Actualizado: 28/09/2022 13:56
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Reproducción, Cuba, Familia

La familia, esa institución social cuyo fin es la reproducción humana

Para quien esto escribe el hombre, y sobre todo el moderno, es un animal enfermo psicológicamente, un “rarito”, un ser contradictorio y complejo por necesidad

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Hoy día se nos pretende imponer el supuesto idealista de que la familia no tiene un fin reproductivo. En consecuencia, familia podría ser cualquier tipo de unión sin fines reproductivos. Así, en pegatinas que grupos pro matrimonio igualitario distribuyen ahora en barrios bien habaneros, se representa la supuesta pluralidad de los tipos existentes. En ellas se puede ver desde uniones de un hombre con una mujer, un hombre con otro hombre, una mujer con otra mujer, un padre que vive solo con sus hijos, hasta un señor solitario o una mujer con un gato —suponemos que los creadores de la imagen no implican el que tengan relaciones sexuales entre ellos.

Me llama la atención el que las uniones de varios hombres con una mujer, o de un hombre con varias mujeres, o de un grupo de hombres y mujeres, o el de todo el mundo con todo el mundo, no suelen ser admitidos como familia en la pegatina, ni dentro del patrón de creencias contemporáneo de la gente dizque progresista; y ello a pesar de que durante la mayor parte de la historia humana las familias fueron precisamente así, y de que hoy en día existen no pocas de esos tipos, incluso en lugares para nada exóticos, a veces en la misma casa de al lado.

Según esta concepción no reproductiva de la familia, ella es la unión de dos individuos por razones sentimentales, y nada más. Carece de función social, y es solo una cuestión de derecho de los individuos el hacerse de una, o no —contradictoriamente, en la dicha pegatina también hay familias de un solo miembro, que suponemos no tienen que ver con individuos con trastorno disociativo de la personalidad, que los lleva a sentirse dos o más personas diferentes.

El supuesto de que la familia no tiene una función reproductiva es un corolario de aquella corrupción de la idea liberal, según la cual en una sociedad liberal el individuo solo tiene derechos, y carece de deberes. El individuo está solo para realizarse, para satisfacer sus apetitos, en medio de este paraíso en que vivimos —es un paraíso allá afuera, insisten los sostenedores de la tal corrupción de la idea liberal, solo que los prejuicios y las reglas de convivencia social no nos permiten disfrutar de él. Consecuentemente multiplicar hasta el infinito los derechos “inalienables” al individuo, extender los mismos derechos de que disfrutan los grupos “privilegiados”, por ejemplo, el de los heterosexuales a casarse, a otros “discriminados”, como el de los homosexuales, barrer con los prejuicios, no parece implicar ningún problema. Por el contrario, parece ser una manera sin más consecuencias de hacer lo justo.

No vivimos en un paraíso, sin embargo, o sea, no vivimos en un espacio concebido para nuestra realización y felicidad: la realidad exterior a la sociedad humana, si al menos no nos es abiertamente hostil, es por completo indiferente a nuestra presencia, o no. Como individuos, la conservación de ese espacio social en que vivimos, expuesto a desaparecer en un mundo que no ha sido concebido por ninguna entidad para darle y darnos amparo, debe ser nuestra principal preocupación. Consideremos que casi cualquier forma de realizarnos está relacionada con ese espacio social, y que sin él no hay realización posible.

Por tanto, como el mundo habitado por nosotros no es ese paraíso sobre la Tierra en que, de una u otra manera, creen habitamos los progresistas simplones y de manual, heredado acríticamente por ellos del pensamiento conservador, en específico del cristiano, debemos admitir que además de derechos, estamos obligados a asumir al menos un deber: el de estar atentos a qué hacemos, no vayamos con nuestras decisiones y acciones a destruir el precario equilibrio sobre el que se sostienen nuestras sociedades, y nuestra vida individual.

