Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cuba, Martí, Independencia

La carta inconclusa de Martí a Manuel Mercado

¿Era Porfirio Díaz el destinatario último y real de esta carta sui géneris?

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Analicemos la última carta conocida de José Martí: la destinada a Manuel Mercado y que dejara inconclusa a su muerte el 19 de mayo de 1895. Esta carta es asumida con demasiada frecuencia como el testamento político, antiestadounidense, de José Martí. Pero, ¿lo es en realidad?

Si como casi todos los estudiosos de su obra coinciden, Martí ni se suicidó, ni tenía intención de hacerlo, no cabe darles a estas líneas la trascendencia que implica tratarla como un testamento. No puede considerarse a esta carta más que como una más de las muchas que por esos días escribió quien intentaba sacar adelante la Revolución, y preparar la república. Es innegable, sin embargo, su singularidad en otro sentido. Mientras casi todas las que escribió tras su arribo a Cuba tenían como destino a generales en campaña o a sus colaboradores más cercanos en el exterior, esta, junto a la carta al New York Herald del 2 de mayo, integra un muy definido grupo aparte.

En ella Martí hace política exterior de la Revolución.

Está destinada a un subsecretario de Gobernación de Porfirio Díaz, el equivalente contemporáneo cubano de un viceministro del Interior, y por lo tanto un hombre de la primera línea de la represión porfirista, proverbial por su brutalidad. Al funcionario que ha desempeñado ese cargo con tal eficacia que ha permanecido en él desde 1882, y lo hará aún hasta 1900, cinco años después de la muerte de Martí.

Alguien que es verdad, ha sido su amigo de sus meses mexicanos a mediados de la década de los setenta, pero que no podemos tampoco pasar por alto que es 15 años mayor que él. Alguien a quién ha estado largos años sin ver personalmente (desde 1878 solo por unos pocos días en el verano de 1894), y con quien es evidente no coincide en lo esencial de su visión política: Mercado ha terminado en un muy importante y comprometido puesto dentro de la brutal dictadura ante cuya ascensión Martí, en protesta, decidiera dejar suelo mexicano.

Llama la atención que Martí, después de que en enero de 1890 suspendiera casi por completo el profuso intercambio epistolar que había mantenido con Mercado desde 1877, no lo ha reanudado hasta mayo de 1895. Y lo más sorprendente, con una carta en extremo prolija dada su misma situación, en que ni el tiempo ni las condiciones le abundaban. Si nos fijamos, desde su desembarco en Cuba solo las dos destinadas a sus colaboradores más cercanos en el exterior, Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, o al New York Herald, son comparables en cuanto a dimensiones. Cartas para nada personales, con fines utilitarios de política exterior muy claros.

No perdamos de vista lo en extremo complicado, y sobre todo lo peligroso, de sacar cartas al extranjero desde el campo de la Revolución. Por lo general esto se hacía en la noche, en minúsculos botes que navegaban hacia Jamaica o las Bahamas, a expensas siempre de resultar sorprendidos por las cañoneras españolas o por alguna tormenta, norte o hasta huracán. Resulta muy difícil de imaginar que un hombre como Martí pretendiera usar el correo de la Revolución, y arriesgar vidas de compatriotas en consecuencia, solo para poder desahogar un tanto el alma con un compadre.

¿Pero si no era un desahogo, o una simple carta a un amigo a quien le cumple por lo mucho que ha demorado en escribirle, si no era tampoco un testamento ni nada parecido, qué hace a esta carta tan importante al punto de que Martí, en medio de la guerra y con una complicada situación política dentro del mismo campo revolucionario, le dedicara las varias horas que debió emplear en pensarla y escribirla, o el que tan siquiera considerara en ponerla en papel aun a sabiendas de lo que costaba sacar al exterior cualquier documento? Una pista más: El destinatario le ha servido de introductor en una muy probable entrevista personal con Porfirio Díaz, en el verano del año anterior.

Solo el análisis del texto en pleno, y de su contexto, puede respondernos esa larga pregunta.

Una rápida lectura de la carta nos lleva de inmediato a preguntarnos si muchos intérpretes de la misma han pasado más allá de su primer párrafo. Del consabido: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”.

