Actualizado: 23/09/2019 16:12
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La felicidad política

El problema no es la política de Castro, sino la política cubana en sí. Cuba se ha malogrado como entidad política.

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Contrariamente a lo que se cree, la filosofía no debe sus avances disciplinarios sólo al manejo de conceptos, definiciones o axiomas precisos, sino también a intuiciones, anécdotas o simples nociones.

Las "nociones" ayudan al avance del razonamiento; no son estacionarias como las definiciones y, una vez que se avista la conclusión, se las puede despachar sin remordimientos lógicos.

Hay una vieja leyenda en torno a San Agustín que demuestra la altura epistémica en que tenía a las nociones. Se trata, como imaginarán, de su relajada respuesta en torno a la definición del tiempo: "Cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan, pues ya no lo sé". La noción tiene, pues, la fuerza de lo obvio. Es como una evidencia: convincente e indemostrable.

Entonces por ahora, ya que no concepto, cada día se me torna más importante, para pensar el tema cubano, la "noción" de "felicidad política" o, quizás mejor, de "felicidad en la política".

Confieso que la misma es parcialmente deudora de aquella otra (noción) de "felicidad doméstica" que diseñó con urgencia Gabriel García Márquez, cuando comprendió que el castrismo era ya indefendible al abrigo de la categoría "nivel de vida", de la sociología cuantitativa, o de aquella otra de "calidad de vida", que el materialismo histórico había inventado para contrarrestar las perniciosas evidencias económicas de la primera.

"Felicidad doméstica" permitía adecentar teóricamente el argumento de que bajo el castrismo, aunque tanto el nivel como la calidad de la vida eran un desastre, los cubanos la pasaban bastante bien.

Posibilidades clausuradas

Correlativamente, la noción de "felicidad política" (en la política) desea significar la existencia, real o imaginaria, de ciertas satisfacciones en ese ámbito. Creo que es interesante negativamente; es decir, para ayudar a comprender que las posibilidades de ser feliz en referencia a lo político han quedado clausuradas en la historia cubana, al menos en el contexto de una razonable consideración temporal.

Medio siglo de desgobierno totalitario, que a su vez no se puede registrar sin sumarle una prehistoria propiciadora bastante extensa también, no transcurre impunemente. El lodo de todo ese polvo es la imposibilidad de Cuba como nación políticamente feliz.

Desde el punto de vista del pensamiento político fundacional de Norteamérica, una carta constitucional para una nueva Cuba quedaría filosóficamente vetada por la propia imposibilidad de imaginar siquiera una política feliz.


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