Actualizado: 21/09/2020 14:29
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| Opinión

Cumbre de las Américas

La cumbre de los intereses disfrazados

Mientras los países de las Américas avanzan en democracia, viran la espalda a la verdadera situación existente en Cuba

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Que no habría una declaración política era una jugada cantada para la VI Cumbre de las Américas, efectuada en Cartagena de Indias, Colombia, el 14 y 15 de abril. Se ha pretendido catalogar de fracaso, desconociendo los prolongados e inusuales intercambios de opiniones, mucho más provechosos que los papeles archivados. La principal manzana de discordia sería la participación del Gobierno de Cuba, y en menor medida una condena al Reino Unido por la ocupación de las Islas Malvinas (Falklands) en perjuicio de Argentina, temas no contemplados en la agenda negociada desde hacía muchos meses.

La Cumbre evidenció los grandes intereses que se mueven entre los máximos políticos de América Latina y los débiles países del Caribe. En las antípodas de la polarización están en “amistosa pugna” Brasil, siempre aspirante al poder hegemónico al sur del Río Grande-Bravo, con ínfulas de gran potencia mundial; y Venezuela con su corte del ALBA. Agrupados con ellos se encuentran los demás, hacia Brasil, según sus aspiraciones y potencialidades económicas, están México, Colombia, Chile, Perú y Costa Rica, fundamentalmente, mientras Chávez calza a Argentina con maletas de dólares y a los caribeños con el petróleo barato, que no los convierte en incondicionales seguros, sobre todo en momentos de incertidumbre sobre el futuro del mandatario.

La coyuntura económica de la última década ha permitido el auge de América Latina hasta añadir a México, Brasil y Argentina en el Grupo de los 20. La demanda de materias primas y alimentos por China, con altos precios en el mercado mundial, impulsaron la bonanza. La ofensiva de Irán en la zona sirvió de advertencia político-militar, más que de soporte financiero. Pero, cuidado, eso puede cambiar.

La crisis económica en Estados Unidos, ya en recuperación, y de la Unión Europea, en continuo declive, parece provocar el espejismo latinoamericano de que tiene fuerza suficiente como para imponer su voluntad, al margen de los criterios y prácticas con más de 60 años, y que contribuyeron al arribo de la democracia que ellos mismos disfrutan, pero que puede revertirse si no se cultiva con ahínco. El subcontinente ha perdido el complejo de inferioridad, y puede caer en la ilusión de superioridad. En ese derrotero, Cuba es un pretexto para crear dificultades que beneficien intereses de los círculos políticos y empresariales propios.

Que se conozca, los criterios de participación no han cambiado, ya que continúa vigente el acuerdo de la Tercera Cumbre, realizada del 20 al 22 de abril de 2001 en Quebec, Canadá, de adoptar “una cláusula democrática que establece que cualquier alteración o ruptura del orden democrático en un Estado del hemisferio constituye un obstáculo para la participación del gobierno de dicho Estado en el proceso de Cumbre de las Américas”, ampliado en la “Carta Democrática Interamericana” de la Organización de Estados Americanos, el 11 de septiembre de 2001. Pero en la V Cumbre de 2009, cesó la suspensión del Gobierno cubano en la OEA, con la anuencia de Estados Unidos, ya bajo la presidencia de Obama, y Canadá, por lo que desde entonces las autoridades de la Isla podían solicitar el comienzo del proceso de admisión, lo cual no realizó, sino que continuó con sus imprecaciones y prácticamente demandas de satisfacciones.

La controversia antes y durante las sesiones de Cartagena ha parecido las flagelaciones que desde La Habana exigían a cambio de no cambiar nada en Cuba. Acaso han disfrazado los verdaderos objetivos que deseaban arrancar de Estados Unidos y Canadá bajo la supuesta voluntad inclusiva. El manido rechazo al absurdo embargo-bloqueo económico de Estados Unidos se tomó como argumento contra la exclusión del Gobierno cubano, abjurando del apoyo al pueblo en sus derechos de gozar de la democracia que ellos mismos dicen procurar a sus ciudadanos, y desconociendo los principios de las Cumbres, que no han modificado. Sugerían que el presidente Obama no era capaz de virar la hoja porque tenía la presión de las próximas elecciones, cuando el voto cubano-americano y latino será importantísimo. Bien sabían que él no podía desconocer los principios democráticos, y que se pondría en entredicho el prestigio ante la opinión pública de su país, para beneficio de los contendientes republicanos, que seguramente serían mucho más negativos para la gran minoría latina y los países de nuestra región. Por tanto, usaron las cartas Castro-Chávez y asociados, las cartas del pasado retrogrado y oportunista.

