Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Cuba, Dictadura, Cubanos

La excepcionalidad y el dictador

Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y finalmente obtusas

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“It would not be impossible to prove with sufficient repetition and
psychological understanding of the people concerned that a square is in
fact a circle. They are mere words, and words can be molded until they
clothe ideas in disguise”
Joseph Goebbels, empleado de un dictador que se tomó la
excepcionalidad muy a pecho

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“Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!”, escuché —escuchamos, los cubanos— con tal frecuencia que nos acostumbramos a pensar que, efectivamente, tener un dictador equiparable a un equino era la gran cosa; equino en jefe, venerado con mansedumbre de yegua dominada —Caballo, ésta es tu anca—. Caballo, que significa que es, además, excepcional, porque, ¿qué fuera del dictador o dictadura que no se autoproclamara excepcional?

O, ya que se menciona, ¿qué fuera de un grupo que no se crea tanto de sí mismo y no se dijera excepcional?

Véase, digamos, Europa.

Cada nación europea se ha sentido en algún momento mejor que las demás, y lo ha manifestado sin dejar lugar a dudas, por lo general invadiendo algún país vecino, fundando imperios, destruyendo civilizaciones, protagonizando guerras mundiales, o declarándose meca de la gastronomía.

No importa que en algún momento otros iluminados, como Gengis Khan, o los otomanos, cimbraran la autoestima europea con tanto esfuerzo construida: la excepcionalidad —o la ilusión de poseerla— es, más que una cualidad, un credo. Y como tal, imbatible. Credo que, por cierto, ha fomentado naciones de éxito, como los hebreos, o que está recreando el medioevo en pleno siglo XXI, como eso de los musulmanes.

El pasado sábado, sabbath, veía pasar a judías empelucadas, con sombreros de atrezzo, dos pasos por detrás de sus judíos —ceñudos tras sus barbas, enfundados en negros trajes— tocados a su vez con sombreros alones y kippah, en camino a la sinagoga, a adorar a su Caballo, que los hace sentir excepcionales. Porque hay cierta excepcionalidad en los judíos, que no tienen dictadores, pero tienen su religión —y la sopa matzo, que es una mierda, pero que a mí me queda muy buena. La religión, que es quizá la única forma de dictadura que trasciende. Esa su filosofía étnico-religiosa, para variar, funciona: véase el distrito de los joyeros en Manhattan, los barrios judíos de Long Island, el personal de los hospitales y clínicas —mi hijo se atiende en el Long Island Jewish, formidable sistema hospitalario de Nueva York—, o échesele una ojeada a los laureados con el Premio Nobel.

Ese mismo sábado, un poco más tarde —sábado que por cierto exhibió excepcional calor y humedad para esta bendecida latitud—, observaba en el Brooklyn Bridge Park, en un parque infantil repleto de familias y niños, a una señora musulmana, ataviada con esa enorme vestimenta de intenso color negro —la tela de notable calidad, orlada de brocados también oscuros—, la cabeza cubierta, la cara embozada, apenas mostrando los ojos, casi invisibles en la sombra del rebozo. Atendía a dos niños, que en nada se distinguían de los demás, y era a su vez cuidada por un hombre, nada excepcional, vestido a la occidental, que buscaba los ojos de los que —era inevitable— los examinaban con curiosidad, y hasta con un poco de aprensión; el hombre miraba entonces con fiera fijeza, hasta lograr que la otra persona desviara la mirada, desactivando así la impertinente curiosidad.

Me resultó imposible evitar el cliché prejuicioso pues a su espalda, del otro lado del East River, se perfilaba Manhattan, y la Liberty Tower, esa pieza postiza que infructuosamente intenta llenar el espacio que ocupara la majestuosidad excepcional de las Torres Gemelas.

Les funciona entonces, eso de ser nación con cinco milenios de edad y una religión estricta, a los judíos.

A los musulmanes contemporáneos, estancados en el tribalismo y el fanatismo, ya no les funciona.

Resulta imposible asociar a Abu Ali al-Husayn ibn Abd Allah ibn Al-Hasan ibn Ali ibn Sina, el ilustre Avicena, eminente pensador de la época dorada del islamismo, o a al-Khwaarizmi (guarismos, babe, guarismos…) y Omar Khayyam, genios excepcionales que desarrollaron el álgebra en la Edad Media, con el Ejército Islámico que, mientras escribo, está asesinando civiles y destruyendo reliquias de la civilización asiria en Iraq.

En qué momento el islamismo perdió el rumbo y embarrancó en lo que es hoy, no lo sé. Quiero pensar que esa pérdida de la excepcionalidad tiene que ver con que es el Islam la más joven de las religiones abrahámicas pero a la vez quiere ser, como todas las religiones, la única verdadera, y en ese afán recurre a la violencia y el oscurantismo.

Religión joven entonces, pero con algún aspecto atractivo que se me escapa, pues tiene muchos seguidores, aunque su número sea todavía menor que el de los cristianos, gracias a la labor tenaz de los Cruzados, Fray Tomás de Torquemada, Roma, España y Portugal (el caldo verde portugués es una sopa con salchichas excepcionalmente buena); los musulmanes, infelices, no comen caldo verde ni salchichas de cerdo pero, decía, son numerosos: de todas las razas, diseminados por todo el planeta, hablan los más disímiles lenguajes, rezan azuzados por sus muecines, disfrutan de fabulosas riquezas por casualidad y no por su talento, y forman parte ahora de un enorme problema que por su inmediatez empequeñece incluso la amenaza del cambio climático.

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Se ha demostrado también que los musulmanes necesitan a sus dictadores; esos Caballos briosos, excaciques tribales que se encabritan y hacen bramar de orgullo a sus adoradores, que los obedecerán sin chistar.

