Actualizado: 01/07/2022 16:17
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Yoani, Disidencia, Blogueros

La infamia de Rafael Hernández

¿Cómo un ser humano puede mentir de esta manera y vivir tranquilo?, afirma el autor de este artículo

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Dicen que cuando las dictaduras están terminando, sus amanuenses comienzan a perder el contacto con la realidad, alucinan, o bien se unen con fuerza antes no vista, infamia mediante, en el intento baldío de evitar los estertores. Ya sabemos que estos amanuenses son personas que, sin en esta labor para sus regentes, no valdrían nada. De modo que mentir, según los dictados que les hagan copiar, no es cuestión que les quite el sueño. Ellos, mientras les paguen, se consuelan diciéndose que alguien tiene que hacer el trabajo sucio.

Rafael Hernández, para quien no lo conozca, es un académico cubano, residente en la Isla y oficialista por más señas, director de la revista Temas, dedicada a la investigación a veces en su sentido más amplio. A él le paga la dictadura por editar esta revista. La misma dictadura que le paga puntualmente, cada quincena, a Iroel Sánchez por editar un blog, La pupila insomne, dedicado a defender al castrismo.

Dios los cría y el castrismo los junta.

Sánchez, el pasado 13 de marzo, ha entrevistado para su blog a Hernández. El tema principal: la visita a universidades estadounidenses de los blogueros disidentes cubanos Yoani Sánchez (ya ven que hay Sánchez y Sánchez) y Orlando Luis Pardo Lazo. Dice Hernández en una de sus respuestas que los académicos estadounidenses saben advertir “la naturaleza de estos grupos, en particular, su inviabilidad política”. Es verdad eso de la inviabilidad política: hasta ahora no ha sido posible adelantar ningún proyecto político pro democracia en Cuba, precisamente porque no hay libertad de expresión; o solo la hay para personas como Hernández y Sánchez.

Afirma Hernández en otra de sus respuestas que los académicos norteamericanos “Saben que se trata de un espectro de facciones caracterizadas por la fragmentación y la incoherencia ideológica”. Palabrería aparte, creo que Hernández obvia que esas “facciones” sí tienen un propósito ideológico o al menos político común: destronar a la tiranía en la que él, Iroel Sánchez y otros como ellos medran y se expresan con toda impunidad, sabedores de que no tienen réplica.

Creo que lo más triste de las respuestas de Hernández a su correligionario, se halla en esta: “el sectarismo y dogmatismo (...) la provocación, la intolerancia, el extremismo”, es lo que según él caracteriza a esos grupos de las oposición. Han leído bien: Hernández no se refiere a la dictadura castrista cuando señala “extremismo”, “intolerancia”, “dogmatismo”, etcétera, sino a la oposición pacífica que trata de descollar en la Isla. Es decir, los grupos de oposición son los que golpean a las Damas de Blanco, los que envían a las celdas a quienes se manifiestan en su contra, los que censuran las obras literarias, los que no permiten que se exprese la pluralidad de ideas en el país. Para afirmar esto que, a sangre fría, ha afirmado Rafael Hernández, se necesita una reserva de desvergüenza que doble cualquier lomo.

La más triste quizá sea la anterior, pero la más cínica esta: “A fin de cuentas, el 80 % de los problemas de que habla esa disidencia antisocialista son analizados y discutidos en Cuba de manera pública, por mayorías —y minorías— que no comparten ni las soluciones ni el estilo político de aquella y que en muchos casos, asumen el papel de una oposición leal, dentro de las propias filas de la revolución...”. Miente a todo vapor, ¿verdad? Pero la pregunta es: ¿cómo un ser humano puede mentir de esta manera y vivir tranquilo?, ¿con qué cara podrá mirar a sus descendientes después de tan alta deshonestidad? Bueno..., decía yo al principio de estas líneas que ya se conformaron, quién sabe por qué, con realizar el trabajo sucio; muy sucio, consistente en mentir consuetudinariamente. Y destaco en esta respuesta una estupidez, lejana de un verdadero académico y tan cercana a un dogma de dos por medio: personas que en Cuba “asumen el papel de una oposición leal”. Esto es demasiado.

Es demasiado.


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