Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Iglesia Católica, Comunismo

“Intrínsecamente perverso”

En este mes de noviembre se cumplen cincuenta y dos años de la celebración del Primer Congreso Católico Nacional de Cuba

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En 1937, en su Encíclica Divini Redemptoris, (58), el Papa —luego Beato— Pío XI, afirmaba que “el comunismo es intrínsecamente perverso”. Analizaba aspectos como el falso mesianismo, la ilusión del mejoramiento social y económico en los sectores más frágiles y vulnerables, el afán totalitario, la anulación de las imprescindibles libertades individuales y más. Era una época de entreguerras y revoluciones y Pío XI denunciaba por igual a la Segunda República española y a la Unión Soviética, eran tiempos muy difíciles. El Papa falleció, misteriosamente, cuando preparaba otra encíclica, esta vez contra el nazismo y el fascismo. Habrá tenido, quizás, percepciones políticas erróneas en algunos casos, pero en lo que no se equivocó fue en su calificación del llamado “socialismo real” como un ente “intrínsecamente perverso”.

Las relaciones entre la Iglesia católica y el Gobierno cubano han sido siempre hostiles (abierta o simuladamente) y, por lo general, turbulentas. En este mes de noviembre se cumplen cincuenta y dos años de la celebración del Primer Congreso Católico Nacional de Cuba y de la peregrinación de la Patrona, Virgen de la Caridad del Cobre, por toda la Isla. La Iglesia avizoró el peligro ideológico a los once meses del triunfo de la revuelta. Así comenzaba un pulso político en el que, algunas veces, el brazo de la Iglesia parecía dominante y, en otras, el brazo del Gobierno se imponía, sin llegar a tocar alguno de los contendientes la superficie total. El juego continúa.

Las cartas pastorales, la indignación de la feligresía, las protestas parroquiales no dieron fruto alguno porque el fervor popular por la revolución era muy intenso. El Gobierno, entonces, contraatacó con la eliminación de los colegios religiosos y la educación religiosa en general, la expulsión de los sacerdotes y las monjas extranjeros, la expropiación de cuantiosos bienes eclesiásticos (a lo Enrique VIII), la vinculación —en el imaginario popular— de fe y contrarrevolución, la discriminación de los fieles para impedir su acceso a centros de estudios superiores o a puestos de trabajo, la reescritura de las biografías de los mártires con la censura a sus convicciones religiosas, la persecución, acoso y destrucción de las cuatro principales asociaciones de acción católica, la creación de organizaciones de muy corta vida como “Con la Cruz y con la Patria” para agrupar a los católicos revolucionarios y debilitar o infiltrar a la Iglesia, la desaparición de las publicaciones religiosas; en fin, la proclamación del ateísmo como doctrina del Estado.

Sólo había espacio para una religión y una fe: el fidelismo “socialista”.

Las iglesias, los conventos y los seminarios enflaquecieron y se sumieron en una triste soledad en la que ni las campanas tañían.

La Iglesia comenzó entonces su lenta y silenciosa recuperación de espacios con la participación gradual y sostenida en diversas actividades de caridad: atención a asilos y enfermos, ayuda con medicinas y alimentos a los más necesitados en las parroquias; catequesis más atractiva, proselitismo para la asistencia de los niños al catecismo y preparación para los sacramentos, divulgación de la palabra eclesial, participación más efectiva en el mundo cultural. La visita del Papa Juan Pablo II fue la culminación de una tarea callada y profunda. El entusiasmo ante la presencia papal fue de tal magnitud que hasta congas divertidas se improvisaron por los ilusionados cubanos[1]. Quizás pensaron que, como en Europa del Este, el Papa traía el aliento profético del fin del horror.

En este más de medio siglo transcurrido, la Iglesia ha avanzado, sinuosa pero segura. Ha logrado una participación, antes impensable, en la liberación de muchos presos políticos, su palabra ha sido cada vez más incisiva en las publicaciones que patrocina, acoge actos literarios y artísticos, celebra más eventos religiosos, logra que se restauren festividades tradicionales, que se permitan algunas —aunque limitadas— procesiones, recupera posiciones invadidas, aprieta el pulso…

Muchos cubanos, especialmente en el exilio, demandan de ella mayor arrojo y critican lo que consideran una cautela excesiva. Siempre tengo que recordar que la Iglesia es una institución famosa por su paciencia y por su oportunismo (como dicen en México, “no da paso sin huarache”). La Iglesia no trabaja pensando en “planes quinquenales” porque acumula más de veinte siglos de experiencias políticas. El Gobierno cubano lleva apenas medio siglo en el poder (que es una minucia, en términos históricos), aunque haya sido un suspiro de existencia doloroso. Y son cincuenta años de improvisaciones, de contradicciones, de desastres.

La Iglesia ganará este pulso porque lo hace de manera estratégica. El Gobierno no va más allá del pensamiento táctico. Ojalá veamos al brazo vencido.



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