Actualizado: 31/03/2020 11:47
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Represión

Guillermo Fariñas y Andrei Sajarov

El premio recién otorgado a Fariñas no lleva el nombre de un ex cosaco del último Zar ruso

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La decisión tomada por el Parlamento Europeo de extender el Premio Andrei Sajarov 2010 a Guillermo Fariñas ha causado escozor. No sólo dónde se esperaba esa irritación —en las oficinas colindantes de la Plaza de la Revolución—, sino también en círculos minoritarios del exilio cubano.

Algunos que al inicio alabaron su huelga de hambre calificándola de “heroica”, luego se dedicaron a denigrarlo. De ese modo sumaron sus voces a las de la Sección de Medidas Activas de la Dirección General de Inteligencia del Ministerio del Interior.

Este vuelco ocurrió cuando el disidente cubano decidió agregar su firma a las de otros setenta opositores y disidentes en una carta abierta que solicitaba el levantamiento de las actuales restricciones de viajes a Cuba de los estadounidenses. De la noche a la mañana, el “heroico” Fariñas devino, en ciertos programas radiales de Miami, en el “coronel” Fariñas. Esas voces declaraban con pasión que los disidentes no son genuinos combatientes por la libertad y la democracia porque alguna vez sirvieron al régimen totalitario de La Habana. Hoy dicen, a veces bajito y otras más alto, —junto a los euros parlamentarios comunistas y socialistas— que Fariñas no merecía el Premio Sajarov 2010.

¿Llevan razón? Debemos comenzar por recordar quién era Andrei Sajarov, con cuyo honroso nombre decidió la Unión Europea bautizar esta distinción.

Sajarov dedicó algo más de la mitad de su vida a servir los intereses estratégicos del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Sajarov fue uno de los tres primeros condecorados con la distinción “Héroe del Trabajo Socialista”.

Andrei SajarovFoto

Andrei Sajarov.

Al margen de la información nuclear obtenida por las redes de la KGB en Estados Unidos, sin su dedicado trabajo como físico nuclear la URSS nunca habría producido la bomba nuclear en tan breve tiempo. Su contribución en este campo es sólo equiparable a la de Oppenheimer en el Proyecto Manhattan. Por ello recibió las más altas condecoraciones del mismo Estado soviético que, de manera paralela a sus logros científicos, cometía genocidios contra su pueblo, reprimía bestialmente a opositores y disidentes, e intervenía en otros países apoyado en el poder nuclear que Sajarov contribuyó a facilitarle.

Horrorizado por la crisis de los misiles en octubre de 1962, Sajarov abrazó gradualmente una postura antimilitarista que lo convirtió en blanco de la KGB. El hostigamiento aceleró la evolución de su conciencia y lo acercó, poco a poco, a los activistas de derechos humanos en la URSS.

Pero antes de ser un defensor abierto de los opositores y disidentes de su país, Sajarov fue un reformista valiente y consecuente que enviaba cartas a las máximas autoridades del PCUS proponiendo los cambios que creía necesarios en la sociedad y política de la URSS. No fue sino hasta 1970 que colaboró en la fundación del Comité por los Derechos Humanos de Moscú.

El premio recién otorgado a Guillermo Fariñas por el Parlamento Europeo no lleva el nombre de un ex cosaco del último Zar ruso, ni de alguno de los luchadores anticomunistas europeos que, seguramente, puedan merecer también ser recordados con otras distinciones similares.

Este premio, en particular, evoca el recuerdo de un hombre decente —el reformista devenido disidente, Andrei Sajarov— que creyó servir a su pueblo y a la humanidad, y luego, para su espanto, se percató de que había contribuido a consolidar un poder deshumanizado y brutal. A partir de ese instante, lanzó por la ventana sus condecoraciones, renunció a su militancia y privilegios en la cima de la nomenklatura y decidió correr la misma suerte de aquellos a los que antes percibía como enemigos de su patria. Buena parte de su vida la tuvo que pasar desterrado a un remoto pueblo donde se le mantenía incomunicado y bajo permanente vigilancia.

Fariñas, el combatiente de tropas especiales condecorado por haber arriesgado su vida en Angola, también sufrió su desilusión respecto al proceso político en el que una vez creyó. A partir de entonces pasó once años en la cárcel y desafió al sistema con dos docenas de huelgas de hambre. Al igual que Sajarov, se alejó de las utopías totalitarias y asumió la defensa del derecho a la libertad y a la disidencia. A ejercer toda la libertad y practicar toda disidencia. Patética es la actitud de quienes se creen autorizados a negarle ese derecho.

El Sajarov es el premio por excelencia para Guillermo Fariñas. Más que bien merecido en su caso, ya que conecta la trayectoria de dos personas que después de estar al servicio del comunismo supieron anteponer su decencia a la ideología en que una vez creyeron y arriesgaron todo, incluso sus vidas, en defensa de los derechos humanos.

¡Felicidades “Coco”!


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