Martí comienza escribiéndole a Mercado: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con que ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación”, con lo que apela a viejos lazos afectivos que le sirvan de eficiente introducción a su disculpa por el largo tiempo que no “ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y periódico que llena al día”, como hacía el final del trunco texto explicita. No ha podido hacerlo en un final porque, como retoma a continuación: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber…”. O sea, él no ha podido escribirle porque la misma naturaleza trascendental de su obra, que por cierto lo incluye a él, a Manuel Mercado, como actor principalísimo, no se lo había permitido; al menos hasta ahora.

El primer párrafo funciona por tanto como una carnada para el específico lector de este texto, un subsecretario de Gobernación de México, con puerta abierta a Porfirio Díaz. Martí pretende ganarse toda la atención de su interlocutor, confabularlo con él desde el mismo inicio de la misiva, y por eso no pierde tiempo e improvisa una ingeniosa disculpa con que restablece la cercanía de antaño, mientras a su vez esa misma disculpa le sirve para introducirle, casi de inmediato y sin transición, en una interpretación de su Vía Crucis existencial. Reforzada por una anonadadora serie de fuertes imágenes poéticas. Mediante este expediente Martí presenta su labor por la independencia cubana como un intento más bien de proteger al México de Don Porfirio de una supuesta (y real, a que dudarlo) amenaza norteamericana. Este es el verdadero sentido tras el tan citado “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”; puro artificio literario para impresionar a quien tan importante es para la independencia de Cuba.

Debemos de entender que para esa fecha Martí ha terminado por comprender que la guerra no será breve, algo que en realidad ya temía desde el fracaso de la expedición de La Fernandina. Consecuentemente, no bastaba solo con el dinero de los tabaqueros para financiarla. Por lo que ante la repugnancia de Martí a que la república naciera endeudada por el esfuerzo libertario, se imponía allegar los recursos necesarios, por sobre todo los bélicos, en la solidaridad, interesada, de las repúblicas latinoamericanas. En este caso México, por su cercanía y fácil acceso a la Isla, y por lo imponente de los recursos militares que el Porfirato había reunido en su empeño por convertir a su país en una pequeña potencia regional, debió jugar un papel importantísimo en los planes de Martí.

En el segundo párrafo Martí pasa a la ofensiva en su labor de ganar para su causa al México de Don Porfirio. Mas el sagaz político nunca arrincona. Al lector enterado del amplio contexto de esa carta las intenciones martianas se nos transparentan nuevamente en esa frase cortada por guiones de mal engarce gramatical: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos les habrían impedido la adhesión ostensible…” con lo que les deja la puerta abierta a estos para ayudar a una Cuba que no les guarda remordimientos y que entiende su posición anterior, de respeto a las normas internacionales de convivencia.

Pero también los condiciona sutilmente a brindar esa ayuda: el que no lo hayan hecho antes es cierto que se explica por lo dicho, pero de ahora en adelante, cuando ya son conscientes de que alguien se sacrifica por “el bien inmediato y de ellos”, ya no. Negarse a ayudar a quien se ofrenda por cegar la posibilidad de que los pueblos de Nuestra América sean anexados al “Norte revuelto y brutal que los desprecia” es ya un crimen, una cobardía. Y si nos hemos dejado impresionar por la exageración que Martí hace, no ya de las intenciones de EEUU, sino de sus reales posibilidades, un suicidio.

En los párrafos tercero y cuarto Martí rebaja un poco el tono trascendentalista-poético que hasta ahora le ha dado a la carta, y por lo tanto sospechoso para un político tan pasado por todas las aguas como Porfirio Díaz. El núcleo de estos párrafos son los comentarios que, a través de Manuel Mercado, pretende deslizar en los oídos del tirano: Que según Bryson, corresponsal del New York Herald en Cuba, el Capitán General Martínez Campos le ha asegurado que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. Pero, además que, según el periodista americano, EEUU tiene muy bien guardado un sustituto para nada menos que el mismo Don Porfirio, el destinatario último real de esta carta sui géneris:

“Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México.”

Martí, que conocía al hombre, sabía que el dictador mexicano no iba a conseguir conciliar el sueño con la misma facilidad tras saber, de tan bien informada fuente como Bryson, que España preferiría entregarle la isla de Cuba, tan estratégicamente situada en medio de los principales caminos que comunicaban a México con el mundo, nada menos que a EEUU. Ese difícil vecino que ya no solo parecía guardar apetencias sobre lo que del Norte le había dejado a su país el Tratado Guadalupe-Hidalgo, sino que también preparaba candidaturas para sustituirlo a él; nadie podía asegurarle que solo a su muerte.

