Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Consumo, Mercado, Intercambios

La irreductible inmediatez del mercado

El mercado, como el ágora, es un medio consensual de los asuntos comunes

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El mercado no nos permite ver más allá de nuestros más inmediatos intereses. En apariencias en base a él puede organizarse un más eficiente control sobre los recursos naturales que el que puede lograrse con el planeamiento económico, mas esto realmente solo ocurre a nivel inmediato, pero no al mediato. Los mercados funcionan en base al principio del “Carpe Diem”, y en consecuencia sobre el aquello de que “después de mí, el diluvio”. La incuestionable eficiencia que en lo inmediato dejan los mercados se afinca a la larga sobre la ineficiencia absoluta en lo mediato. Es esta la explicación de porqué nuestras eficientes economías mercantilizadas están dejándole en herencia a las futuras generaciones un planeta cada vez más irrespirable.

Es el carácter restringido a que los mercados reducen la negociación, como cosa solo de dos, pero en medio de un masivo resto de la sociedad a la que solo se le deja el papel de amenaza competitiva, la causa más importante de su incapacidad para lograr un sano equilibrio entre lo inmediato y lo mediato.

En el mercado quienes negocian directamente son en esencia solo dos, el que tiene algo que le sobra y el que necesita ese algo. Por lo tanto, da la impresión de que en el resultado final de la decisión común solo incide el interés de dos individuos, mientras el resto de la sociedad queda al margen. Aparentemente nada en su lógica, por tanto, parece provocar ese ya declarado, aunque no demostrado, predominio de los intereses más inmediatos. Porque es evidente que en un intercambio incondicionado entre dos personas nada obliga a anteponer la satisfacción de lo inmediato por sobre la de lo mediato. Por el contrario, sin presiones externas a las dos personas mencionadas, este intercambio puede llevarse a cabo incluso sin dejar de lado la satisfacción propia y la de quienes vendrán después.

Pero el hecho es que en el mercado no son realmente solo dos quienes negocian. Junto a quien le sobra algo, y a quien algo le falta, está a la vez el resto de la sociedad con su infinita cantidad de necesidades. Y son esas necesidades del resto las que condicionan de manera indirecta el que las decisiones sean tomadas solo en base al interés inmediato de los dos primeros. Porque es ese resto de la sociedad, con su sola presencia y potencial participación en la negociación, el que obliga con su competencia a que al que le sobra algo se preocupe más que nada de su interés inmediato; en este caso del de lograr obtener lo que necesita a cambio de lo que le sobra, frente a un resto de la sociedad que también anda en lo mismo.

O sea, a quien le falta algo, y por lo tanto produce mediante su trabajo alguna cosa que él no necesita para con su intercambio acceder a eso que le falta, no podrá poner en ese objeto (mercancía) lo necesario para complacer tanto el interés inmediato como mediato del potencial intercambiador. Y muchísimo menos su propio interés mediato por el cuidado del medio ambiente. De hacerlo debería dedicar más capital y trabajo a ese objeto (mercancía), y en consecuencia a la vez situarlo en una posición desfavorable en términos de intercambio. Con lo que se arriesgaría a perder la oportunidad de obtener lo que finalmente necesita, en la competencia por la oportunidad de intercambiar con aquel otro individuo probable que mediante su respectivo trabajo elaboró un objeto (mercancía) semejante al que él llevará al mercado, pero que en su confección solo tuvo en cuenta cuidarse de satisfacer el interés inmediato de su potencial intercambiador, y de él mismo.

Es evidente, no obstante, que tal lógica podría romperse si de parte de la demanda, o lo que es lo mismo, de esa masa inmensa que, desde esa periferia del mercado, la sociedad, bajan a él a buscar lo que les falta, se priorizaran sus necesidades mediatas sobre las inmediatas. Mas algo así es totalmente antinatural dentro de la periferia sociedad, en que los individuos se hayan aislados y solo interactúan más allá de su limitado marco vivencial precisamente en el central mercado: dentro de semejante marco ideológico mercadolátrico el restringir sus necesidades inmediatas (por ejemplo, transportarse rápidamente de un lugar a otro) con tal de satisfacer una futura que todavía no existe (ejemplo, la de aire puro), al tener en cuenta en sus adquisiciones no solo sus necesidades presentes sino esas todavía inexistentes futuras, va contra la específica naturaleza humana determinada por tal marco.

Debemos entender que en general las necesidades reales son inmediatas, mientras que las mediatas funcionan más bien como limitaciones a la satisfacción de esas necesidades reales. En todo caso semejante puesta de acuerdo para auto-limitarse no se puede establecer mediante los mecanismos del mercado, sino mediante la consensuación consciente en el ágora. Pero para ello la sociedad no debe de ser una periferia del mercado, sino del ágora, en la cual se consensuan las limitaciones que afectan a todos los demás centros secundarios. Entre ellos el mercado, aquel donde los individuos consensuan sus necesidades reales siempre bajo el marco de reglas, limitaciones consensuadas a su vez en el ágora. Espacio este que no se reduce solo a los de discusión política, sino a todos aquellos en que la sociedad baja a discutir sus problemas, y aspiraciones.

Por lo tanto, ya no el interés mediato de toda la sociedad que rodea a los dos individuos que intercambian en el mercado es dejado de lado en este por “antinatural”, sino aun el de cualquiera de esos dos individuos. Tal siempre ocurre en una sociedad en que los intercambios se realicen de manera no regulada mediante el mercado, ya que obliga al vendedor a cuidarse de los otros vendedores, y deja al comprador bajo el control total de sus necesidades inmediatas, o reales. Y es la causa profunda de que las utopías mercantiles solo puedan ser consideradas mientras el medio en que se desenvuelve la sociedad en cuestión tenga dimensiones y capacidad de auto regenerarse que superen con mucho la cantidad de entropía que su economía crea.

Es poco probable que el mercado por sí solo pueda organizar una economía viable para cuando el aire puro sea un bien escaso. En todo caso para cuando la solución del mercado llegue ya habrá muerto de cáncer en el pulmón un significativo por ciento de la población mundial, y para todos queda claro que una solución semejante no es aceptable al menos para quienes no hemos abandonado cierto grado de humanización. Tendría el mercado que organizar esa economía viable ya desde ahora, y por tanto lo que valorizaría sería el futuro aire respirable, un bien que como hemos dicho ya antes difícilmente pueda jerarquizarse por encima de las necesidades patentes del presente.

El mercado, como el ágora, es un medio de consensuación de los asuntos comunes. Solo que un medio irracional, necesario para corregir la racionalidad del ágora. Por tanto, secundario.


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