Actualizado: 24/06/2019 9:50
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Hacia la reconciliación

Hoy existen todas las condiciones en Cuba para reforzar el consenso, que en modo alguno implica unanimidad, sino promoción del diálogo responsable

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La situación económica y social cubana empeora, de manera preocupante y peligrosa. Quizás este panorama tenga, aunque doloroso, un lado positivo al coadyuvar a comprender la necesidad de iniciar cambios radicales que permitan salir de la crisis. Resulta evidente que hay una creciente toma de conciencia generalizada sobre los problemas, así como propuestas de soluciones, con variantes y matices, lo cual puede considerarse esperanzador.

El debate sobre el urgente requerimiento de los cambios es incesante, y va in crescendo en los centros de trabajo, hogares y calles. De ellos no escapan ni los comités del Partido Comunista. El diario Granma, su órgano oficial, desde hace meses, los viernes, refleja una polémica en la que se incrementan las opiniones favorables a los cambios por personas auto identificadas como socialistas, conscientes de la necesidad de transformaciones, alejadas de dogmas obsoletos, para lograr el funcionamiento de la economía; comprendidas la privatización individual o colectiva de determinados servicios y producciones. Utilizan argumentos que poco tiempo atrás sólo eran esgrimidos abiertamente por perseguidos disidentes.

Posiblemente esas manifestaciones de personas vinculadas al Gobierno, pero con criterios realistas, expliquen por qué, a pesar de haber transcurrido tantos años desde 1997, no se realiza el congreso del Partido Comunista y ni siquiera se haya efectuado la conferencia nacional, anunciada para celebrarse en la segunda mitad de 2009. Los inmovilistas de la organización, aparentemente percatados de los crecientes criterios hacia el cambio, están haciendo todo lo posible por demorar esos eventos, a la espera de una coyuntura más favorable para ellos, sin comprender que la situación nacional empeora diariamente y la dilación podría llevar a un escenario de inestabilidad y conflictos sociales, en donde todos saldríamos perdedores.

Cuando la población evidentemente reclama cambios, también pesa la actitud de artistas e intelectuales. No es casual que personalidades distinguidas, después de años de silencio, o de apoyo al régimen en determinados casos, exponen opiniones críticas, ya sean matizadas con expresiones de que continúan respaldándolo, pero marcando claras diferencias. En este sentido cabe mencionar —por lo certero de las manifestaciones— a Pablo Milanés, Carlos Varela, Leonardo Padura, Guillermo Rodríguez Rivera y más recientemente a Silvio Rodríguez, que aunque reitera su apoyo al Gobierno, ha llegado a la conclusión de que le sobra la R a la Revolución, entre otras apreciaciones que indican una posición proclive al consenso, formado en un civilizado marco de respeto a las opiniones ajenas.

Al mismo tiempo, conocidos académicos como Esteban Morales, Pavel Vidal, Pedro Monreal, Omar Everlyn Pérez se pronuncian de una u otra forma a favor de los cambios y la búsqueda de nuevos modelos que promuevan la eficiencia y la creatividad, o que sirvan para combatir la creciente corrupción.

Las cosas llegan hasta tal punto de que el intelectual marxista de mayor raigambre en el Gobierno, Alfredo Guevara, expresó recientemente con relación al comienzo de los cambios, que: “Sería terrible la interpretación que después hagan los historiadores de la primera generación (de revolucionarios) que no fueron capaces de dar este paso. Yo creo que aquellos a quienes les toca, están listos para dar el paso, lo importante es que ese paso se dé y que los interpretadores del futuro no tengan que decir: tuvieron que desaparecer biológicamente para que ese paso se diera.”

El reconocido cineasta expresó otros criterios que se corresponden perfectamente con opiniones anteriores de disidentes cubanos, que queremos, como lo puede desear él, una Cuba soberana e independiente, democrática, con justicia social y solidaridad, pues a diferencia de quienes nos acusan de contrarrevolucionarios somos verdaderos revolucionarios que queremos cambiar un sistema caduco, reaccionario y antisocial que ha llevado el país al desastre.

El proceso de cambio en la mentalidad de los cubanos no sólo tiene lugar en la Isla. Hay inequívocas evidencias de que similar desarrollo surge en el seno de la comunidad asentada en el exterior, componente indivisible de nuestra nación. Se aprecia mayor madurez y responsabilidad por los destinos nacionales, igual que sucede dentro de Cuba, así como la comprensión de que la solución a nuestro drama sólo puede encontrarse con la unidad y la reconciliación sin exclusiones, por encima de las diferencias ideológicas.

Es probable que esta marcha actual de los cubanos hacia la comprensión de los problemas nacionales y sus posibles soluciones, incluidas las acciones de la disidencia, junto al agravamiento radical de los problemas nacionales haya sido el detonante que inclinara al gobierno a iniciar conversaciones con la Iglesia Católica, la institución de mayor credibilidad nacional, después de tantas iniciativas frustradas durante años.

En Cuba el consenso puede seguirse fortaleciendo; existen condiciones. Nuestra población mayoritariamente defiende derechos insoslayables como la educación y los servicios de salud gratuitos, junto a una seguridad social universal y la oportunidad de trabajo en condiciones dignas. Aspiraciones siempre presentes en el imaginario de nuestro pueblo, al igual que la solidaridad, por lo que abrumadoramente sostendría esos objetivos, y abogaría por su mejoría ulterior. Pero no debe escapar que para eso se necesita sostenibilidad económica y un modelo funcional, que a la vez de promover la iniciativa pública, facilite la actividad privada en un contexto regulado, a través de un equilibrio beneficioso, como sucede en los países donde hoy existen los niveles de desarrollo humano más elevados del mundo.

Estos fines no están en contradicción alguna con los propósitos enunciados por un socialismo democrático, e incluso por la doctrina social de la Iglesia católica, que en sus principios establece que “El objetivo de la empresa se debe llevar a cabo en términos y con criterios económicos, pero sin descuidar los valores auténticos que permiten el desarrollo concreto de la persona y de la sociedad.”

Hoy existen todas las condiciones en Cuba para reforzar el consenso, que en modo alguno implica unanimidad, sino promoción del diálogo responsable enfocado a la búsqueda de las mejores soluciones para nuestro país; sin apresuramiento, pero sin pérdida de un tiempo precioso que causa la acumulación de los problemas y hacen más dolorosas las medidas a tomar.


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