Extender derechos, en una realidad tal, no es algo que solo se pueda hacer desde consideraciones de justicia. Los derechos no se dan en las ramas de algún supuesto paraíso. Para empezar sin relaciones humanas de algún tipo, el individuo humano carece de derechos de ninguna especie, sean “inalienables”, consensuados, o relacionados al estatus de sus padres, o a las disposiciones de un poder autocrático. Pero a la vez, la presencia de muchos más individuos alrededor mío implica que no puedo interferir con mis derechos en los ajenos, o más correctamente que debemos ponernos de acuerdo entre todos, de hasta qué punto cedo parte de mi derecho, para, al ser reciprocado por mi vecino, hacer posible para todos vivir en el único medio que puede hacerme un feliz poseedor de derechos: un medio social, una sociedad. Estamos obligados, por lo tanto, a cuestionarnos toda decisión acerca de los derechos que se conceden dentro del espacio social determinado. Por ejemplo, el derecho a usar del aire atmosférico puede parecernos un derecho inalienable, como lo era en 1850, más hoy no podemos permitirnos ese lujo.

Los derechos “inalienables” no son legión. Los únicos derechos fuera de discusión, en una sociedad liberal, confrontada a una realidad no paradisiaca, son los de participar en la discusión de la conveniencia o no de todos los demás derechos, que en ese caso dependen de los consensos al interior de la sociedad. Consensos que, por cierto, no pueden basarse en los caprichos y perretas de individuos o grupos, si es que no queremos suicidarnos como sociedad, civilización o cultura, sino en la realidad y sus constantes desafíos a nuestra existencia.

Nuestra principal preocupación, en consecuencia, debe ser la de evitar que una concepción demasiado irreflexiva de los derechos, libertina, más que liberal, nos lleve a admitir algunos que en esencia enfrentan a nuestra sociedad con las leyes de la realidad. Leyes a las cuales podemos usar a nuestro favor, gracias a nuestra capacidad racional, pero no contradecir abiertamente.

En este sentido si una necesidad nos dicta esa realidad, para nada paradisíaca, es la de crecer y multiplicarnos. Lo cual nos obliga, si no a participar en lo individual en la constante reproducción de esa sociedad, ya que algo así no puede imponerse de ninguna manera, a al menos no entorpecerla. Como se hace ahora con el intento por vaciar de su sentido a la institución social que ha evolucionado para ello.

Cuando hablamos de reproducción nos referimos tanto a la concepción biológica de nuevos humanos, como a la reproducción de las instituciones sociales, y sobre todo de la cultura específica que inunda como una atmósfera el espacio social en cuestión. En español, a concebir a nuevos humanos, a parirlos, y a criarlos, o sea, a transmitirles una cultura determinada, con sus normas, prejuicios y deseos o actitudes adoptados por imitación social.

Dejemos claro que si la sociedad no se reprodujera biológicamente no solo desaparecería la posibilidad de los individuos potenciales, aún no nacidos, de alguna vez llegar a existir. Vivimos dentro de un espacio social, más que en la realidad particular de cada cual. Si estuviéramos seguros de que ese espacio de socialización, y realización individual, desaparecerá con nuestra muerte, nuestra vida carecerá de sentido, por lo menos más allá de la más urgente satisfacción de nuestros impulsos más primarios. Pero con solo tales motivos de vida individual es imposible que la sociedad pueda mantenerse, por lo que colapsará mucho antes de que el último humano haya muerto.

Los humanos somos los únicos animales conscientes de que en algún momento vamos a morir. La angustia generada por ello en nosotros es lo que en esencia nos distingue de los animales. Soportar tal constatación de nuestra finitud solo nos ha sido posible porque hemos encontrado maneras de trascender a nuestra propia muerte: para la mayoría esto tiene que ver con el cuidado de esa parte de nosotros mismos que son nuestros hijos, y en general nuestros descendientes; para otros con la sobrevivencia de nuestro nombre ligada a nuestras hazañas, o nuestras obras, o nuestra gloria, dentro de una cultura. Sin hijos para continuarnos, y sin cultura que guarde el recuerdo de nuestras hazañas, obras y gloria, ante la constatación de que vamos a desvanecernos por completo, solo queda el suicidio, o la anulación de nuestra conciencia en los instintos, la desaparición del individuo humano y el regreso del animal.

Sin constante reproducción humana no solo desaparecerá la sociedad humana, cuando muera el último de los humanos hoy vivo. También desaparecerá el individuo, dotado de derechos inalienables, a poco de darse cuenta que hemos parado de reproducirnos. El individuo se disgregará mentalmente, terminará por convertirse en un animal, inconsciente de su propia muerte y vivo solo a nivel sensorial en la satisfacción de sus impulsos presentes. Ocurriría lo mismo que si la Humanidad se enterara mañana de una catástrofe que en seis meses la borrará de la faz de la Tierra: solo que en este caso el plazo no sería tan corto, y daría tiempo para ver toda la involución de, por ejemplo, quienes ahora tienen solo veinte años, y en un primer momento se lo tomarían todo muy desinteresadamente –a los veinte, puro instinto, somos poco conscientes de nuestra propia muerte.

