añadir al guerrero Fidel el victorioso Alejandro, el muchacho ya consciente de sus acciones y decisiones, está expresando una voluntad taumatúrgica de auto-creación y la declaración de un destino… Él será su propio orfebre y trazará él mismo su ananké. Me sorprende que, con tantos inquietantes y reveladores signos ominosos muy tempranos, los allegados y los entonces colaboradores cercanos de Castro no hayan advertido lo que se gestaba poderosamente en ese muchacho, y el peligro que significaría para ellos y el resto del país, como una monstruosa personalidad egocéntrica.

La otra pieza, también muy conocida y donde se asume ya como un mesiánico purificador por sangre y fuego, es la Carta a Celia, escrita desde la Sierra Maestra en los días finales del alzamiento, cuando le confía —a ella y sólo a ella, su incondicional ayudante múltiple, en varios sentidos— que “su misión” en la vida será atacar a Estados Unidos. En esto tampoco fue sincero: desde el Bogotazo y aún desde antes, Castro había decidido que su pasión sería el odio visceral contra el poderoso país del norte, y la justificación que esto le brindaría para satisfacer lo único que realmente le interesaba: detentar el poder absoluto por toda su vida. Quizá influyó en esto ser hijo de un pobre soldado gallego, integrante del ejército español derrotado por las fuerzas combinadas de los mambises y los Marine Corps, los Rough Riders del otro Roosevelt, Theodore. Esa “confesión” de propósitos y fines se la dedica a su más cercana colaboradora, convirtiéndola conscientemente en cómplice de sus planes, y estrechándola así aún más hacia él. Al abrirse con ella, la única confidente auténtica, en tan anticipada fecha, la sumerge en su estela de traiciones y deslealtades, a pesar de los compromisos democráticos contraídos —verbales y por escrito— con sus compañeros de causa en repetidas ocasiones. Por eso, cuando Celia muere en 1980, pierde con ella la depositaria imperturbable y más sólida de su pasado, y queda de algún modo huérfano, lo cual explica la severa crisis disociativa que padece en esos días —y durante varios meses— y que mueve a los miembros de su “círculo de acero” (René Rodríguez Cruz, José “Chomy” Miyar Berruecos y José “Pepín” Naranjo), a temer que el líder hubiera extraviado la razón. Con Celia perdió a la amante incondicional hasta el adulterio, a la hermana fervorosa que nunca tuvo, y a la confidente que nadie pudo sustituir, ni siquiera la apasionada Haydée Santamaría, quien al ver fallidos sus reiterados propósitos de acercamiento, se suicidó un poco más tarde, el fatídico 26 de julio de 1980. Quedó entonces más solo que nunca antes y nunca después. A partir de ahí se encerró definitivamente en su concha y ya no volvió a salir de ella. 1980 fue, para Fidel Castro, su annus terribilis. La muerte de Celia Sánchez (por la cual fue vergonzosamente destituido su médico, el prestigiado oncólogo Zoilo Marinello), fue el preámbulo psicológico del desastre del Mariel.

Pero la tercera carta, de la cual no se ha visto hasta ahora una reproducción facsimilar, y quizá los que tengan acceso a los antiguos archivos soviéticos podrían beneficiarnos con su revelamiento, sólo se conoce por la versión oficial que puede encontrarse (citando la fuente, claro está) en Cubadebate, la página oficial (¿hay alguna allí que no lo sea?) del Gobierno cubano. Allí aparece no sólo la Carta de la Bomba Atómica, sino el conjunto de mensajes y posteriores explicaciones y comentarios con los cuales Castro trató de justificar que, en medio de la mundial Crisis de los Misiles, él hubiera demandado al Premier soviético Jruschev, para lanzar un ataque atómico total contra Estados Unidos. Imagino el asombro del ucraniano al recibir semejante carta oficial (escrita a mano y de la cual no guardó copia, según el mismo Castro): quizá como el Dr. Frankenstein, habrá exclamado (en ruso, por supuesto) “¡qué hemos hecho!”, cuando La Criatura, ya fuera de control, se lanzó a destrozar cuanto encontraba en su camino, en este caso, una pobre islita caribeña, y de paso, como quien no quiere la cosa, el planeta entero, si lo hubieran dejado. En medio de esta grotesca tragicomedia, el mejor salvado para la Historia no fue el impulsivo Castro, ni el vacilante Kennedy, sino el taimado Nikita.

Poseedor de una especie de jettatura o mal fario, Castro propició con su actitud desenfrenada, que el propio Nikita fuera más tarde destituido y apartado del poder por sus colegas soviéticos. Fue quizá una de las primeras veces que el afecto del guerrero caribeño, al pasar su brazo por los hombros de su interlocutor, resultara finalmente una condena de muerte y desgracia. Jruschev fue el primero de muchos más… Quien se acercaba a él y recibía su abrazo (Allende, Torrijos, Bishop, Neto, Chávez…), ya daba un paso hacia su propia destrucción.

Después —ya desaparecido el interlocutor que podía desmentirlo— Castro afirmó que él había disuadido al soviético de lanzar ese ataque, pues el cubano ya andaba más preocupado por el sitio que le guardaría la historia, y no era un argumento en su favor que hubiera pretendido exterminar a toda la Humanidad de forma tan egoísta e irreflexiva. Todavía en sus años finales acarició la posibilidad —asombrosamente apoyada por algunos— de obtener un Premio Nobel de la Paz, y hasta insinuó que tal vez algún día él “sería considerado como un santo” (pasmosa declaración que hizo cuando el Papa Juan Pablo II visitó la Isla).

Aunque nos tocóbailar con la más fea, después de todo, qué bueno para el mundo que Fidel Castro nació precisamente en una islita y no en un gran país latinoamericano como Brasil, Argentina o México, donde su daño hubiera sido potencialmente mucho mayor. Y menos aún en Rusia o Estados Unidos. Eso habrá de reconocérselo algún día toda la Humanidad a Cuba: haber sido ella sola —salvo varios intentos de exportación frustrados— el único y doloroso laboratorio personal pleno de semejante sicópata.

Son tres cartas apenas dentro de una montaña de documentos generados por él y sobre él, pero creo que dan prueba de una temprana, coherente y sostenida personalidad enfermiza, que llevó hasta sus últimas consecuencias sus fobias y pasiones más truculentas, desde el niño pedigüeño y mentiroso, el guerrillero hipócrita y el gobernante enloquecido.

Ojalá descanse en paz —si puede— pero lo que es nosotros, sin él, ya lo estamos… aunque todavía faltan algunos.


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