Actualizado: 26/05/2022 12:27
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La balsa en el espejo

¿Quiere menos Washington a los 'pies mojados' cubanos que a los 'espaldas mojadas' mexicanos?

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Además de la materialización de un anhelo y un cambio total de vida, el emigrar define no sólo al individuo sino a su nación de origen. Pero en el caso específico de los cubanos, a través de los años ha ocurrido una transformación paulatina, amplia y profunda al mismo tiempo, de la forma en que vemos a quienes llegan de la Isla.

De observados a observadores hemos traspasado una mirada tras otra hasta contar hoy, más que con la diáspora de un pueblo, con algo cercano a los fragmentos de una explosión dilatada en el tiempo, en los cuales un cubano que llegó a Miami en los primeros años, tras la llegada de Castro al poder, guarda pocos puntos de contacto con otro que sólo conoció la sociedad establecida luego del primero de enero de 1959 y hace poco tiempo que vive en esta ciudad.

En vez de destacar estas diferencias, algo repetido hasta el cansancio, vale la pena analizar brevemente el cambio en la representación del inmigrante, una simbología que ha evolucionado del mito del héroe-balsero a la denuncia del contrabando humano, de la epopeya de enfrentar la Corriente del Golfo en débiles embarcaciones —o en muchos casos incluso en simulacros de embarcaciones— a los guardafronteras persiguiendo las lanchas rápidas. Y aunque la tragedia no deja de estar presente, la entrada ilegal de cubanos ha perdido su justificación política, vista ahora en el mejor de los casos como un drama familiar y condenada por muchos que, por los medios más diversos, siguieron un camino similar.

Cubanos empapados

Irse de Cuba de forma ilegal, en la mayor parte de los casos, ya no es contemplado como un desafío a las leyes del régimen castrista ni se considera un escape de la tiranía; es sencillamente una violación de las fronteras de Estados Unidos, un asunto familiar y un delito.

Sólo un cambio tan notable de percepción sobre el inmigrante cubano (la palabra balsero abandonada, ante la presencia o la ausencia de embarcaciones más poderosas utilizadas para la fuga) explica que las nuevas medidas migratorias se consideren sólo en uno de sus aspectos, como normas cuyo principal objetivo es poner fin al contrabando humano, y no se hiciera mención a otra característica que conllevan: cerrar una vía de escape a la situación imperante en la Isla. En la famosa ecuación "pies secos/pies mojados", empapar a todos los que aspiran a inmigrar ilegalmente, tratar por todos los medios de que nadie se pueda secar en la arena de las playas del sur de la Florida.

Este esfuerzo para poner fin a la inmigración ilegal y acabar con el contrabando humano responde no sólo a los intereses fronterizos y de estabilidad nacional de Estados Unidos, así como a la necesidad de frenar una actividad delictiva, sino que también avanza en la elaboración de una política migratoria respecto a Cuba de cara al futuro, cuando llegue el día en que los cubanos perdamos gran parte de nuestros privilegios a la hora de emigrar, debido a un cambio político en la Isla. No más el proclamar la llegada a "tierras de libertad" como salvoconducto de entrada.

Las medidas continúan el camino ya iniciado a mediados de la década de los noventa, en que al tiempo que se estableció la devolución de los cubanos, y se convirtió la fuga en un doble escape —de las autoridades norteamericanas en alta mar, además de las cubanas en mar y tierra—, se empezó a observar el fenómeno migratorio, por parte de los propios exiliados cubanos, de forma similar al existente en otras naciones —México, Haití, Latinoamérica en general—, al considerar a los recién llegados, y al considerarse estos también en muchos casos, inmigrantes económicos.


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