Sí, es cierto, ese escenario extremo es muy poco probable alguna vez se dé. Sin embargo, nos deja ver lo profundamente interrelacionado que está el individuo humano de la sociedad liberal contemporánea, el portador de derechos, con la constante reproducción biológica y cultural de nuestra especie.

Esto nos lleva de vuelta a nuestro asunto: la Familia como institución social que se ocupa de una función imprescindible a cualquier sociedad, incluida la sociedad liberal: su reproducción. Reproducirse es imprescindible para cualquier sociedad, y si bien los heterosexuales y bisexuales pueden cumplir con tal función, no es tan así el caso de los homosexuales –por cierto: las conductas absolutamente heterosexual u homosexual parecen haber sido aberraciones en el Hombre, durante la mayor parte de su Historia. Todos sabemos que una sociedad de homosexuales es imposible, por el simple hecho de que no habría reproducción. Sin duda los homosexuales pueden ocuparse de la crianza, pero no de la parte biológica de la reproducción, al menos por sí mismos.

Se me dirá que la sociedad humana nunca estará por entero compuesta por homosexuales, y que siempre quedarán heterosexuales para reproducirse. Alguno que otro irá más lejos, será más consecuente, y me mencionará otros posibles modos de concepción, y gestación humana, de manera industrial, mediante clonación, o desarrollo del feto en incubadoras, para que luego el niño pueda ser entregado a su crianza a las familias... y he ahí el detalle.

No tengo nada contra los homosexuales, dejo claro. Con el profesor Alfred Kinsey creo que en realidad todos tenemos inclinaciones homosexuales, unos más, otros menos, y si nos asumimos tales, o no, depende de una multitud de factores de nuestra personalidad, natos, o innatos, y claro, de nuestra circunstancia familiar, o social, de nuestra época y cultura. Aquí, por tanto, no se discute la sanidad de la actitud homosexual, o no. Para quien esto escribe el Hombre, y sobre todo el moderno, es un animal enfermo psicológicamente, un “rarito”, un ser contradictorio y complejo por necesidad. Dotado de la capacidad de ser consciente de su propia existencia, y por tanto de la caducidad de la misma, lo cual lo lleva a la angustia. Obligado por ese descubrimiento a inventarse mil y un relatos imaginarios para superar esa conciencia de finitud. Mi objetivo aquí es solo exponer argumentada mi opinión en cuanto a un supuesto que es para mí falso: que la familia no tiene en esencia, y antes que nada, un fin reproductivo.

Quitarle a la familia su función biológica, y socio-cultural, reproductiva, y admitir que el formar una familia es un derecho de cualquiera, incluida la señora con tanta afinidad por los gatos de la pegatina —o, para no discriminar, del señor con trastorno disociativo de la identidad—, conlleva implicaciones existenciales graves para la propia sociedad liberal. La única sociedad, de las que hasta ahora hayan existido sobre la faz de la Tierra, que se haya propuesto igualar en derechos a todos sus miembros. Al menos los derechos a participar en la discusión de los asuntos de la sociedad, que en esencia son tres: libre pensamiento, libre expresión, y libertad de reunión.

Por cierto, que en el seno de la sociedad liberal puedan plantearse preguntas como esta, y se discutan libremente, no implica de ninguna manera que la respuesta deba ser siempre afirmativa. No todas las infinitas preguntas que podemos hacernos tienen respuesta afirmativa, por el simple hecho de que podamos, o tengamos el derecho de hacérnoslas. Podemos preguntarnos si todos tenemos el derecho a ser tratados como campeones mundiales de salto alto, aunque no lo seamos, y el simplemente hacernos la pregunta no implica que la respuesta sea que lo tenemos. En la sociedad liberal no impera una autoridad suprema incontestable que decide que puede discutirse o no, pero en ella las respuestas tampoco las dicta el capricho de cada uno de sus miembros, sino los consensos de todos sus miembros alcanzados mediante el uso de la razón, y la discusión de las experiencias comunes en nuestra interacción con una realidad que no controlamos cual dioses.

