Actualizado: 23/10/2018 10:57
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Dictaduras, Globalización

La muerte de las dictaduras revolucionarias

Si hay algo que lamentar de la muerte de Gadafi es que no fue precedida de un largo proceso judicial, donde salieran a la luz la extensión y profundidad de sus crímenes

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El nuevo siglo se inicia con convulsiones sociales y económicas. La globalización y sus energías renovadoras, a la par de aceleradas novedades técnicas y científicas, provocan cambios inesperados. En Occidente, sacuden los vicios y males de las naciones desarrolladas y con pleno Estado de Derecho. Así son puestos en jaque los sistemas de partidocracias y del Estado Benefactor, propagadores del clientelismo en sus pueblos.

Afortunadamente, y pese a lo que esperan algunos malintencionados, estas naciones están conformadas por suficientes y sólidas bases democráticas que permiten que las necesarias transformaciones estructurales requeridas por los nuevos tiempos tengan lugar dentro del marco del orden civil y a través de una renovación pacífica y gradual.

Sin embargo, el poderoso influjo de los cambios globales no solo llega hasta ahí. Es cada vez más indudable que las ideas libertarias de Occidente se van imponiendo al oscurantismo fundamentalista en su propio terreno. El reciente movimiento popular del mundo árabe nos lo indica claramente. Esta nueva centuria de la Humanidad no se inicia con el Socialismo del Siglo XXI, otro populismo mal fraguado en oficinas ideológicas de agitadores profesionales. De hecho, comienza en serio con verdaderas revoluciones populares. Sus clamores en Egipto, Túnez, Yemén, en la sufrida Libia, invocan un idéntico anhelo popular. Es expresado por los pueblos con el reclamo de valores innegablemente occidentales: Libertad, democracia y Estado de Derecho.

Quizás, como fenómeno más destacable de abandono del pasado que trae la modernidad de la globalización, comience por el fin de una larga y frustrante etapa histórica mundial de dos siglos, protagonizada por caudillos militares e ideólogos iluminados encabezando “vanguardias” revolucionarias.

Emergió en Europa con Napoleón I, patrón modélico por excelencia en los inicios del siglo XIX. Y de inmediato fue exportada a América por Simón Bolívar, su admirador más práctico. Así comenzaron a florecer en el continente los caudillos, las guerras, las revoluciones, los golpes de Estado, todos tomando supuesto rumbo hacia un contexto social supuestamente más justo. Los hombres fueron alejados con abrumadora violencia del viejo espectro represivo y asfixiante de reinos, imperios, colonias y, sin embargo, en ese panorama idílico un número significativo de individuos de características monstruosas comenzaron a alcanzar un poder absoluto de guerra y muerte sobre sus conciudadanos.

Es probable que, en buena medida, el punto débil que facilitara esta tendencia tuviera una curiosa simiente en las debilidades del incipiente modelo republicano. El sistema que se fue redescubriendo como base común de gobierno civilizado en el mundo trajo serios defectos en la naciente institucionalidad, aunados a una enorme y comprensible incultura democrática de los pueblos. Y en muchos sitios, desde Europa hasta la vasta Asia, fue el vehículo para una nueva variante de ejercer el poder absoluto y autocrático.

De modo relativamente fácil, de acuerdo al contexto histórico donde se desenvolvieron, generalmente estos procesos nacionalistas fueron encabezados por desconocidos advenedizos con carisma personal. Todos estos personajes protagónicos han tenido determinadas características comunes que les permitieron prevalecer: ambición, narcisismo e inescrupulosidad hasta límites criminales. Es probable que en otras épocas de severas e insalvables divisiones de clases sociales sus posibilidades para lograrlo fueran pocas o ninguna. Fue la convulsión sísmica de los procesos revolucionarios provocados por grupos autoelegidos lo que les dio la oportunidad. Así emergieron caudillos, siempre con algún halo castrense, iluminados de una verdad personal incuestionable y generalmente cazados con doctrinas populistas y seudocientíficas de toda especie. En el fondo, buscaron como salvaguarda reforzar el papel absolutista del Estado en el mismo espíritu intolerante del mundo feudal que iba quedando atrás en la Historia.

En consecuencia, la Humanidad se vio fascinada y golpeada por una amplia gama de “ismos” aberrantes, algunos de larga vida, desde el fascismo, nazismo, justicialismo y hasta el comunismo, el más prolífico en tendencias aniquilantes, con sus versiones del estalinismo y el maoísmo hasta los campos de exterminio de Corea del Norte y del Khmer Rouge que arrasó Cambodia.

Como uno de sus últimos vástagos ideológicos, emergió la teoría de la vía armada para lograr la “liberación del Imperialismo”. Luego de su evidente fracaso, se conformó en un nuevo engendro, el “Socialismo del Siglo XXI”. Por suerte, ha sido un fracasado empeño poco transferible.

Todas estas aberraciones fueron y han sido el diseño ideal regido por una amplia gama de sociópatas. Inadaptados sociales como Hitler y Mussolini, o burócratas genocidas como Stalin, Ceaucescu y Pol Pot; militarotes homicidas como Mengistu y Amín; o psicológicamente resentidos como Castro, Hussein, Mugabe, Trujillo o Mao. Todos se lanzaron a la palestra armados de apabullante egolatría y culto a la personalidad, desembarazados completamente del más mínimo escrúpulo moral, lo que los volvió en extremo fuertes y despiadados.

En este contexto, la reciente muerte del genocida libio Muamar el Gadafi, no solo es una siniestra advertencia para los cófrades que le quedan por el mundo, también representa una triste advertencia para los pueblos que continúan sojuzgados.

Según recoge la historia, nadie llamó asesino al guerrillero que ejecutara a tiros al tirano italiano Mussolini a finales de la Segunda Guerra Mundial. Y tampoco hubo quien calificara como asesinato la precipitada ejecución del odiado dictador Ceaucescu en la Rumanía de 1989. El aborrecimiento que provocaron estos individuos por sus crímenes, abusos y tropelías contra sus propios pueblos dieron la excusa necesaria para tan extrema acción.

Si hay algo que lamentar de la muerte de perro rabioso que ha sufrido Gadafi es que no fue precedida de un largo proceso judicial, con todas las garantías del derecho puestas en función, donde salieran a la luz la extensión y profundidad de sus crímenes durante 41 largos años de despotismo absoluto. La matanza de que fuera objeto, aunque no justificable del todo, es plenamente comprensible ante el desastre que provocó con su soberbia por todo el país norafricano, sembrando la destrucción y la muerte al desencadenar una feroz guerra civil, en una lucha inútil por conservar su ilegal poder.

Sus iguales que aún le sobreviven por el mundo, con esa emponzoñada fascinación que les produce el engañoso poder, es muy probable que hayan sacado la lección equivocada de este lamentable suceso. Sin dudas estremecidos de pavor ante la salvaje ejecución pública de un tirano como ellos, hasta ayer tan poseído de la misma arrogancia y sensación de invencibilidad que a ellos obnubila, en lugar de sacar la sana conclusión de que el modelo de poder que protagonizan ya no tiene posibilidades de duración, y que ni siquiera es heredable en dinastía para sus vástagos, se apresuran a cometer su mismo error fundamental: creerse por encima de la justicia de sus pueblos.


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