Actualizado: 17/02/2020 13:03
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Fiesta en el mundo progresista

La decisión de otorgarle el Nobel de la Paz a Obama arrincona a los que gustan de polarizar los espectros políticos, a los fanáticos de diferentes credos.

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Los guerrilleros verde-olivo que usurpan el poder en Cuba recibieron la noticia como una patada en sus viejos testículos machistas-leninistas. Los conservadores fundamentalistas del exilio también sintieron lo mismo.

¡El mundo progresista, sin embargo, está de fiesta! Excelente noticia… El Nobel de la Paz a Obama es un fuerte respaldo a una política, a una actitud ante la vida que aspira a no aceptar posiciones conformistas, a no desplazar culpas, a pensar en que sí se puede mejorar.

Por supuesto que el premio no es sólo por razones periféricas: el primer negro presidente en la nación más poderosa del planeta, donde aún hay gente que niega el ideario de Martin Luther King o respalda la expulsión de los hispanos indocumentados… Tampoco porque se trata de un hombre carismático, capaz de convencer y entusiasmar, de generar círculos de atracción.

La sabia decisión de otorgarle el Nobel de la Paz arrincona, dentro de Estados Unidos y en todo el planeta, a los que gustan de polarizar los espectros políticos, a los fanáticos de diferentes credos obsoletos. Por lo menos les advierte que tienen formidables contrincantes.

Para Cuba, el premio a Obama abre esperanzas, deseos de cambio. Altera el desolador panorama de un país inmovilizado por el terco afán de un grupúsculo de permanecer en el poder hasta la muerte, detenido en la obligación de aplaudir desde los escombros espirituales y materiales de lo que, allá lejos, fue una revolución.

No es un reconocimiento fortuito o dictado por el miedo escandinavo a una nueva carrera armamentista entre Rusia y EE UU, que Obama conjuró hace pocas semanas, con el beneplácito de Moscú, al clausurar el proyecto de cohetes y radares en Polonia y la República Checa. Aunque, desde luego, es un elemento importante.

En el poco tiempo que Obama lleva de presidente, a pesar de las hipotecas internas, ha llevado la política exterior de su país a una simpatía inusitada, que apaga un poco el típico recelo de los que siempre temen al más grande. Ni la desoladora recesión ha podido detener, aunque sí frenar, muchos de sus planes.

Romper con el pasado

Respecto de Cuba, el espaldarazo del Nobel de la Paz a Obama debe agilizar la formulación de una nueva política. Audacia, le pedía yo en el titular de un artículo, que publiqué en este mismo sitio. Ahora con más razón reitero la petición: Osadía, audacia: romper con el pasado.

Un Obama más fuerte, con más respaldo internacional y prestigio entre sus conciudadanos, puede ser un factor decisivo para acabar de una vez por todas con Goliat y David, con el obsoleto, contraproducente y arrogante embargo.

¿Cómo imaginar la propaganda de los Castro y sus secuaces cuando su enemigo, su pretexto para reprimir, de pronto se declara dispuesto a un diálogo franco y sin condiciones?

Temblando de odio y de miedo deben estar los hermanísimos ante la noticia, porque saben que un Obama intrépido y popular sí puede ayudar al fin de su desvencijado caudillismo-comunismo. Su confianza en que los sectores conservadores del poder legislativo estadounidense detendrían los cambios, sufre hoy, gracias al premio, un duro revés.

Esperemos que con el Nobel de la Paz Obama y su equipo se sientan más seguros, puedan comenzar a actuar con verdadera soltura ante el "caso Cuba".

Aunque la solución nos corresponda a nosotros, vendría muy bien una política inteligente por parte de nuestro vecino, donde viven más de un millón de compatriotas, la mayoría ansiosos de normalizar las relaciones. ¡Felicidades, Obama, y más audacia hacia Cuba!


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