Estados Unidos, paladín de la libertad, bastión del american exceptionalism, la nación más exitosa, la mano que sostiene el poder, que lo tiene todo, todas las libertades, todas las posibilidades, todo el sentido común, una Constitución de primera, y una pésima tradición gastronómica, en los últimos veinticinco años desató un par de guerras inútiles y se encargó de derribar a varios de esos dictadores que constituían el dique entre la excepcionalidad occidental y la decadencia islámica; con ello desestabilizó, probablemente para siempre, a la zona más volátil del planeta, con consecuencias cuya gravedad aún está por verse.

Hay naciones entonces que necesitan tanto de su religión como de dictadores para mantener lo que entienden por excepcionalidad.

Cuba, y los cubanos, parecieran necesitar dictadores; o más libertades, se escucha con frecuencia. Veamos esa hipótesis.

Muchos cubanos pertenecemos al par de generaciones que se educó bajo el embate de la megalomanía de Fidel Castro, y hemos logrado alcanzar niveles educacionales y académicos excepcionales si se comparan, en época, ocasión, y proporción, con el resto del Tercer Mundo.

Disfrutamos de esa ventaja, y aun volamos con esas alas prestadas; alas que en última instancia se le deben al derroche de recursos con que la ex Unión Soviética et al. financiaron el izamiento de las banderas de la educación, la salud pública y el deporte en Cuba, estandartes de la ficticia excepcionalidad isleña. Las putas, cuya supuesta supresión en algún momento fue incluida en las estadísticas de Cuba la Exitosa, regresaron por sí solas al oficio y fueron desechadas como argumento, si bien se dijo entonces que al menos eran putas muy educadas.

Los soviéticos, por cierto, por arte de Gorbachov devenidos en rusos, y un rosario adicional de naciones y etnias, se ufanan de ser excepcionales también, pero a escala global. Cuentan incluso con un equivalente ruso-soviético para cada invención o logro científico de Occidente: la ciencia y la tecnología parecen haberse inventado dos veces, una acá, y otra en una suerte de mundo paralelo que, de dársele crédito a los rusos, ha tenido lugar allá en la Trans Europa, donde las alfombras se cuelgan en las paredes.

Hay quien le adiciona a la excepcionalidad ruso-soviética la capacidad de esos eslavos norteños para trasegar litros de vodka —no solo el caviar, sino el arenque ruso es muy bueno también; ni se diga del esturión ahumado—, y su resistencia para soportar un frío de espanto; yo pienso que tiene mucho que ver con esa inusual transición de un feudalismo tardío a país socialista y de ahí a nación capitalista de medio pelo, con zares, dictadores y tiranuelos para cada etapa.

Tal vez ese andar atropellado —y el alma rusa, esa russkaya dusha que evoca a un tipo nostálgico, en suéter cuello-de-tortuga, cantando una melancólica balada mientras rasga una tosca guitarra en un bosque de abedules— sea el que ha dejado a Rusia atorada en ese limbo que llaman BRIC (Brasil-Rusia-India-China), grupo de naciones que también pudiera denominarse Sí-Pero-No; un grupo cuya excepcionalidad parece radicar en estar parcheados por igual de tecnología, finanzas, riqueza, pobreza, e inestabilidad.

Los problemas de los cubanos son diferentes.

A pesar de aquel impulso CAME que duró unas tres décadas, tan desproporcionado a las posibilidades reales que representaban azúcar, tabaco, concentrado níquel-cobalto y naranjas, los cubanos hoy no tenemos —no tienen— ni tecnología, ni finanzas, ni ciencia, ni religiones a las qué aferrarse; no hay ninguno de los nuestros en las listas de Premios Nobel, el deporte cubano se ha desmoronado, la salud pública colapsa y la educación escasamente produce profesionales tercermundistamente competitivos.

Lo que resta (además de nuestra crujiente dieta de grasas y almidones) son unos políticos cubano-americanos acá, en Estados Unidos, cuyo discurso a veces huele a polvo de lugares abandonados; allá, en Cuba, una familia de dictadores ineptos, administradores miserables, y viceversa; y en todas partes, donde haya cubanos, la idea fija de que somos excepcionales.

Qué debería ocurrir para que la realidad nos acabe de caer como un mazazo de gracia que deshaga tanto delirio y nos eche a andar, la verdad no lo sé. Quizás otro dictador deba aguijonear con púa fresca allá en la Isla las fantasías nacionales, a ver si la creatividad y el talento por fin se imponen y vencen la abulia nacional, visto que las libertades —estas ajenas que aquí en EEUU tan orondos disfrutamos— tampoco han hecho de la nación emigrada nada excepcional.

A los cubanos entonces —a esa no-nación dispersa por naturaleza— parece que no nos salvan ni las dictaduras ni las libertades, con lo que la hipótesis queda rechazada.

3

Puede resultar difícil descifrar cómo se erige un dictador; cómo millones de personas se vuelven primero crédulas, después adictas y finalmente obtusas: habría que preguntar mucho, detenerse en cada encrucijada, desandar años de camino para poder, quizás, encontrar una respuesta.

Pero más desconcertante resulta el indagar en los porqués de la ilusión de la excepcionalidad; es como abrir un arca donde se dice había un tesoro, y encontrarla vacía.

“Oye, que ese es el Caballo… ¡El Caballón!”, y “¡Es que nosotros los cubanos somos de pinga!” son entonces dos de los pilares que sostienen el absurdo de la cubanidad contemporánea —cubaneo cotidiano, parece más apropiado—; mientras sigan en su lugar, apuntalando la cobija del bohío nacional, los cubanos seguiremos siendo solo lo que hoy somos: una nación ilusa y sumisa que danza, alucinada, alrededor de un plato con chicharrones.


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