Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cumbre, Castro, Obama

La cumbre de las flores

Un triunfo de palabras, intenciones y gestos, tanto para el gobernante Raúl Castro como para el presidente estadounidense Barack Obama

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Tras los golpes las flores, podrían estar pensando algunos. Pero lo cierto es que no hubo dos cumbres sino una. Los foros, actos y acontecimientos que la precedieron puede decirse que en cierta medida complementan el evento y casi “lo adornan”, pero son ciertamente secundarios.

La Cumbre de las Américas se llevó a cabo entre el viernes 10 y el sábado 11 en Panamá y lo demás resulta accesorio. Hay que agregar que resultó un éxito tanto para el presidente estadounidense Barack Obama como para el gobernante cubano Raúl Castro, aunque uno no esté de acuerdo con ese éxito.

Eso sí, un triunfo de palabras, intenciones y gestos, ¿pero para qué otra cosa sirven las cumbres?

El presidente Obama logró que Caracas no le descarriara su intención principal, al aceptar participar en el evento junto a Castro: vender la imagen de Estados Unidos como una superpotencia posterior a la guerra fría y a la época del “imperialismo yanqui”.

Para ello, y desde el inicio, contó con la “complicidad” de La Habana, que en buena medida debe haber actuado para que el presidente venezolano Nicolás Maduro moderara no su discurso sino sus acciones.

Nadie le iba a robar el show a Obama y Castro, y así fue. Para ello trabajaron unidos. Una vez más quedó demostrado un hecho paradójico: pese a su petróleo, Venezuela no es más que una colonia de Cuba y Caracas no pasa de ser una sucursal de La Habana. Hay que decirlo desde ya: el gran perdedor de la cumbre fue Maduro, y en parte se lo debe a Castro, fue utilizado de peón, como un gritón de barrio que se saca para intimidar un poco y luego se echa a un lado a la hora de una conversación seria.

Poco importa que, para salvar la cara, el mandatario venezolano salga ahora con el argumento de que EEUU echó para atrás en la declaración de agresión. Seguramente repetirá una y mil veces este argumento porque no puede quedarse callado un momento.

Desde el principio quedó claro que tal declaración no era más que una simple fórmula de procedimiento y la sanción se limitaba a siete miembros de la camarilla chavista.

Lo importante es que no logró una reacción hemisférica conjunta de rechazo a las sanciones estadounidenses. Que a cambio de ello no se produjera una declaración final del evento resulta secundario, porque no es la primera vez que ocurre. Lo básico aquí es que Maduro no se salió con las suyas. Hay que agregar, de paso, que quedó como un patán durante su discurso.

Raúl Castro ganó también, no solo por la inclusión de Cuba en el evento —algo que se venía fraguando hace tiempo— sino por dosificar, siempre a su conveniencia, un discurso al que no se le puede reprochar un retroceso en los “principios revolucionarios”, pero al que tampoco se pueda atacar por falta de flexibilidad. Más aún si se toma en cuanta la inclusión, tras la reunión aparte con Obama, de unas palabras que si no son enigmáticas, dejan abierto el juego a las especulaciones: “Podemos estar en desacuerdo en algo hoy y en un breve tiempo podríamos estar de acuerdo”, algo de lo que pidió tomaran nota tantos los miembros de la delegación norteamericana como cubana. Sin duda el conspirador por excelencia.

Castro hizo una defensa ideológica en su discurso, y por el tono de sus palabras y su recapitulación histórica pudo sonar menos pragmático que Obama y aún apegado al pasado —todo lo contrario al norteamericano—, pero en conjunto, su presencia y carácter desplegaron al mismo tiempo un mensaje similar, aparentemente de cara al futuro: “Hay que apoyar a Obama, es un hombre honesto”, sentenció.

Al exonerar al presidente estadounidense del historial “imperialista” realizó una pirueta antimarxista pero muy castrista: en última instancia, todo depende del hombre. No fue más que la confirmación de que compartía la creencia de una nueva era estaba en marcha para Cuba (eso sí, que a nadie se le ocurra pensar que sin su protagonismo y el de los suyos).

Sus palabras no fueron decisivas, pero contribuyeron al espíritu de una reunión latinoamericana donde, por primera vez en décadas, más allá de las críticas puntuales esperadas, hubo un clima de aceptación, e incluso de reconocimiento, a una nueva era en que EEUU resurge a jugar un papel fundamental en la política y la economía de la zona, con la estadounidense en alza, mientras la China ha bajado el ritmo y da muestras de fatiga. En última instancia, la Cumbre fue también un intento de freno, por parte de Washington, a la expansión china.

Por supuesto que en la lista de perdedores se pueden apuntar —además de la moral estricta que siempre queda fuera de estas reuniones— los avances en la lucha en favor de la democracia y los derechos en Cuba.

Previo a la Cumbre, el gobierno cubano hizo política en Panamá, no de cara al futuro sino para mantener su propio pasado. Para ello le bastó recurrir a los procedimientos simples y torpes de siempre: algarabía, actos de repudio y golpes. Hasta participó un viejo alto oficial de la inteligencia cubana, al parecer en plan de retirada cuando se lanza o le destinan a estos menesteres menores (en Miami han enfatizado la presencia del coronel Alexis Frutos Weeden, en plan de destaque a sus represores).

Por lo demás, las perspectivas tampoco resultan muy buenas para el exilio tradicional de esta ciudad.

Horas antes del encuentro con Castro en la inauguración de la Cumbre, Obama estuvo en el Foro de la Sociedad Civil, al que asistieron la abogada Laritza Diversent y Manuel Cuesta Morúa.

Cuesta Morúa es un activista socialdemócrata, opuesto al embargo y con ideas poco afines con el llamado “exilio histórico“ de Miami.


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