Y ya hemos visto cuanto podía ganar la causa de Cuba con ese insomnio inducido en el tirano azteca.

En el quinto párrafo Martí se prepara para la osadía del comienzo del sexto. Para que por una parte pierda un tanto su carácter de importunidad (que la tiene, y muy pronunciada), pero sin perder no obstante toda su fuerza expresiva. Osadía que, por cierto, sería una mejor elección que el consabido “En silencio ha tenido que ser…” si quisiéramos de alguna manera extractar la carta en una de sus frases. Me refiero a las siguientes líneas:

“Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Sí lo hallará, —o yo se lo hallaré.”

La carta toda en realidad gira alrededor de estas líneas. Martí manifiesta su desesperación por el apoyo mexicano, ahora que la guerra no pinta a ser tan corta como creyera cuando la levantó. A pesar de su descripción optimista del estado de la guerra en el sexto párrafo, en su fuero interno sabe que el esfuerzo independentista no será ya tan breve, ni mucho menos tan generoso: la guerra será atroz, y muy poco de lo que esperaba sucediera ha acontecido hasta entonces (la insurrección no se ha levantado más que con mucha lentitud, España no ha actuado con la misma indecisión y desgano que en Melilla en 1893, sino con determinación y rapidez, y Latinoamérica se adscribe más que a su Nuestroamericanismo, a un Hispanismo que la pone del lado de Madrid).

En el análisis de la carta no se puede simplemente pasar de largo sin prestarle atención a un fragmento de ese quinto párrafo. Me refiero a que, según Martí, EEUU jamás aceptará la cesión a este, por España, “de un país en guerra”, y dado que la “guerra”, o los revolucionarios que la hacen, no tienen intención de pedir la anexión ni de aceptarla, esa posibilidad se cierra por completo mientras haya guerra, o lo que es lo mismo, revolucionarios sobre las armas. Lo que debemos entender como un subrayado al México Porfirista, para que comprenda que si quieren mantener su flanco derecho sin peligro de caer en manos norteamericanas deben apoyar necesariamente a la Revolución.

Este fragmento nos revela la comprensión clara que Martí tiene de EEUU, tan distinta de la que han querido endilgarle algunos de sus presuntos seguidores políticos. Para Martí EEUU, por su naturaleza de nación democrática, fundada sobre las principales libertades humanas, “no pueden contraer… el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana”.

Sobre esta firme creencia se afincaba en buena medida toda su política, que, de otra manera, sin este fundamento, no podría más que parecernos que el resultado de los delirios de un loco, o en todo caso de los devaneos intelectuales de un arbitrista de café. ¿Por qué ante las costas mismas de un EEUU, que supuestamente no tenía en cuenta ninguna consideración ajena ante sus apetencias imperialistas, Martí se atreve a querer fundar una república independiente, cincuenta veces menos poblada que aquella nación? Pues porque Martí no ve a EEUU de manera tan simplista. Él ha vivido en el Monstruo y le conoce las entrañas; y ya desde el affaire Cutting ha sistematizado cuál debe ser la actitud ante ese gigante: Enfrentarlo con sus propios elementos. Recordemos que para Martí EE UU es en realidad el resultado del equilibrio de dos elementos enfrentados, uno “tempestuoso y rampante”, y otro de “humanidad y justicia”:

“En los Estados Unidos se crean a la vez, combatiéndose y equilibrándose, un elemento tempestuoso y rampante, de que hay que temerlo todo, y por el Norte y por el Sur quiere extender el ala del águila, —y un elemento de humanidad y justicia, que necesariamente viene del ejercicio de la razón, y sujeta a aquel en sus apetitos y demasías. Dada la dificultad de oponer fuerzas iguales en caso de conflicto a este país pujante y numeroso, es útil irle enfrenando con sus propios elementos y procurar con el sutil ejercicio de una habilidad activa, que aquella parte de justicia y virtud que se cría en el país tenga tal conocimiento y concepto del pueblo mexicano, que con la autoridad y certidumbre de ellos contraste los planes malignos de aquella otra parte brutal de la población, que constantemente se elabora por la seguridad de la fuerza y el espectáculo del éxito…” (Publicado en El Partido Liberal de México, el 28 de enero de 1887).

