Actualizado: 23/09/2019 16:12
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La libertad fundamental

Alarcón tiene razón: Todos los cubanos necesitamos darnos una vuelta por el mundo.

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Los teóricos de las libertades modernas, a empezar con el británico John Locke, hablaron con fuerza de los llamados derechos naturales y de las libertades fundamentales. Estas últimas eran desgranadas en tres libertades: la de expresión, reunión y asociación, así por ese orden.

Inconcebiblemente para nuestros contemporáneos, aquellos pensadores nunca hablaron alto y claro de la libertad de movimiento. Para no ser absoluto, no debería decir nunca. Quizá en algún tratado o folio poco divulgado aparece esta libertad bien pergeñada y argumentada entre los derechos naturales. Pero está claro que el abecé pedagógico en materia de libertades fundamentales no la contempla.

La razón de esto debe estar en un fenómeno consustancial al pensamiento: su incapacidad para imaginar empíricamente el futuro. En los siglos XVII y XVIII las barreras a la movilidad eran ecológicas y naturales, y a lo sumo culturales. Es probable que los individuos en algunas comunidades se sintieran desnudos y abandonados fuera de su gens, tribu o etnia.

El pasaporte es un invento antiguo, pero de uso más generalizado desde principios del siglo XX. Así que nadie concibió que un derecho natural pudiera destruirse en la hoguera de la seguridad nacional en sociedades que se cerraron a la influencia de los otros.

Sin embargo, la libertad de movimiento es mucho más fundamental que las otras libertades. Digo más. Tiene una relación genética respecto de las restantes. Y ello se entiende mejor mirándolo negativamente. La libertad de movimiento garantiza una vía de escape segura cuando el ciudadano corre peligro por decir lo que quiere, reunirse con quien quiere y asociarse con sus iguales. No tiene mucho sentido limitar esas otras libertades fundamentales, que permiten a una sociedad constituirse sin apelar a su autodestrucción, si se autoriza a los individuos moverse libremente.

Y eso parece que va a suceder en Cuba dentro de poco. Las reformas a las prácticas migratorias que se preanuncian, constituyen el cambio más significativo de cuantos se vienen introduciendo en el gobierno de Raúl Castro. Levantar semejante prohibición y restricción absurda es casi un cambio revolucionario que mina la naturaleza específica de la Revolución Cubana, sólo retroalimentable por su cerrazón al exterior.

Y el efecto más poderoso de esta medida no tiene nada que ver con lo más visible: la modernización de la sociedad cubana; sino con su capacidad para ir disolviendo uno de los mayores obstáculos que nos impiden despegar: la idea, convertida en creencia desde nuestros cortos tiempos inmemoriales, de que somos lo mejor del mundo, o casi.

Ello va a contribuir a un tipo de liberación casi freudiana, que permitirá mirarnos críticamente y afrontar nuestros próximos desafíos, demasiado inmensos, con un poco más de madurez psicológica. Por eso, coincido, por razones contrarias, con Ricardo Alarcón: todos y cada uno de los cubanos necesitamos darnos una vuelta por el mundo. Algunos para satisfacer los deseos de peregrinar por La Higuera y, los más, para aprender un poco más sobre nosotros mismos.

* Publicado en Noticias Consenso.


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