Actualizado: 20/10/2017 18:43
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“Ich bin ein Kubaner”

La historia está llena de muestras magníficas de oratoria exquisita por líderes de naciones que decoran los libros de la historia, pero son huérfanos en cuanto a producir consecuencias fructíferas

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En la conmemoración del decimoquinto aniversario del bloqueo de Berlín por parte de la Unión Soviética y menos de dos años de la imposición del infame muro, John F. Kennedy ofreció uno de los mejores discursos de un presidente moderno. Ich bin ein Berliner (“Soy un berlinés” o “Soy ciudadano de Berlín”) fue como se llegó a conocer esta alocución estupenda que ofreció en el Rathaus Schöneberg, el ayuntamiento de Berlín libre (Occidental). Para una nación dividida por la fuerza por los ocupadores comunistas que nunca quisieron dejar de ocupar, la denuncia de Kennedy ese 26 de junio de 1963, fue como música a los oídos de los amantes de la libertad. Quedaron como sólo palabras hermosas e inspiradoras, carentes de un resultado concreto.

La historia está llena de muestras magníficas de oratoria exquisita por líderes de naciones que decoran los libros de la historia, pero son huérfanos en cuanto a producir consecuencias fructíferas. No es que la buena intención no haya estado. El problema es que la maquinaria brutal de determinados regímenes absolutistas y sus visiones particulares de cómo debe de regir los destinos de sus súbditos, rara vez escuchan sermones que no vengan acompañados por voluntad y acción proactiva.

Ciento cinco años antes, probablemente el más grande de los presidentes norteamericanos, ofreció un discurso estelar delante de más de mil delegados republicanos reunidos en Springfield, Illinois, para elegir su candidato senatorial. Abraham Lincoln, dos años antes de ser elegido presidente, alertó a sus conciudadanos en su alocución “Una casa dividida contra sí misma no puede sostenerse”. Lincoln refiriéndose obviamente a la imposibilidad de que los EEUU permaneciera mitad libre y mitad esclava, o sea, una parte del país tolerando la esclavitud y la otra no, pronunció este discurso polémico y profético, con un pulso firme sobre lo moral y lo inaceptable.

El décimo sexto presidente de la unión norteamericana no sólo ofreció palabras rectas y éticas. Lincoln supo resistir una presión draconiana, por parte de su partido, de su administración, del congreso, de la prensa y de una buena parte de los votantes estadounidenses, para que pactara una paz con la Confederación del Sur a cualquier costo. La noble resistencia del mandatario estadounidense, pese a ser considerado el mejor orador que escribía sus propios discursos, nos dejó no sólo una rica gama de discursos fenomenales, entre ellos están: el Primer Discurso Inaugural (1861), el Discurso de Gettysburg (1863), el Segundo Discurso Inaugural (1865); sino tenía la voluntad, el valor y la brújula moral que hacía falta para concretar las palabras en hechos.

Veinticuatro años después de las palabras de Kennedy en Berlín, Ronald Reagan pronunció parado frente a la Puerta de Brandeburgo, uno de sus discursos más conocidos donde retó a la URSS a que “Derrumbara este muro”. Reagan, como Lincoln, acompañó su retórica con una política exterior proactiva. Habló firme, pero actúo aún con más decisión. De 1981 a 1989, plasmó el curso de su agenda anticomunista y prodemocrática en una serie de Directivas de Decisión de Seguridad Nacional (“National Security Decision Directives”).

Estas instrucciones ejecutivas fueron diseñadas para expresar y marcar los objetivos del presidente a las oficinas de la defensa, la inteligencia y los Asuntos de Seguridad Nacional. En su totalidad, hubo trescientos veinticinco de estas directivas presidenciales. Entre las más impactantes en demoler el experimento macabro de Lenin en Rusia fueron los números 12, 17, 32, 37, 66, 75, 77, 124, 170, 235 y 274. La verdad fue que Reagan no dejó nada al chance. Desafió a Gorbachov con su discurso muy diplomáticamente, sí. Eso es totalmente cierto, pero no es menos cierto que ya para 1987 (el año del discurso insigne), su política de revertir la malignidad roja había causado daños letales.

Obama acaba de pronunciar en su gira por América Latina, sendos discursos, hablando en un sentido estrictamente de capacidad de la oratoria. Muy parecido a Kennedy, este posee dones innegables para la articulación pública. Como el primer presidente católico, este primer presidente de la raza negra, reúne una serie de cualidades a la hora de abrir la boca que le ha servido bien. Lamentablemente, tanto Kennedy como Obama, unen características de otros dos presidentes con mucho menos brillo a la hora de hablar: Jimmy Carter y Richard Nixon.

Compilan, como Carter, una alta dosis de ingenuidad acerca de la naturaleza de dictaduras apocalípticas. De Nixon, comparten su mal sentido de un pragmatismo obtuso. Estilo sin una política consensuada con un entendimiento real de la esencia y la maquinación de los enemigos más viles de la libertad, le faltó a Kennedy y le falta a Obama. Mucho estilo y poco sustancia.

No se puede negar que Obama tuvo momentos estelares en sus pronunciamientos. Su referencia a lo que Cuba transnacional ha hecho en su capital, Miami, estuvo para alquilar balcones. La clase sobre la democracia que impartió al Partido Comunista de Cuba también fue, pedagógicamente hablando, interesante. El momento que hizo referencia a la importancia de recordar, de en efecto no olvidar para poder reconciliar, también estuvo genial. Lo único que esta última parte lo dijo en Buenos Aires y no en La Habana. Qué pena que en Cuba aboga por la amnesia. Obama tiene una visión peculiar de realpolitik: darle todo lo que pide el régimen castrista, pedir nada a cambio y dejar a los cubanos a que solos enfrenten la dictadura más duradera y brutal del Hemisferio Occidental. ¡Tremendo reto el de los cubanos! Gracias, pero no gracias por sus palabras Obama. El castrismo con la retórica solo, no se cae.


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