Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Cuba, Colombia, Paz

La justicia tarda, ¿pero llega?

Los dilemas de la paz y la justicia

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Hay una viñeta de Vista del amanecer en el trópico, de Guillermo Cabrera Infante, que no se encuentra en las múltiples ediciones del libro en español. Tampoco en la versión francesa de Mille et une nuits, ni en la primera traducción norteamericana de Harper & Row. Para leerla se debe buscar la edición británica de Faber and Faber.

Cuenta Cabrera Infante que cuando el más apacible de los terroristas cayó en manos del más perverso de los policías de la dictadura batistiana fue torturado y casi asesinado. El hombre juró vengarse si lograba salir con vida de aquella situación, algo que sucedió casi por milagro.

Al caer la dictadura batistiana, el revolucionario buscó al torturador, pero este había escapado con Batista.

Pasaron los años y el exterrorista también tuvo que irse al exilio, que en su caso significó ir a vivir en otra isla, con igual idioma y algunas de las costumbres conocidas o ignoradas por largo tiempo, pero que no era Cuba. Allí continuó su vida de hombre apacible, pero sin olvidar nunca a su torturador.

Un día —sabemos que ocurrió casi veinte años más tarde, ya que la narración menciona el dato para los que gustan de las fechas— y en la ciudad donde ahora vivía, algo parecida a La Habana o que él quería que le recordara a La Habana porque esa era su ciudad, donde había vivido lo mejor y lo peor de su vida, el hombre, al que habían torturado salvajemente, vio a un anciano que intentaba cruzar una avenida muy transitada, solo con el auxilio de su bastón.

Ayudó al inválido durante esa travesía ahora peligrosa. Este le agradeció el gesto y se dio cuenta de que su posible salvador del momento también era cubano.

“¿Lo conozco?”, preguntó el anciano ciego. Seguro que no, respondió el más joven. Pero seguro usted me conoce a mí, dijo el viejo. Y aquel hombre indefenso agregó un nombre que conocía de sobra el otro.

Este se dio cuenta de que estaba frente al torturador, a quien había buscado por más de un cuarto de siglo.

Por un momento, el exterrorista pensó que finalmente había llegado el momento de la venganza. Pero pasado ese instante, que para ambos hombres no debió transcurrir en igual tiempo, aunque sí en el mismo lugar que ahora compartían, el más joven —que también ya era un viejo— se limitó a decir que había oído el nombre. Luego partió para dedicarse a lo que le interesaba ahora, que no tenía nada que ver ni con política ni con revoluciones ni con asesinatos considerados como una forma de justicia.

Hay otra anécdota, u otra versión de la anécdota, que quizá sea la verdadera anécdota, y que por ello nunca llegó a la literatura. El exterrorista, que había ocupado un cargo muy importante durante los primeros años del régimen de Fidel Castro, decidió en una ocasión viajar a Miami. Sabía que en esa ciudad, a la que luego volvió con frecuencia, tenía muchos enemigos, que no le perdonaban —y nada indica que tras los años los que aún quedan vivos siguen sin perdonar, aunque todos los involucrados en esta anécdota, hasta su narrador original, ya han muerto— su participación en el proceso revolucionario.

Al llegar a Miami, el exterrorista recibió un recado de un famoso torturador batistiano, que luego vivió retirado apaciblemente en esa ciudad hasta su muerte, solo agobiado por los vejámenes de la vejez y de una esposa más joven que dicen lo maltrataba —y lo de la esposa joven y los insultos y las galletas que esta le daba puede que sea solo parte de la leyenda, y solo sean ciertas las torturas durante la época de Batista—, pero que entonces era un empresario activo dueño de una agencia encargada de brindar servicios de seguridad personal.

El recado en cuestión —y puede también que ambos torturadores sean una misma persona en las anécdotas, aunque en realidad asesinos diferentes, o que no se hable de un exterrorista sino de dos— era un ofrecimiento. El torturador de Miami le ofrecía protección —incluso estaba dispuesto a poner uno de sus empleados al servicio del exrevolucionario castrista, sin costo alguno—, porque sabía de los peligros a que se exponía el exterrorista con el viaje y la estancia en esa ciudad.

Me gusta repetir la anécdota, o la narración la supuesta anécdota, porque no se terminan ni los motivos ni los argumentos que la engendraron, aunque cambien los personajes, las naciones, las épocas y los procesos políticos.

