Actualizado: 26/04/2019 9:24
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Calendario, Revolución Francesa

La elaboración política del tiempo

El calendario se pretendía universal y sin embargo se constreñía a lo agreste

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Imagine el lector que el día transcurra de medianoche a medianoche, dividido en diez horas. A mediodía, serían las cinco. A medianoche, el fin del día, serán las diez. El minuto es la centésima parte de la hora, en tanto que el segundo es la centésima parte del minuto. Si se hacen conversiones, el minuto decimal correspondería a: 1,44 minuto sexagesimal; los 86.400 segundos sexagesimales del día, a 100.000 segundos decimales del día en consecuencia.

He tratado de imaginar como sería la vida bajo el día decimal, pero no he logrado gran cosa fuera de ver en los museos relojes decimales de todos los tamaños, los cuales resultan más incomprensibles aún.

El tiempo decimal se introdujo oficialmente, con carácter obligatorio, el 24 de noviembre de 1793 (4 de Frimaire del año II), junto al nuevo calendario republicano en la Francia jacobina.

Se había desechado al calendario gregoriano, por su carácter cristiano y ligado al Ancien Régime opresor, para sustituirlo por otro. El año pasaba a constar de 12 meses, cada uno de 30 días. Al final, se agregaban cinco o seis (si el año era bisiesto) días, llamados los sans-culottides. Cada uno de éstos, tenía un nombre: el día de la virtud (17 de septiembre); el día del genio (18 de septiembre); el día del trabajo (19 de septiembre); el día de la opinión (20 de septiembre); el día de la recompensa (21 de septiembre); y el bisiesto, el día de la revolución, el 22 de septiembre. Ello se debía a que el 22 de septiembre de 1792, el siguiente de la abolición de la monarquía, había sido decretado el año I de la República, el primer día de la nueva era. La anterior pasó a denominarse como “vulgar”. Para los revolucionarios, no existía el año cero.

En realidad, ya desde el 14 de julio de 1789 quisieron llamar a ese año como el “uno” de la era de la libertad. No fue hasta el 20 de septiembre de 1793 en que la Convención encarga a un equipo, dirigido por Charles-Gilbert Romme, el trabajar en la confección de un nuevo calendario, que fue aprobado pocos días después, para hacerse obligatorio como ya señalado en noviembre de ese año.

Cada mes, se dividía en tres décadas. Cada década, en diez días: primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi, sextidi, septidi, octidi, nonidi y décadi. Y cada día, en diez horas; cada hora, en diez partes, y así sucesivamente, “justo hasta la más pequeña porción medible”.

No bastaba con la división efectuada. Había que, adánicamente, nombrar de nuevo. Ello se le encargó a otro equipo, presidido por el actor, dramaturgo y poeta (y secretario de Danton) Fabre d’ Églantine, e integrado por Marie-Joseph Chénier y David, esos otros dos “intelectuales comprometidos”. Fue a Fabre a quien se debieron los nuevos nombres. Los meses de otoño terminaban en “aire” (Vendémiaire, Brumaire, Frimaire); los de invierno en “ose” que pasó a ser “ôse” (Nivôse, Pluviôse, Ventôse); los de primavera en “al” (Germinal, Flóreal, Prairial); los de verano en “idor” (Messidor, Thermidor, Fructidor). Cada nombre se refería a lo que lo definía climáticamente: el calor, por ejemplo, en Thermidor; o la nieve, en Nivôse.

Restaba el problema de los días, a los que se le adjudicaba un santo en la tradición. Fabre dijo que había que echar a todos esos pretendidos santos; no se podía continuar con esos esqueletos beatificados sacados de las catacumbas de Roma. Le puso un nombre a cada día del año. Acudió para ello al trabajo agrícola, al mundo rural, similarmente a las denominaciones de los meses que evocan el ritmo de la naturaleza. Para llamar a los días, recurrió a los vegetales, las flores, las frutas, los árboles, los animales, las herramientas de trabajo, las labores. Por ejemplo: pesca, uva, castaño, pimiento, tomate, calabaza, barril, rodillo, vaca, trineo, sal, gato, toro. El calendario se pretendía universal y sin embargo se constreñía a lo agreste.

¿Cómo tal artificialidad, pese a la lógica que reclamaba, le podía ser impuesta a las gentes?

