Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Intransigencia e Historia

Los cubanos comenzamos a exaltar la intransigencia como un paradigma político, lo que sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños, para cubrir de gloria sus fracasos. No han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos.

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Con el inicio de la lucha por librarnos del dominio español, los cubanos comenzamos a exaltar la intransigencia no como un valor moral, un recurso emotivo y una justificación personal, sino como un paradigma político. El error se ha trasladado a la literatura y a la historia, recorre las páginas de los textos que nos enseñan desde la escuela primaria y sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños. También de vocación suicida de unos cuantos insensatos.

Según el Diccionario de la Real Academia, ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia. De acuerdo a esta definición, la intransigencia puede interpretarse como sinónimo de rectitud y cumple una función de guía moral. Cuando se transige, se cede, en parte se claudica.

La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al Diccionario Webster. Entre ambos aspectos de una misma definición hay un abismo cultural. Mientras que en español intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.

La Protesta de Baraguá, protagonizada por Antonio Maceo, es la posición intransigente más valorada en la historia de Cuba. Desde los textos de la historia republicana a los manuales implantados tras el triunfo de Fidel Castro, nadie se ha atrevido a considerarla un gesto inútil que prolongó de forma infructuosa una contienda liquidada, lo cual sólo produjo muertes innecesarias.

Sin embargo, las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de Baraguá. Fue digna la actitud de Maceo de negarse a una paz que no incluyera la independencia y el fin de la esclavitud, pero su decisión de continuar la contienda bélica resultó insensata. Como lo demostraría la corta duración de su contienda y sus nulos resultados. Y no hay que olvidar que, una vez depuestas las armas, la contraparte española presente en la Protesta, el general español Arsenio Martínez Campos, permitió al “Titán de Bronce” marcharse tranquilamente de Santiago de Cuba en un barco español.

La valoración positiva de la intransigencia, paradigma heredado de los patriotas pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos, es asumida desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado e ignorante del efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen a los ojos del resto del mundo.

En esta ciudad, muchos exiliados cubanos no han podido sacarse los clavos del castrismo, pero quieren que los demás carguen la cruz por ellos: confesar la fe en la "lucha anticomunista" o arriesgarse a ser azotado en la plaza pública. Inquisición radial, centuriones de esquina, cruzados de café con leche, apóstoles de la ignorancia. Se han ido de la Isla para continuar con una comparación inútil y absurda. Responder al mal con el desatino y a la represión con la intransigencia. En el peor de los casos, en muchas ocasiones algunos han preferido empeñarse en la violencia con la excusa de lo perdido.

No hay que olvidar que se trata de un exilio que por años creyó construir aquí no sólo una nación hipotética ―donde el futuro y el pasado se unían en una ciudad mágica―, sino lo que resultó más insólito, una Isla dentro de un continente. Al no poder derrotar la historia, los primeros exiliados creyeron que podrían, al menos, vencer a la geografía.

Junto a sus esperanzas de futuro, todo exiliado lleva también su cuota de pasado. En Miami no hubo urgencia en imponer un límite al recuerdo y un cupo a la nostalgia. Pero ello resulta un asunto menor ―que va del individuo a la explotación de un producto y se mueve casi siempre en el aspecto emocional― si se compara con la falta de barreras contra la intolerancia y los prejuicios. No molesta tanto el escuchar algunas falsedades sobre “la Cuba de ayer”, como el hecho de que al mismo tiempo se oye un discurso amenazador que intenta infundir miedo a través de un punto de vista decrépito.

En Miami hay quienes imponen conceptos y distribuyen etiquetas. Para ellos el terrorismo no es una definición. Tienen un diccionario particular que esgrimen a conveniencia y se escudan en el papel de víctimas para lanzar una cacería de brujas. La realidad es una ficción y las obras de ficción, ejemplos reales que utilizan en escritos y arengas para proponer tácticas ridículas. Que esta tendencia se encuentre en declive no quiere decir que esté a punto de desaparecer, ni que su presencia aún se mantenga constante en los medios informativos.

Tras el desconsuelo de observar la supervivencia del régimen castrista luego de la desaparición de la Unión Soviética y del campo socialista, existe el peligro de comprometer el análisis más adecuado de la realidad cubana por aferrarse a ópticas caducas o inoperantes.

Ahora más que nunca son necesarios los intercambios de criterios, el debate y la comunicación de puntos de vistas diversos pero no excluyentes. No se trata de intentar un diálogo sordo, sino de tratar de incrementar nuestras relaciones con los habitantes del país de origen. Hay que avanzar hacia un mayor conocimiento de la realidad de la Isla, así como también que se conozca la verdad de un exilio diverso y complejo, que no se limita a un grupo empeñado en la confrontación hueca, sino que abarca un panorama amplio, el cual hay que hacer cada vez más tolerante.


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