Sin embargo, los 5 objetivos de la agenda de la Cumbre que son esenciales para el desarrollo de las Américas, fueron abordados y se acordaron acciones: Integración de la estructura física de las Américas; Pobreza, desigualdad e inequidad; Reducción y gestión de riesgos de desastres; Acceso y uso de las tecnológicas de la información y las comunicaciones; y Seguridad ciudadana y delincuencia organizada transnacional. Posiblemente habrían sido más fructíferas, si no se hubiera dedicado tanto tiempo al tema diversionista. El presidente Obama demostró gran voluntad de diálogo, cuando sabía que en la conferencia se proponían crearle todas las dificultades posibles, e incluso alargó el tiempo que originalmente tenía programado. Ha afrontado las consecuencias del alejamiento de la región por sus predecesores, así como propio debido a la magnitud de tantos problemas heredados y los surgidos durante su mandato. Indudablemente llevaba entre sus propósitos fundamentales el incremento de las exportaciones, con incidencia en la creación de empleos en Estados Unidos.

Ningún mandatario norteamericano había tenido tantos gestos de acercamiento. Además, evidenció reconocimiento a los colombianos, el presidente Santos y las potencialidades de su país durmiendo dos noches en Cartagena, donde solamente Franklin D. Roosevelt había pernoctado en una ocasión, pero en un barco norteamericano anclado en el puerto. Con ello se propuso demostrar que concluyó la época de gran inseguridad, lo cual estimula las inversiones extranjeras. Participó con su homólogo y Shakira en la entrega de tierras a afrocolombianos desplazados, un programa para los cientos de miles de personas damnificadas por el conflicto armado y el narcotráfico. Además, resaltó la entrada en vigor del Acuerdo de Libre Comercio Colombia-Estados Unidos el 15 de mayo.

“Conectando las América: Socios para la Prosperidad” fue el lema de la Cumbre. Juan Manuel Santos manifestó al concluir que “teníamos dos opciones: enfocarnos únicamente en la redacción de una declaración, como tantas veces ha sucedido, o hablar francamente de los temas que nos unen, pero también de los que nos dividen”. Por supuesto entre estos estaban fundamentalmente la cuestión Cuba y la legalización del consumo de drogas, que Estados Unidos habían manifestado que no podía aceptar. Los anfitriones se esmeraron en facilitar una atmósfera inclusiva, no solo mediante el Foro Empresarial auspiciado por el sector privado colombiano, con más de 700 participantes estadounidenses, nacionales y de diversos países, que intercambiaron con Dilma Rousseff, Juan Manuel Santos, Obama y otros mandatarios, sino simultáneamente con la Cumbre de los Pueblos.

La escapada para distracción de Hillary Clinton fue mucho más que eso. No parece casualidad que escogiera el Club Havana, donde fue retratada bailando ritmos cubanos. Es realmente lamentable que los medios de prensa se desviaran inicialmente hacia Cuba, y luego al molesto asunto de los oficiales de seguridad del presidente Obama ligados con prostitutas. Mientras los países de las Américas avanzan en democracia, buscan vías de progresos socio-económicos y procuran combatir eficientemente sus grandes problemas, viran la espalda a la verdadera situación existente en Cuba. Si bien la confrontación sirve al atrincheramiento de la élite gobernante, la complacencia y el apoyo a sus caprichos fortalecen el inmovilismo. El diálogo y el establecimiento de puentes serían beneficiosos, si hubiera dos para bailar el tango. Desafortunadamente, al cabo de seis años, Cuba transita “sin prisa, pero sin pausa”, tan lentamente que no se aprecia el movimiento.

No sería suspicaz suponer que los hermanos de la región se lanzan en una rápida carrera para posicionarse en el archipiélago cubano en estos momentos de gran fragilidad interna e incertidumbre chavista, sobre todo antes de tener que competir con los empresarios norteamericanos. Pero al mismo tiempo que escenifican actitudes de fuerza, pretenden dejar las puertas abiertas porque no pueden prescindir de Estados Unidos y Canadá. Es un equilibrio movedizo, en un mundo económicamente inestable y políticamente incierto.

De supuestas buenas intenciones está empedrado el camino hacia el infierno.


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