Actualizado: 23/09/2020 15:36
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Sociedad Civil, Economía, Represión

Individualismo morboso

La élite postrevolucionaria ha inculcado a los cubanos la mala idea de que las colectividades solo sirven para comunicarse con un nivel superior

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Con un lenguaje muy directo, como para ser entendido por mujiks y cosacos, Lenin decía que una situación revolucionaria ocurría cuando los de arriba no pueden y los de abajo no quieren. Imagen que siempre me recordó a una violación fallida, pero que en esencia apunta a describir un momento de vuelco histórico en que cambia la correlación de fuerzas políticas en una sociedad concreta.

Evidentemente en Cuba no hay nada parecido a esto. Pues si bien es cierto que los de arriba no pueden hacer las cosas como siempre las hicieron, aún tienen energías para mantenerse arriba. Y los de abajo al parecer no quieren, pero no están seguros de qué quieren. Y cuando esto sucede, decía Antonio Gramsci, las sociedades afrontan crisis orgánicas caracterizadas por la emergencia de los “más diversos fenómenos morbosos”.

La nuestra lo está viviendo. Y un ejemplo de ello es la emergencia de un individualismo insano, irresponsable de lo que ocurre más allá del corral familiar, y que se complementa con un discurso tecnocrático no menos irresponsable que habla de perdedores y ganadores. Una situación paradójica en un sistema que se ha esmerado en presentar lo colectivo por encima y aplastando a lo individual. Y en el que los individuos han terminado escapando del colectivismo forzado, pero incapaces de ensayar voluntariamente un asociacionismo siquiera elemental.

Y no es un resultado aleatorio o inesperado: como parte de su estrategia de dominación social, la élite postrevolucionaria se ha encargado de educar a los cubanos en la mala idea de que las colectividades solo sirven para comunicarse con un nivel superior y que solo existen en la medida en que eran parte de una estructura vertical de ordeno y mando. Fuera de este verticalismo nada existía que valiera la pena. Y nada podía existir que no estuviera expuesto a la represión.

Las posibilidades de interactuar horizontalmente, de tener iniciativas fuera del medio oficial —aunque fuese una consigna obrerista para el primero de mayo— y de asociarse libremente eran (y son) consideradas disruptivas y punibles. Los espacios públicos habaneros más genuinos —por ejemplo, aquellos en que la gente interactúa libremente, socializan y constituyen comunidades para ciertos fines— funcionan como guetos tolerados y controlados a lo largo del malecón, en las grandes avenidas del Vedado o en los parques públicos. Y por consiguiente como antros anómalos a los que concurren “gente rara” —gays, freakies, góticos, lesbianas, emos, disidentes, críticos, artistas y librepensadores— separados de la “gente normal” por una frontera siempre custodiada por un policía “amigo”.

Los otros, los espacios públicos oficiales, son en realidad “no-lugares” a donde la gente va para algo específico y se marchan cuanto antes. Como lo harían en una terminal de ómnibus. Es el caso de la inhóspita Plaza de la Revolución. O del Protestódromo, un lugar francamente macabro construido sobre las ruinas de un exquisito conjunto diseñado por Forestier hace casi un siglo.

Y es un problema que no solo atañe a la posibilidad de hacer política, sino también a cuestiones de la vida cotidiana.

Hace unos días recibí una información de una amiga —una casi “ganadora” que se inserta en la clase media emergente— acerca de la calamitosa situación del agua en su edificio de apartamentos en los linderos de Miramar. Una situación que parte del pobre suministro, pero que se agudiza por el hecho de que los vecinos, incapaces de reunirse y ponerse de acuerdo, han ido colocando “ladrones de agua” en cada apartamento, lo que origina una situación de total privación para la mitad de los vecinos que ahora no reciben el líquido.

Y esta misma amiga, con una niña en edad escolar temprana, ya prepara su presupuesto para pagar un repasador como única manera de compensar el empobrecimiento del sistema educacional cubano.

Luego reviso Havana Times http://www.havanatimes.org/sp/?p=58682 y encuentro un artículo del agudo Erasmo Calzadilla, sobre una joven discapacitada —Mercedes— que debe vivir y criar a su hijo con el equivalente de diez dólares que el Estado le da como asistencia, con un técnico medio pero que no encuentra trabajo por su estado físico, que vive en una casucha con otras 16 personas y cuyas botas ortopédicas imprescindibles para moverse cuestan 40 dólares o cuatro años de espera. Mercedes —una típica perdedora de nuestros adorados tecnócratas— no ve salida a su situación, más aún cuando afirma que la corrupción en la dirección de la vivienda es tal que aunque están obligados a suministrar dos casas anuales para discapacitados, nunca lo han hecho porque las venden. Y la ACLIFIM que debe reclamar, no hace nada.

Yo vivo en un país liberal entre cuyas muchas virtudes no está un alto nivel de civilidad democrática ni de sociabilidad. Pero en el edificio en que habito existe un consejo de vecinos para tomar decisiones que afectan a todos sus habitantes, lo cual funciona efectivamente. Y la sociedad ha tomado en sus manos una lucha incesante por la mejoría en la educación, y cuando existen problemas en alguna escuela es normal que los padres y los alumnos se movilicen con relación al tema. Y formen coaliciones de padres, alumnos, maestros y activistas que exigen una mejor educación en la calle, y piquetean frente al parlamento. Pero mi amiga, y otros muchos padres defraudados nunca podrían hacerlo en Cuba.

Y hace muy poco tiempo leí cómo centenares de discapacitados motores tomaron una plaza pública céntrica en una capital sudamericana y obligaron al Gobierno a revisar sus políticas de pensiones. Sencillamente convirtieron sus fragilidades físicas en fortalezas en un escenario público. Pero Mercedes —y las cientos de personas que se hayan en su condición— no pueden hacerlo, porque la ACLIFIM es una organización controlada verticalmente y asistencialista, cuya dirección jamás pensaría en tomar una plaza pública. Y si lo piensa dejaría ipso facto de ser dirección.

Por eso cuando —en el mayor gesto de cinismo— los dirigentes cubanos y sus blogueros mal pagados comenzaron a denunciar el paternalismo y a los pichones-con-el-pico-abierto, los cubanos y cubanas no han tenido otra opción que comenzar a resolver individualmente, por pura cuenta propia, todos los problemas. Incluso aquellos problemas elementales que requieren un mínimo de concertación. Es como una sociedad en desbandada en que el recuerdo de lo colectivo huele a imposición y obligación. En que los que pueden se apuran a tomar el tren —como mi amiga que ya instaló su ladrón de agua— y los que no pueden, mueren en vida en una casucha con otras 16 personas como Mercedes.

Creo sinceramente que entre las responsabilidades históricas por las que tendrá que responder la élite política postrevolucionaria está haber disuelto el sentido de asociación como principio constitutivo de la ciudadanía. Haber destruido la riqueza de una sociedad civil que agrupó asociaciones de todas las naturalezas. Y haber retrotraído a este drama de atomización y banalidad toda la riqueza histórica de la sociedad nacional.

Y reconstruir ese tejido debe ser, por la misma razón, una prioridad democrática para la República del futuro.


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