Actualizado: 24/11/2017 16:37
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Tolerancia, Fanatismo, Intransigencia

Intransigencia y tolerancia

Las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de Baraguá

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Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español, los cubanos comenzaron a exaltar la intransigencia no como mérito moral, recurso emotivo y justificación personal, sino como un valor político. El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura; recorre las páginas de los textos que se enseñan en la escuela primaria y ha servido de vocación suicida a unos cuantos insensatos, así como a muchos demagogos para alimentar sus engaños.

Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el diccionario de la Real Academia. De acuerdo a esta definición, la intransigencia se acerca a un sinónimo de rectitud: cuando se transige, se cede, en parte se claudica.

Por otra parte, la definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.

Entre ambos aspectos de una misma definición hay un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.

En ambos casos, los idiomas reflejan momentos históricos. El calvinismo, trasladado del francés y de Europa a Estados Unidos, es la definición de intransigencia religiosa más apropiada a un territorio joven y ajeno a las guerras religiosas que se extendieron por más de cien años en el viejo continente. El espíritu reaccionario español, que al triunfar contra el avance francés consolida su oscurantismo por siglos, gravita sobre la Isla y provoca la inevitable reacción extrema.

La reacción emotiva facilita que exaltados como José Martí glorifiquen insuficiencias. Tómese por ejemplo una de las frases más repetidas de Nuestra América: “Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio ¡es nuestro vino!”. Se trata de una exclamación lapidaria y funesta. A partir de ese momento, los incapaces y oportunistas —abundantes en Cuba y en exilio— han tenido su justificación garantizada.

La frase contribuyó a la creación de un canon de miseria y chapucería, donde lo autóctono se impuso sobre lo extranjero, no por su esencia sino como una categoría moral. No hay manifestación más clara, en el terreno político y cultural, que ese vanagloriarse de los errores mediante un nacionalismo agresivo e inculto. En el plano individual o ciudadano, se nos regaló la posibilidad de hacer mal las cosas y cerrarles la boca a los críticos.

Poco sirvió, sin embargo, la frase lapidaria cuando el propio Martí se enfrentó a la creación literaria. Ningún “vino de plátano” aparece en sus poemas. En esos momentos recurre al Chianti, tan extranjero y no por ello extraño al poeta.

Por supuesto que es tonto —además de injusto— el achacarle a Martí toda la chapucería que se acumula a lo largo de la historia cubana. El pensamiento martiano ha sido utilizado como un recurso más en la elaboración de patrañas y falsedades. Pero no reconocer que se trata de un código mal construido y peor aprovechado es cerrarle la puerta al análisis de un pensamiento que junto a aspectos novedosos e ideas progresistas, encierra también conceptos caducos e ideales arcaicos, que resultan un disparate proclamar en nuestra época.

Por otra parte, la “protesta de Baraguá”, protagonizada por el general mambí Antonio Maceo, es la posición intransigente más valorada en la historia de la Isla. Desde los textos de la época republicana a los manuales implantados tras el triunfo de Fidel Castro, nadie se ha atrevido a considerarla un gesto inútil, que prolongó de forma infructuosa una contienda liquidada y que solo produjo algunas muertes innecesarias.

Los rostros de la intransigencia

Las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de Baraguá. La actitud de Maceo, de negarse a una paz que no incluyera la independencia y el fin de la esclavitud, era digna; su decisión de continuar la contienda bélica resultó insensata (no hay que olvidar tampoco que posteriormente, el otro protagonista de la Protesta, el general español Arsenio Martínez Campos, permitió al “Titán de Bronce” marcharse tranquilamente de Santiago de Cuba en un barco español).

La valoración positiva de la intransigencia, paradigma heredado de los patriotas pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos, es asumida desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado o ignorante del efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen a los ojos del resto del país.

Apocalípticos e integrados bajo las categorías de la tolerancia y la intolerancia, en el exilio se desaprovechó la oportunidad de definir una posición que evitara la manipulación del régimen castrista. La incapacidad de arrojar el lastre de un nacionalismo provinciano hizo que, junto al hostigamiento contra un supuesto enemigo llegado de la Isla, se incrementara la sobrevaloración de la nación existente antes del primero de enero de 1959. Un fenómeno con culpables no solo en La Pequeña Habana.

El encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar diferencias, abogar por la uniformidad. Ahora, gracias al apoyo de una administración en Washington ajena a los verdaderos problemas de Cuba y poco deseosa de encontrar soluciones reales, se han reafirmado los cotos cerrados.

Una de las peores consecuencias de esta política cerrada —y también errada— ha sido el renacimiento de una imagen de Miami donde impera una especie de estalinismo de café, lo que dista de ser real.

Quienes para criticar al totalitarismo no encuentran argumentos mejores que la repetición de valores y estrategias caducas no hacen más que favorecer al sistema que pretenden atacar, sin otra arma que la tergiversación y la añoranza de un pasado irrepetible.

Es en el comportamiento cotidiano donde tienden a sublevarse más los cubanos, cada vez que se les señala un defecto o limitación. Hay una especie de tendencia supuestamente innata a negarse a la crítica, bajo la asunción falta de que implica un denigro, en vez de aprender de los defectos.

Tolerancia e intransigencia

Limitar el debate sobre la tolerancia e intransigencia al ámbito cubano es simplemente una actitud provinciana.

En 2006, el escándalo por el retiro de la ópera Idomeneo en Alemania produjo, una vez más, la repulsa de los defensores de la libertad de expresión y el temor de quienes veían el aumento creciente de la intolerancia y el fanatismo.

La Deutsche Oper de Berlín sacó del programa a la obra de Wolfgang Amadeus Mozart por miedo a ofender al radicalismo islámico, ya que en una escena aparecía la cabeza de Mahoma decapitado.

Las protestas se multiplicaron. Desde el alcalde berlinés hasta la canciller, Angela Merkel, pasando por el ministro del Interior. Todos pidieron que se repusiera la obra, lo cual se logró con la presencia de Wolfgang Schäuble, el ministro del Interior, y un ejército de periodistas del mundo entero.

A primera vista fue un caso simple en que la autocensura y el temor actuaron de censores de una obra compuesta siglos atrás por uno de los compositores más extraordinarios que han existido.

Dejarse dominar por el miedo hacia los fanáticos pone en peligro la libertad alcanzada en Europa, donde cualquier producto artístico puede ser apreciado con independencia de los motivos ideológicos que lo inspiraron o su contenido. De haber triunfado el retiro de la obra, se hubiera abierto la posibilidad de que llegara el día en que los ateos furibundos amenazaran a los museos para que se retiraran la mayoría de las pinturas renacentistas (de motivos religiosos) o los militantes cristianos exigieran la supresión de buena parte del arte del siglo XX.

Lo ocurrido con la ópera de Mozart en Alemania hizo renacer el temor de que lo que pasó con las caricaturas de Mahoma, aparecidas un tiempo atrás, lograra el propósito de intimidar a buena parte del mundo.

Sin embargo, esta visión simplista puede dejarnos satisfechos y confiados de ser los grandes guardianes de la cultura universal frente al fanatismo islámico, cuando la verdad es mucho más compleja.

En primer lugar, se debe aclarar que se trataba de un montaje de la obra de Mozart, que incluía una escena que no se encuentra en la ópera original. Por otra parte, no solo era cercenada la cabeza de Mahoma, sino también la de Buda, Jesucristo y Poseidón, un dios de la mitología griega equivalente a Neptuno en la romana. Tanto líderes religiosos islámicos como cristianos protestaron por el montaje.

Si salimos del recinto casi sagrado de la ópera y pasamos a un espectáculo menos exclusivo, nos encontramos con las protestas y solicitudes, ocurridas por la misma fecha, como la solicitud de la supresión del momento de la “crucifixión en un recital de Madonna. Y si en vez de vivir en Alemania residimos en Miami, y somos exiliados cubanos, reaccionamos airados ante alguien con una camiseta con la imagen del Che.

Es cierto que lo que entonces separó a los dos últimos ejemplos (Madonna y la camiseta del Che) de la cancelación de Idomeneo fue una enorme distancia: la que va de la repulsa a la amenaza de un acto terrorista. Pero el empeño común reside en perseguir la forma de aumentar nuestra tolerancia y no solo en mantener la intransigencia dentro de los límites fijados por la legalidad y la vida civilizada.

