Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Lucha armada, Oposición, Disidencia

La burla de la historia

Ningún líder de la oposición pacífica ha pasado de ser mera imagen anticastrista por carencia crónica de arrastre popular, afirma el autor de este artículo

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Let´s Cubans be Cubans (…) Give´em money
Filosofema anticastrista, 1963

Todos somos históricos, como decía Borges, pero cada cual a su manera y a riesgo de ser castigado con resultados contraproducentes si no escucha las lecciones de la historia. Tal y como advirtió Hegel, amén de poner astutamente las pasiones humanas a su servicio, la historia se burla de quienes rehúsan conocerla.

Tras los fracasos de las operaciones Zapata (1961) y Mangosta (1962), la administración Kennedy adoptó la estrategia de “operaciones autónomas”, que consistía en financiar y asesorar a los grupos anticastristas beligerantes, en particular aquellos comandados por Manuel Artime y Manolo Ray e incluso Eloy Gutiérrez Menoyo.

La gente que sabía de eso, como Ted Shackley, jefe de la estación de la CIA (JMWAVE) en Miami, calificaron aquella estrategia como “ejercicio fútil [y] pérdida de tiempo”, pero Bob Kennedy se había empeñado en que había que hacer algo contra Castro aunque “we do not believe our actions would bring him down[1].

Semejante despropósito resistió la prueba del tiempo y campea hoy por sus respetos en la oposición pacífica o cívica, que no acaba ni de unirse contra el Gobierno ni de ganarse al pueblo, sino que anda de un guirigay en otro —marchas, recogidas de firmas, llamados, mesas, encuentros, viajes afuera—y de una rencilla interna en otra, tal y como el jefe de operaciones paramilitares del Proyecto Cuba, coronel Jack Hawkins, reportó tras el fiasco de Bahía de Cochinos: “political bickering among Cuban exile groups[2].

Recurva en comedia

En el contexto de ripiarse unos opositores con otros reaparece la alternativa del “baño de sangre”, que sin atenerse a la historia formulan incluso quienes jamás aportarán una gota. En tiempos de guerra, cuando muchos exiliados se armaban hasta los dientes y la gente se alzaba dentro de la Isla, la inteligencia estadounidense dejó bien claro que “todo impulso a la revuelta generalizada se inhibe por el miedo que el aparato inspira y por la falta de liderazgo dinámico y de cualquier expectativa de liberación en el futuro previsible”[3].

Para mejor proveer, la propia inteligencia estadounidense consideró, tal como sucedería, que “el mero paso del tiempo favorece a Castro [y] no es probable ni que la oposición política interna ni las dificultades económicas provoquen el colapso del régimen”[4].

Así mismo la alternativa del plebiscito reaparece como petición al gobierno dictatorial y sin mecanismo de presión alguna. La Representación Cubana en el Exilio (RECE) nunca llegó a nada, pero su fundador, Pepín Bosch, convocó a referendo al menos con arreglo a los tiempos que corrían: entre los propios exiliados para elegir junta de guerra, formar comité de recaudación de fondos y armar una fuerza de liberación.

La jefatura de esta fuerza recayó sobre Erneido Oliva, lugarteniente de la Brigada 2506, y afloraron enseguida las ilusiones: “Si su éxito puede medirse por el respeto que impone en la comunidad de exiliados cubanos, a menudo desgarrada por conflictos internos, los días de Castro están contados”[5]. Estos días se tornaron incontables porque el éxito no se mide por el respeto dentro de la bandería propia, sino por el logro de objetivos en el juego estratégico de medio a fin.

Irónicamente, una ocurrencia de James Patchell, teniente coronel del ejército de EEUU adscrito a las tareas de propaganda de la Operación Mangosta, ilustra ejemplarmente qué pasa hoy en la oposición. Tras descomponerse el Frente Revolucionario Democrático (FDR), Patchell concibió un líder imaginario, alias Toro, Guajiro Duro o Gusano Amigo, a quien se le atribuirían diversas acciones para llenar el vacío de liderazgo y atenuar las rencillas entre exiliados hasta que una figura de la resistencia interna ganara suficiente estatura y ocupara el lugar de esta “anti-Castro image[6]. Así como nunca emergió tal figura en la oposición violenta, ningún líder de la oposición pacífica ha pasado de ser mera imagen anticastrista por carencia crónica de arrastre popular.

Coda

Así, la historia se burla de quienes dan dinero a los cubanos para dejarlos ser cubanos, como reza el filosofema[7]. No se aprendió nada de la lección histórica que dio Jay Gleichauf, director de la primera oficina de la CIA en Miami, sobre la rutina operativa con cubanos: “Langley me ordenaba contactar a figuras con autoproclamada influencia política, las cuales se jactaban de contar con sólido apoyo susceptible de conversión en resistencia armada una vez que la CIA les diera luz verde (léase dólares)”[8].

Cámbiese “armada” por cívica o pacífica y “CIA” por USAID, NED o Departamento de Estado y cabrá la misma objeción contra los disidentes. No porque reciban luz verde, ya que no es posible hacer política sin dinero, sino por alardear del apoyo que no tienen y malgastar dinero en cosas que vienen a equiparlos con ciertos opositores violentos que George Volsky, empleado de la Agencia de Información (USIA), describió así: “A lot of loud mouths, but they were just like mosquitoes biting Castro and maybe even less[9].



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