La propuesta martiana a Don Porfirio es la de sacar a Cuba de las manos de una España que terminaría más tarde o más temprano por cedérsela a EEUU, o ante cuyas fuerzas no tendría posibilidades de victoria ni argumentos de peso para evitar el enfrentamiento, en vista de que siempre sería la decrépita España monárquica contra el campeón de la democracia y la independencia política en las Américas. En su lugar, sin embargo, una Cuba independiente y democrática, o en lucha por la independencia y la democracia, se blindaba ante las apetencias expansionistas de cierto sector norteamericano. Ya que ir contra ella era ir contra lo esencial del discurso en base al cual esa nación pretendía ejercer la hegemonía hemisférica, a la manera de un superprotector de las independencias y libertades de sus pueblos frente a la Europa monárquica e imperialista.

Que Don Porfirio se dejara enredar por unos argumentos en que por un lado se lo quiere asustar con la amenaza yanqui que se cierne sobre Nuestramérica, y por otro se le brinda una solución a la misma, una Cuba independiente y democrática como valladar a las tales apetencias, que en lo esencial equivale a reconocer que la tal amenaza no era tan amenazante; o que no lo era al menos para naciones en que a diferencia de la suya se practicaban formas de gobierno democráticas, es ya una cuestión sobre la que solo cabe especular, al no haberse nunca enviado esta carta. En todo caso con la misma Martí solo pretendía abrir un canal de negociaciones.

Es cierto, no obstante, que las propuestas eran contraproducentes, en lo esencial porque eran los argumentos de un demócrata queriéndose abrir paso por entre la muy diferente mentalidad de un autócrata; porque se basaban en la reutilización de un concepto político, el Nuestroamericanismo, en lugar de toda la región solo para un país, con lo que el concepto perdía lo principal de su poder de seducción, pero tampoco cabe dudar de la flexibilidad mental de Martí, superior a la de Don Porfirio. Él, a que dudarlo, de no haber muerto aquel mediodía de mayo habría hallado el modo sagaz, efectivo e inmediato, de obtener la ayuda de México.

Retomemos la carta que habíamos dejado en las primeras líneas del sexto párrafo.

Lo que resta de ella, hasta la corta parte “personal”, es en sí una explicación de esta oración: “Yo ya lo habría hallado y propuesto”. El modo discreto de que México auxilie a tiempo a quien lo defiende, a Cuba, se entiende.

Martí explica en definitiva porque no ha hecho ninguna de las dos cosas: la Revolución carece aún de forma jurídica, no es todavía más que un desordenado conjunto de tropas dirigidas por viejos caudillos. Habrá que esperar a que se dé una estructura de gobierno, a que sus fuerzas se organicen en un ejército que responda a ese gobierno. Esta es la tarea del momento, la que una vez terminada permitirá hacer tratados, o acuerdos (casi de seguro secretos) con las naciones latinoamericanas.

Que esté él o no al frente de la futura República en Armas, le aclara a su intermediario mexicano, no es tan importante. Su pensamiento no desaparecería. Pero de todas formas no hay porque preocuparse, “defenderé lo que tengo yo por garantía y servicio de la Revolución”, le escribe a Mercado, y tras estas palabras descubrimos la razón de su prematura muerte en Dos Ríos. El intelectual que ha levantado la Revolución sabe que la única manera que tiene de llevarla por el camino correcto hasta dejarla convertida en República Democrática y Virtuosa, es demostrando su arrojo en el campo de batalla. Mucho depende de que él logre mostrar su valor en el campo de batalla.

Solo que Martí conoce las batallas únicamente por los libros. Es esa la razón de la disparatada carga a que se lanza en medio del confuso combate de Dos Ríos. Mucho sabe que está en juego: Martí es consciente de que en el campo insurrecto solo él comprende que la independencia de Cuba, más que en los campos de batalla, se ganaba en los sutiles acomodos de la Isla entre los muchos poderes globales y regionales de la época. Precisamente la carta que entonces llevaba en uno de los bolsillos de su saco era una poderosa y bien pensada arma en esa sutil batalla.


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