El meollo de este asunto, y el por qué debe preocuparnos tanto, está en que como no salimos de la frente de cualquiera, a la manera en que la mitología helénica nos cuenta nació Atenea de la de Zeus, alguien más tiene que ocuparse de la reproducción, y si no es la familia, solo quedan el Mercado, o el Estado. Quitarle por tanto su función a la Familia crea un muy peligroso precedente, más en un mundo en que las personas demuestran una enfermiza tendencia a dejar en manos del Estado y del Mercado todo lo que les resulta agotador, o molesto –en lenguaje más técnico: tienden a descargarse de sus deberes, dejando a su vez al Estado y a las mega-empresas cada vez más dotados de derechos sobre ellos. Hay disponibles suficientes ficciones distópicas, en la literatura o el cine, en que la reproducción se deja en manos del estado, o del mercado, como para tener al menos una idea de a qué nos exponemos.

Quitarle a las familias la función reproductiva, es en definitiva echar a andar hacia un modelo industrial de concepción, gestación y crianza, del cual nunca saldrá el complejísimo ser humano adecuado a una sociedad liberal, basada en la libertad individual –no en balde las sociedades anti liberales han puesto tanto énfasis en meter a los niños en guarderías, y de ahí la erosión en las últimas generaciones de la mentalidad liberal, cuando cada vez se los quiere hacer empezar más y más pequeños en la escuela, y mantener más y más tiempo en ella.

Industrializar la concepción, gestación y hasta la crianza de los niños humanos, es también eliminar el acaso en la reproducción humana, gracias al cual se obtiene el más preciado capital de la sociedad humana: la infinita diversidad de individuos. Decía San Agustín que hay infinitos hombres porque el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, y como ningún hombre puede compararse con la infinitud de Dios, deben entonces multiplicarse hasta el infinito los hombres posibles para intentar agotar la naturaleza divina. Idénticamente la inacabable realidad nos pone ante infinitas situaciones, y lo único que nos asegura elevar nuestras posibilidades de sobrevivencia es que dentro de la sociedad existan multitud de individuos diferentes. Ya que la probabilidad de que uno encuentre la respuesta, la solución correcta a la situación en cuestión, aumenta en la medida en que nuestro número, y nuestra diversidad, aumentan. Y sí, tal vez la reproducción industrial pueda asegurarnos el número, pero nunca la diversidad.

La sociedad, y los individuos que vivimos en ella, necesitamos que se cumpla la función reproductiva, e históricamente esta función la ha asumido la familia. Para ello surgió, y para ella existe aún. Es más, sin función reproductiva no tiene sentido su permanencia.

Si los individuos y las sociedades no hubiesen tenido la necesidad de reproducirse, las familias no hubieran existido, y así ahora no se manifestaría un inconsecuente movimiento global para lograr para los homosexuales los mismos “derechos” matrimoniales de los que han disfrutado los heterosexuales. Hablo de inconsecuencia porque paradójicamente el asumir una familia es visto por la mayoría de los heterosexuales, al menos los que padecemos de una gran necesidad de independencia personal, como una de esas cosas con las que debemos cumplir en la vida, y por tanto como un deber cargado de responsabilidades, no como un derecho. Un deber tras el cual nuestra niñez termina y comienza esa edad, la adultez, en que ya no somos tanto para nosotros mismos, como para otros.

Pero también y sobre todo hablo de inconsecuencia porque si el interés es igualar derechos de homosexuales y heterosexuales, o liberar al humano para que se realice sin las constricciones sociales, si el interés es mostrarse en definitiva lo más avant-garde posible frente a los conservadores, lo que tiene sentido no es reinterpretar a la familia nuclear moderna tras quitarle su fin reproductivo, sino más bien volvernos a las familias “normales” durante casi la totalidad de la historia humana: a la vida colectiva humana en tribus, clanes, hordas; o al amor totalmente libre entre individuos libres. En este sentido la aspiración de algunos homosexuales a casarse demuestra, más allá de su acre debate con la posición conservadora, una no superada inclinación precisamente al conservadurismo.