Lo interesante, en el caso de Idomeno —un aspecto soslayado entonces por la prensa, por ignorancia, falta de espacio o premura—, es que la obra no solo es una ópera sobre el amor, sino también sobre la tolerancia.

Mozart nunca se hubiera atrevido a presentar la cabeza cortada de Jesucristo. Es más, se distanció de cualquier implicación ideológica y religiosa al situar la acción en una época posterior a la Guerra de Troya. No hay en la obra original —como luego se presentó en el montaje contemporáneo de Hans Neuenfels que tanto revuelo causó— un rechazo a los dioses (griegos) sino todo lo contrario: el deseo de sacrificarse para aplacarlos y la voluntad de cumplir con el destino, salvo en el caso del gobernante (Idomeneo).

Lo curioso fue que toda esa polémica surgió alrededor de una ópera que nunca ha logrado formar parte del repertorio habitual de los principales teatros y compañías del mundo. Baste señalar al respecto que la primera representación en Estados Unidos ocurrió en 1947.

¿Por qué esa ausencia de los escenarios? La razón radica en que la voz encargada de la parte correspondiente a Idamante, el hijo de Idomeneo, Mozart la compuso para un tipo de cantante que ha desaparecido del mundo de la ópera: un castrato. Desde entonces los directores han tenido que optar por encomendar el papel a un tenor o a una soprano.

La desaparición de los castrati se considera como la abolición de una práctica inhumana. Vale la pena imaginar por un momento hasta dónde podría llegar un verdadero fanático de la obra, si tuviera la impunidad y el poder para poder revivirla en su versión original, o preguntarse si no es una forma de intransigencia no permitir el retorno de esa voz, perdida al parecer para siempre.

Intransigencia, fanatismo y temor

En 1935 el escritor rumano Mihail Sebastian comenzó a escribir un diario. No sabía entonces —no lo supo nunca— que los nueve cuadernos de notas que llenó hasta 1944 se convertirán en su obra más famosa. Tampoco había razones para sospecharlo. Era un narrador, periodista y autor teatral de prestigio. Tenía 28 años y un gran escepticismo hacia las causas ideológicas. Si anotaba lo que le ocurría, era por un interés personal y no para dar cuenta de una época. Ahora, es el testimonio de lo ocurrido a ese intelectual y judío asimilado lo que importa. Más allá de sus triunfos y fracasos amorosos. Las humillaciones cotidianas de un hombre que vio cómo se alejaban de él casi todos sus amigos, mientras luchaba por sobrevivir en una ciudad cada vez más hostil.

Hablar de las amistades de Sebastian no es citar escritores menores, compañeros de café y redactores de versos ocasionales. Mircea Eliade, Eugène Ionesco, Camil Petrescu y E. M. Cioran formaban parte de ese círculo. Era el grupo literario más brillante de Rumania y la mayoría de sus miembros alcanzaron fama internacional. Todos, con la excepción de Ionesco, estuvieron vinculados con el movimiento legionario la Guardia de Hierro; un grupo de extrema derecha, antijudío, violento y fascista que ayudó a establecer en el país una dictadura militar aliada con la Alemania nazi, para luego ser eliminado con el apoyo de Hitler.

A diferencia de otros casos de judíos sobrevivientes del Holocausto, la historia que cuenta Sebastian no es una descripción de hornos crematorios y campos de exterminio, sino una narración que habla del temor a la muerte más que de la muerte misma, del miedo a la deportación, la miseria y la imposibilidad de ganarse la vida escribiendo. Todo ello se lo impidió la irracionalidad e intransigencia furiosa del nazismo.

La necesaria tolerancia

Los cubanos nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al ejercicio estéril de ignorar el debate mediante el expediente fácil de ignorar los valores ajenos. Aquí y en la Isla nos creemos dueños de la verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si solo supiéramos mirarnos al espejo y vanagloriarnos.

Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas no nos libra del exilio. No contribuye al fin del castrismo o al mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.


Este artículo recoge ideas expresadas en Cuaderno de Cuba.


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