Actualizado: 28/10/2021 12:35
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Represión, PCC

James C. Scott, otra mirada hacia los subalternos en Cuba

Las demandas más planteadas por los cubanos en los Lineamientos demuestran una estrategia masiva de extraer todo lo posible al poder, pero son al mismo tiempo una muestra de la desconexión política del Estado, al que asumen solo en su función de proveedor

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James C.Scott, profesor de Ciencias Políticas y Antropología de la Universidad de Yale, en su libro Los dominados y el arte de la resistencia, discute las maneras usuales de entender “la política de los subalternos” por la Ciencia Política tradicional. Coincidiendo con el enfoque de los Estudios Subalternos surgidos desde finales de los años 70 en el sur de Asia, este autor tiene como objetivo general: “mostrar cómo podríamos mejorar nuestra lectura, interpretación y comprensión de la conducta política, muchas veces inaprensible, de los grupos subordinados”[1], porque “una concepción de la política enfocada exclusivamente en las que pueden ser manifestaciones impuestas de anuencia o en la rebelión abierta reduce enormemente la imagen de la vida política, sobre todo en las condiciones de tiranía…”[2]

Aplicando esta visión desde abajo al análisis de los subalternos en Cuba, los resultados del debate de la población cubana sobre los Lineamientos —sintetizados en mi artículo “La agenda política de la población cubana”— pueden ser entendidos de otra manera a la habitual.

El enfoque tradicional hablaría de una conducta apática de la población desde el punto de vista político. Un enfoque como el de Scott —y que también comparten los Estudios Subalternos— nos permite afirmar que si las demandas más planteadas por los ciudadanos demuestran una estrategia masiva de extraer todo lo posible al poder, son al mismo tiempo una muestra de la desconexión política del Estado al que asumen solo en su función de proveedor. El desentenderse de la política, —evidente en el no pronunciamiento sobre temas de control popular, rendición de cuentas o relativamente muy poco sobre las políticas nacionales en las diferentes ramas económicas—, evidencian una estrategia específica de concentrarse en los asuntos de la sobrevivencia, por la imposibilidad de pronunciarse en un contexto represivo, pero también como el rechazo a la política defendida por el poder constituido, una manera de manifestar su no pertenencia al universo simbólico y práctico de la ideología y la política que se impulsa desde el Estado.

Scott nos describe la existencia de al menos cuatro discursos producidos por la “infrapolítica”[3], de los subordinados, como la forma estratégica fundamental que debe tomar la resistencia de los oprimidos en condiciones de peligro extremo.

- La forma de discurso político más segura y más pública es la que adopta como punto de partida el halagador autorretrato de las élites políticas.

En esta variante los subordinados se apropian del discurso hegemónico y a la vez le recuerdan al poder sus promesas incumplidas. En los tiempos de la esclavitud, los esclavos utilizaban este recurso a partir del discurso paternalista de los amos blancos (proveerlos de comida, de techo, de protección y de educación religiosa) para aludir al mejoramientos de sus condiciones sin ser abiertamente subversivos.

- La segunda forma de discurso es el “discurso oculto”. En este, fuera de la mirada del poder y de sus controles, descubrimos el surgimiento de una cultura política claramente disidente.

- El tercer tipo de discurso político es aquel que recurre al disfraz y al anonimato, que se expresa públicamente pero que está hecho para contener un doble significado y que protege también a los actores que los expresan. Las canciones, los chistes, los rumores, las obras de teatro, las artes plásticas, la literatura, los ritos, como dice Scott, son buena parte de la cultura popular de los subordinados que expresan sus pensamientos de manera “oblicua”.

- El cuarto tipo de discurso es el más explosivo en el que ya no hay diferencias entre el “discurso público” y el “discurso oculto”. Este expresa un desafío y una oposición abierta que generalmente provocan una represalia o, frente a la ausencia de represión, se produce una escalada de palabras y actos cada vez más atrevidos. Scott señala el contenido liberador de este tipo de discurso por su grado de satisfacción personal y grupal y su consecuencia es el surgimiento del carisma alrededor de los subordinados que rompen esa barrera entre el “discurso oculto” y el “discurso público”. En Cuba, se puede constatar en plataformas de discusión como Estado de SAT, las variadas entregas de Razones Ciudadanas, los blogs de periodistas como Yoani Sánchez, Reinaldo Escobar, otros periodistas o bloggers alternativos, los que colaboran en CUBAENCUENTRO desde Cuba, y los demás activistas pronunciándose por problemáticas sociales y culturales como la ecología, los problemas raciales y los enfoques transgéneros.

A partir de esta mirada, para evaluar el grado de hegemonía que tiene el discurso oficial cubano habría que liberar a los subordinados de toda dependencia social que limita las expresiones reales de sus pensamientos. Solo en esas condiciones, sin límites de censura ni represalias de distintos tipos se podría medir realmente en qué medida el discurso dominante se ha internalizado por los dominados y por lo tanto el grado de hegemonía real del discurso oficial.

Es decir, una lectura de las apariencias de resignación o de la aceptación inevitable de un orden social esconde la madurez de una conciencia negativa —lo que se rechaza— pero también muchas veces propositiva sobre el orden existente y este se constata cuando investigamos más allá de las apariencias de mansedumbre.

Hoy en Cuba la madurez de los discursos es decir, la coincidencia entre los discursos “públicos” y los discursos “ocultos” en las contrarespuestas al orden actual de todas las corrientes políticas, demuestran que la sociedad civil cubana tiene una madurez muy superior a si solo aceptamos la imagen tradicional de organizaciones autónomas formalmente constituidas, porque precisamente por uno de los derechos que luchan los activistas de todas las corrientes ideológicas es por la libertad de asociación. Esos niveles de madurez se constatan cuando el discurso “oculto” deja de serlo para convertirse en “público” al menos hacia el exterior vía Internet, aunque horizontalmente no circulen entre la ciudadanía por la prohibición de acceso a los medios masivos de comunicación y el silencio mayoritario de la academia.

Lamentablemente dentro del país, estos discursos son “semiocultos” o circulan entre amigos y conocidos pero la represión aún los mantiene en “islotes” desconectados entre sí, aunque ya existen indicios de intercambio reciente entre ellos.

Sin embargo, esta lectura de los discursos lo que demuestra no es una sociedad apática entre una resignación y la desesperanza, sino una estrategia de sobrevivencia, en la que solo los activistas políticos y culturales, como en cualquier sociedad, son la punta del iceberg de una práctica y reflexión más abierta que el resto de la ciudadanía, pero no por ello la lectura hacia esa población puede ser de “apatía”, “cobardía” y “resignación” como tampoco leer las “revueltas” como actos inconscientes y espontáneos, porque la historia demuestra que detrás de esas apariencias hay niveles de maduración consciente sobre lo que no se quiere en primer lugar, pero también y cada vez más sobre lo que se quiere como alternativa al orden actual. Como señaló Michel de Certeau “Siempre es bueno recordar que a la gente no debe juzgársela de idiota”[4].



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