Más entendible, desde una posición anti retrógrada, pero realista, sería que en lugar de querer imponer la formación de familias como un derecho abierto a cualquier par de individuos, lo cual como vemos implica quitarle a la familia su función reproductiva, por lo menos en parte, se intentara sustituir a la familia nuclear moderna, como la institución encargada de la reproducción de la sociedad, por las antiguas formas de familia en las cuales un grupo de individuos cohabitaban sexualmente. En relaciones de todo tipo, con predominio de las heterosexuales, pero sin que faltaran las homosexuales –en la tónica de la pegatina mencionada al principio, y de la llevada y traída señora con su gato, también diversos animales del clan participaban en la vida sexual comunal.

Porque la familia de dos personas que se aman, que el “avant-garde” movimiento pro eliminación de la función reproductiva de entre sus funciones quiere hacer suya, es ya de hecho una aberración de los patrones humanos de socialización sexual. Durante la absoluta mayoría de su historia el hombre vivió en familias mucho más abiertas, en que no había exclusividad de relaciones. La familia con dos padres solo surge con el comienzo de la agricultura, en una sociedad cada vez más rica, en que los hombres han desplazado a las mujeres y sustituido el matriarcado histórico por el patriarcado. Por la necesidad de los padres de legar sus bienes a sus hijos, no a los de cualquier otro que se hubiese acostado con la mujer elegida. En base a ello, esa exclusividad de acceso a la mujer que se establece en ese tipo de familia, que dígase lo que se diga las mujeres nunca han disfrutado, al menos las que no tienen temperamentos de auxiliadoras y prestadoras de servicios.

Sin embargo, volver a las familias abiertas, matrilineales, a los grandes grupos, no es tampoco aconsejable. El tipo de individuo aberrado que es imprescindible a las sociedades libres contemporáneas, el esquizoide, muy difícilmente se daría en la atmosfera tribal de esa familia. Quizás –aunque lo dudamos- se puedan construir sociedades de individuos, y no tribus con semejantes familias, pero nos inclinamos a pensar que no. Hasta ahora la más pequeña unidad familiar que asegura la reproducción humana, y a la vez el mayor grado de aislamiento formativo en una esfera de libertad propia, imprescindible para el surgimiento del individuo moderno, lo es la familia con dos padres, o uno, y los hijos. Solo en un entorno tan psiquiátrico puede nacer esa aberración: el individuo moderno dotado de derechos inalienables.

La multitud de la otra familia sería nefasta casi con seguridad. En todo caso así solo podría obtenerse una sociedad como la espartana. Pero si bien los espartanos eran increíbles soldados en su cooperación y coordinación en el campo de batalla, sin embargo, su sociedad no fue, ni era capaz de criar individuos geniales como Pitágoras, Tales, Anaximandro, Sócrates, Platón, Aristóteles, o toda la retahíla de “raritos” modernos, desde Da Vinci, Lutero y Newton hasta Mozart, Ford o Picasso, que ha dado la sociedad basada en la crianza en pequeñas unidades familiares. Y sin tales individuos que encuentran respuestas en extremo inusuales a problemas reales, o que inventan nuevas versiones de nuestros imprescindibles relatos imaginarios, esos que nos ayudan a escapar de las contradicciones de una naturaleza humana consciente de su propia finitud, no habría progreso, o sea, la posibilidad de hacer de la realidad a nuestro alrededor un lugar cada vez más amable para nosotros –eso es lo que es en esencia el progreso.

Para la constitución de sociedades libres, y no de tribus, parece ser que es imprescindible la familia nuclear moderna, y para que nazcan niños, no en fábricas o en madres contratadas, se necesita admitir la realidad de que la familia tiene una función reproductiva. Téngase presente que si la familia renuncia a su función reproductiva, solo pueden ser el estado o el mercado quienes asuman la misma. Las consecuencias que esto implicará son evidentes: la primera y más importante la desaparición de la sociedad de individuos con derechos.

La familia tiene por sobre todo una función reproductiva, y casarse e integrarse en la familia nuclear moderna, con el fin de reproducirse, si bien no es un deber que deba ser impuesto mediante decreto, debe ser algo que toda sociedad libre está obligada existencialmente a estimular en sus miembros. No es un deber, repito, imponible mediante decreto, pero tampoco es un derecho. Es una necesidad, y un deber que debe ser inculcado por las más variadas narrativas en la mente de los individuos de una sociedad libre, y argumentada su necesidad racional cuando sea necesario —si su vecino está a bien con su relato, no sea envidioso, déjelo ser un feliz reproductor, por favor.


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