Los jacobinos se proponían re-estructurar el tiempo social, re-diseñarlo políticamente. La cuestión era considerable. En su informe a la Convención en octubre de 1793, en nombre de la “luz de la razón”, Fabre expuso la necesidad de lo que denominó el “imperio de las imágenes”. (Un concepto que tendría repercusiones más amplias en los años posteriores a la República.) Dijo Fabre: “La vieja costumbre del calendario gregoriano ha llenado la memoria del pueblo de un número considerable de imágenes que ha reverenciado durante mucho tiempo, y que son hoy la fuente de sus errores religiosos; hay pues que sustituir esas visiones de la ignorancia por las realidades de la razón. (…) No concebimos nada que no sea por medio de las imágenes: incluso en el análisis más abstracto, en la formulación más metafísica, nuestro entendimiento no se realiza sino por medio de las imágenes. (…) En consecuencia, ustedes las deben aplicar a vuestro nuevo calendario, si ustedes quieren que el método y el conjunto de ese calendario penetren con facilidad en el entendimiento del pueblo y se graben con rapidez en su memoria”.

La “luz de la razón” filtraría los significados deseados, con los propósitos del control del tiempo y su eficiencia.

El problema más peliagudo que confrontaron fue que las gentes se adaptaran a la “semana” de diez días. Hubo resistencia, especialmente en las regiones “geopolíticas”, es decir, fuertemente católicas como la Vendée. Pero los comités de vigilancia revolucionaria se encargaban de velar por ello, denunciando a quienes se escondían durante el décadi, decretado como reposo obligatorio para adorar al Ser Supremo, y continuaban trabajando en secreto. El asunto, sin embargo, desbordaba lo religioso. Sencillamente, las gentes se agotaban por tener que trabajar durante nueve días. El carácter cíclico de los siete días, acaso una gran contribución judía que por su eficacia fue luego adoptada por otros, como los romanos que tenían previamente su “semana” de ocho días, revelaba ser esencial.

Y si los nombres de los santos habían sido desterrados, ¿cómo nombrar a los recién nacidos? Proliferaron los nombres de los “mártires”, como “Marat”, “Maratine” (recuerdo en Cuba a una “Stalina”), “Rousseau”, “Legrand Rousseau”, “Lepelletier”. O los de una corriente política, como “Montaña”. Si no, nombres de batallas victoriosas, tratados de paz y acontecimientos como: “Gemmapes”, “Lunéville”, “Congreso de Rastadt”, “Diez de Thermidor”. Los nombres de la antigüedad romana eran más convencionales, como “Bruto”. A una niña le pusieron “Constitución/Libertad/Igualdad”. A un niño, “Roca de la libertad”. Otros fueron llamados “Escarapela”, “Tricolor” o “Patriota Republicano”. Algunos sostienen que existieron presiones políticas para nombrar así a la descendencia, que ello no podía ser del todo espontáneo. (Imaginémonos a un padre diciendo: “¿Congreso de Rastadt, dónde te has metido?”) Desde luego, la resistencia se manifestó con nombres contrarrevolucionarios, como Louis y Marie-Antoinette, los más socorridos.

Para volver al calendario republicano, el dilema fundamental, más que el de la década, fue el del día decimal. Fracasó y tuvo que ser abolido en 1795. Aunque el sistema métrico de pesos y medidas fue un éxito, el descalabro del día decimal se debió a que diez no es divisible por cuatro. Habrían tenido que modificar las esferas de todos los relojes existentes, y las ruedas internas de sus mecanismos. Lo intentaron, pero no pudieron: el costo material y financiero era improbable.

Napoléon abolió el calendario republicano por senatus-consultus en 1805. A partir del 1 de enero de 1806, se volvió al calendario gregoriano. La reminiscencia se manifiesta en la lengua francesa, en la que decade es un periodo de diez días, y décennie, uno de diez años.

El calendario republicano volvió a usarse durante dos meses en la Comuna de París, en 1871 (el año 79), al menos en las publicaciones oficiales. Benito Mussolini lo adoptó en 1922, inauguró su “era fascista” con el calendario jacobino. Fue usado conjuntamente con el calendario gregoriano desde el 29 de octubre de 1922 hasta 1940.

Los soviéticos también hicieron lo suyo. Desde el 1 de octubre de 1929, decretaron que todos los meses tenían 30 días. Los restantes cinco o seis se añadían, con nombres como “día de Lenin”, o “día del trabajo”, una coincidencia con uno sans-culottide. Debido a la connotación religiosa del sábado y el domingo, acortaron la semana a cinco días. No obstante, continuaban usando el calendario gregoriano, que Lenin había introducido. El 1 de diciembre de 1931 se regresó a la duración tradicional de los meses y se implantó la semana de seis días, con un día de descanso para todos. No sería hasta 1940 en que restauraron la vieja semana de siete días.

El experimento jacobino fue el más radical. Le otorgaron al tiempo un significado político, y lo dispusieron para que fuese elaborado en consecuencia. Si el tiempo no es neutral, su epítome más notorio sería lo realizado por el régimen jacobino. Esos hombres tenían la convicción de que la política podía conscientemente conformar la experiencia temporal de las gentes, como si pudieran así enriquecer su existencia diaria.


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