Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Fidel Castro, Entierro, Enfermedad

Genio y figura…

Con Fidel Castro, como con su vida, todo tenía que ser único, conspirativo, oscuro. Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza de qué enfermó, de qué fue operado una y otra vez, cuán demorada fue su recuperación

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Durante 47 años Fidel Castro fue la figura omnipresente en la vida de todos los cubanos vivos, para bien o para mal. Esa presencia física, ubicua, marcaba el diario andar, sobre todo en la Isla, pues no había acontecimiento importante en el que el Máximo Líder no apareciera “por casualidad” y lanzara una de sus ideas megalomaníacas, estridentes.

Peleador a la riposta, tenía preparado el contraataque con suficiente originalidad y tiempo para impedir “telegrafiar el golpe”. Las respuestas de contragolpe podían ser tan ridículas como insólitas —y por lo tanto indescifrables para los enemigos— como aquella de sembrar banderas enormes frente a la Oficina de Intereses para ocultar los spots noticiosos que se generaban en los últimos pisos de la representación norteamericana.

Con su enfermedad y retiro formal del poder, la presencia física pasó a ser subjetiva; seguía en la mente de todos los cubanos, y paradójicamente, ahora tomaba mayor altura, la forma de un tótem; esto es menos humano, más simbólico. Todo el mundo sabía que cuando despertara, “el Comandante todavía estaba allí”. Quienes olvidaron ese pequeño detalle no sobrevivieron al error, empezando por los llamados “talibanes cubanos” de apellidos Pérez Roque, Lage, Valenciaga, etc. Embriagados por las mieles del poder, como el mismo los definió, su último círculo de cancerberos fue sacrificado para escarmiento de todos y soporte a quienes bajo el mando rígido de Raúl Castro debían seguir la “obra de la revolución”.

Cuando parecía que su influencia totémica sobre la tribu ya no era importante, que había muerto o estaba incapacitado, una fotografía o una reflexión bastaban para que “nadie se moviera en la foto”. Uno de los últimos que quiso salir en la instantánea fue un Barack Obama, sonriente, incauto. El Comandante Tótem se encargó de que en el revelado posterior “el hermano Obama” apareciera difuminado, borroso sobre todo para la nomenclatura cubana.

II

De ese modo, discrepo fraternalmente de quienes piensan que el Máximo Líder ni pinchaba ni cortaba hasta su último aliento. Creo que mientras estuvo consciente y pudo hablar, nada ni nadie se atrevió a mover un solo dedo. Así vivió y así debe haber muerto. De otro modo no se explicaría este también final original, unas honras fúnebres sui generis, un entierro aún más inverosímil. Genio y figura… dice el refrán.

Con Fidel Castro, como con su vida, todo tenía que ser único, conspirativo, oscuro, que diera lugar a más preguntas que respuestas. Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza de qué enfermó, de qué fue operado una y otra vez, cuán demorada fue su recuperación. Hay personas que aseguran que usaba un doble desde 2006, y que salvo sus apariciones fotográficas en Punto Cero, no se movía de allí.

Sus últimas horas, como su vida diaria, serán un misterio. Nadie puede asegurar que el chino que tenía detrás —en la última fotografía— fue el último invitado. Tampoco hay evidencias de un cuerpo, solo cenizas. Cenizas que recorrieron cientos de kilómetros de carreteras llenas de baches y de cubanos hambrientos llevados a la última despedida por los CDR y los centros de trabajo. Y lo entierran en ceremonia privada, cerca de José Martí, para hacer que el silogismo Profeta, José Martí, que anuncia el Salvador, Fidel, sea aún más tangible. Como en versos de Carlos Puebla: “te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”. Por último, según el Primer Secretario, no habrá estatuas, calles, o fábricas que lleven su nombre.

Todo puede haber estado “fríamente calculado” por quien fuera un maestro del engaño y la oportunidad. Los cubanos son reacios al embalsamamiento, no por pudor sino por chota. Fidel tiene que haber oído muchos chistes sobre las momias de Mao y de Lenin. Además, un Fidel desfigurado por diez años de sufrimientos por reclusión involuntaria hubiera sido “inmomificable”. Un cuerpo expuesto en esas condiciones era, igualmente, desmitificador. Eran mejor las cenizas. Aunque no haya cenizas pa’ tanta gente. Queda pues, la duda, ¿estará vivo todavía Fidel Castro?

Después está el entierro. Privado. Nadie sabe si asistieron todos sus hijos —una decena—, o sus sobrinos, y sus parientes cercanos. O casi nadie. Pero si como dicen algunos, tiene “santo hecho”, no pudo ser incinerado, y por lo tanto el cuerpo corruptible fue sepultado mucho antes que las cenizas llegaran a Santa Ifigenia; entonces, ¿son cenizas, el cuerpo entero, o los dos?

III

Por último, no habrá estatuas, ni calles, ni fábricas, ni policlínicos que lleven el nombre de Fidel Castro. Puede ser una rara muestra de modestia en un hombre que jamás tuvo un ápice de ella en toda su vida. Pero puede, y aquí de nuevo el Comandante en Jefe volvió a enseñar lo mejor de su perspicacia conspirativa, haber evitado un futuro de simbólicas venganzas, como desenterrar los huesos de Stalin de la muralla del Kremlin, el derribo de las estatuas de Lenin, o la moción parlamentaria española para quitar el nombre del Caudillo a calles y parques ibéricos.

Es, además, una forma sutil de aumentar el mito, silenciándolo. Hombre sin duda muy inteligente, diríase visionario, sabía muy bien que todos esos que lo lloran histéricamente lo que quisieran es salir bailando pues quien más llora al muerto es el que más lo odiaba en vida; que los que se rasgan las pocas vestiduras que les quedan, al paso de —¿sus?— cenizas, mañana mismo podrían formar un guateque más estruendoso que el de la Calle Ocho si les abren la embajada norteamericana. Azares concurrentes, no podía faltar el “toque tropical”; el supuesto mejor jeep del ejército se “encangrejó” en las calles de Santiago, como si la urna no quisiera llegar a su final destino.

De modo que, duela a quien le duela y por última vez, Fidel Castro la ha hecho. No sabemos todavía que otra sorpresa nos dará su partida física, porque junto al poeta Eliseo Diego, que lo sufrió como católico, puede estar diciendo desde la Eternidad: “Aquí les dejo el tiempo, todo el tiempo...”.


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