Mario Vargas Llosa publicó en el diario español El País lo que vendría a ser una versión muy distinta del mismo problema. Ante la alternativa que enfrenta un colombiano, sobre si votar sí o no respecto al proceso de paz, el escritor recurre a otro escritor, Héctor Abad Faciolince, quien cuenta una trágica historia familiar: su padre fue asesinado por los paramilitares y el marido de su hermana fue secuestrado dos veces por las FARC, para sacarle dinero.

El hijo del padre asesinado votará sí al plebiscito y quien en dos ocasiones fue secuestrado votará no.

“Yo no estoy en contra de la paz”, cuenta Vargas Llosa que el cuñado le ha explicado al otro escritor, el colombiano, “pero quiero que esos tipos paguen siquiera dos años de cárcel”.

La cuestión en juego es si el costo de la paz es la impunidad de los criminales.

para quienes cometieron crímenes horrendos de los que fueron víctimas cientos de miles de familias colombianas.

Abad —que curiosamente se graduó en la Universidad de Turín, Italia, con una tesis sobre Tres tristes tigres, de Cabrera Infante— votará a favor del acuerdo de paz, escribe Vargas Llosa, porque considera que, “por alto que parezca, hay que pagar ese precio para que, después de más de medio siglo, los colombianos puedan por fin vivir como gentes civilizadas, sin seguirse entrematando. De lo contrario, la guerra continuará de manera indefinida, ensangrentando el país, corrompiendo a sus autoridades, sembrando la inseguridad y la desesperanza en todos los hogares. Porque, luego de más de medio siglo de intentarlo, para él ha quedado demostrado que es un sueño creer que el Estado puede derrotar de manera total a los insurgentes y llevarlos a los tribunales y a la cárcel”.

Lo que está ocurriendo en Colombia es otro ejemplo de que la historia no se repite dos veces, sino muchas.

Para las naciones, la justicia y el desarrollo marchan muchas veces por caminos opuestos. La estabilidad, y la mejora del nivel de vida de los ciudadanos, se alcanza casi siempre a través de las vías más mediocres y menos gloriosas.

Los japoneses han dejado atrás el rencor por los millares de inocentes muertos en los bombardeos a sus ciudades durante la II Guerra Mundial, al tiempo que las atrocidades cometidas por el ejército imperial nipón han quedado reducidas a los argumentos cinematográficos.

El empeño en recobrar la totalidad de la memoria de la guerra civil española tardó muchos años en imponerse sobre el “pacto de silencio”, que llevó a no hablar —ni siquiera en las reuniones familiares— de los asesinatos cometidos por ambos bandos durante la contienda, y todavía está en marcha y rodeado de polémica en España.

En otros países como Chile y Argentina, la necesidad de castigar a los culpables ha sido mucho más fuerte, debido en gran parte a que las heridas continúan abiertas.

Resulta provechoso que un fabricante japonés sea conocido por sus automóviles y no por los aviones que una vez creó para ser lanzados en ataques suicidas contra los buques de la armada estadounidense, ni por la utilización de prisioneros de guerra y ciudadanos chinos en labores de trabajo forzado.

Pocos saben —o les interesa el dato en la actualidad— de que la marca de perfumes y ropa de moda, Hugo Boss, logró salir de la bancarrota y alcanzar la plenitud industrial y económica gracias a la licencia obtenida como proveedores de uniformes a las tropas de asalto (Sturmabteilung), las SS, la Juventud Hitleriana, el Cuerpo de Motoristas Nacional-Socialistas y a otras organizaciones del partido nazi.

Pero también es necesario el conocimiento de la verdad. Alemania ha realizado una labor ejemplar, al poner en las manos de sus ciudadanos los expedientes acumulados durante años en la Stasi.

En cualquier caso, lo mejor para una nación es llegar al momento en que los hechos ocurridos durante dictaduras y guerras de cualquier índole son temas de libros y películas. Contribuir a no demorar su llegada merecería hasta un calificativo muchas veces distorsionado: es un deber patriótico.

En el caso de Cuba, esta inquietud apenas está planteada en un sentido más amplio, que incluya a víctimas y victimarios de ambos bandos. Enfrentarla es más provechoso que perseguir rumores y alentar bravatas. Preferible sustituir el rencor por la memoria y no por el olvido.


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