Actualizado: 16/07/2020 12:18
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| Opinión

Visita del Papa, Iglesia Católica, Homosexuales

La nación cubana y la Iglesia Católica

Recordatorios y desafíos para una sana relación en libertad

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A propósito de la visita del Papa a Cuba y el lógico revuelo que esto provoca, considero muy saludable hacer un recordatorio sobre la institución religiosa que él encabeza, para que la asfixia en que se encuentra la nación cubana no nos lleve a idealizarlos a ambos por la bocanada de aire fresco que representa su visita, ya que en circunstancias desesperadas uno tiende a agarrarse hasta de un clavo ardiendo.

Como en la vida real no hay casi nada en blanco y negro, ahora que en Cuba el homosexualismo se está desestigmatizando gracias a Mariela Castro y a su CENESEX —aunque muchos piensen que es un maniobra de distracción para evadir males, muchos mayores y cruciales—, ya existe una cultura de uso del condón para evitar el contagio de enfermedades venéreas y embarazos no deseados, y el Estado cubano ha dejado sabiamente a la mujer la decisión del tema del aborto —como debe ser, según mi opinión—, es muy importante recordar las posiciones de la Iglesia Católica y del Papa ante estos temas tan sensibles. Esto, para no “irnos con la de trapo” y retroceder así en materia de logros sociales como los mencionados, ni tampoco en la libertad de pensamiento, pues para mí la Iglesia católica es un dogma, más sutil que el Comunismo, eso sí, pero dogma al fin, y la nación cubana no debe en modo alguno, para escapar de este, lanzarse a los brazos de otro, mucho más antiguo y solapado como el que representa el Papa.

Fue la Iglesia católica y no el Comunismo la madre de la homofobia, al punto de que, casi desaparecido aquel, lo sigue practicando e inculcando, y de un modo muy poco “cristiano”, pues, llena de culpa, es la que lanza la primera piedra. Ya de entrada, el pedirle el celibato a los sacerdotes es una soberana aberración, que no aparece en ninguna parte del Nuevo Testamento, y que desgraciadamente, fue el refugio para muchos jóvenes que, al reconocerse “diferentes”, escaparon del matrimonio haciéndose curas.

No hace falta abundar en las consecuencias de esta negación de la sexualidad —que nos puso Dios a su imagen y semejanza—, pues los cientos de casos de pedofilia y abuso infantil por parte de curas, que explotaron como cafeteras de tanta abstención sexual, hablan por sí solos.

Sobre la Iglesia católica como principal instigadora de la homofobia, pese a su tejado de vidrio y al legado de Cristo de tanto amor y comprensión, el plantear que la institución del matrimonio peligra debido a esto y que la raza humana se extinguirá si dichas uniones proliferan, es algo tan pedestre que parece mentira que venga de la boca de una institución tan ilustrada.

Agotado el tema de la homofobia católica —“aceptamos a los homosexuales pero no la práctica del acto sexual entre personas del mismo sexo” —, es vital reprocharle al Papa su rechazo al condón y a los anticonceptivos, y su vida de oropel y lujo desmedido en el Vaticano, cuando todavía hay tanta miseria y enfermedad en el mundo, y esto aplica para curas, obispos y cardenales, entre los cuales el nuestro no canta nada mal las rancheras.

Ah, y en materia de libertad de culto, afortunadamente el pueblo cubano nunca fue tan fanático de la religión católica como otros pueblos de Hispanoamérica, pues de un modo totalmente pragmático se bautizaba a los hijos y muchas bodas eran por la Iglesia, pero también se consultaba a los babalaos y se visitaban las “Fiestas de santos” yorubas, parte muy importante de nuestra identidad nacional, y ahora, porque este Papa nos visite, no vamos a volver a su redil para escapar del otro.

Considero que tras estos 53 años transcurridos la nación cubana ansía libertad económica, social y política, pero no otro dogma, y ojalá que la libertad de pensamiento que cada vez cobra más fuerza entre la población, sea capaz de conciliar el creacionismo católico con el darwinismo.

Es matemáticamente incomprensible una evolución ciega, ya que todo en el mundo tiene un orden, esencialmente matemático, cosa que los satélites y los celulares nos recuerdan a cada minuto. Una combinación de elementos y mutaciones al azar, sin la existencia de una inteligencia no circunscripta que las ponga en marcha, no explica el surgimiento de la vida en la Tierra a partir de aquel primer coacervado que comenzó a intercambiar nutrientes con el medio.

Si no hay una inteligencia superior, no circunscripta, que “organice” y “dirija” el proceso evolutivo enunciado por Darwin, queda absolutamente inexplicada la existencia misma del hombre, por lo que el creacionismo y el darwinismo pueden convivir sin darse golpes entre sí, complementándose y reafirmándose el uno con el otro, así que ojalá que el pueblo cubano, tan necesitado de Dios como ninguno, sepa verlo y amarlo sin las trampas de la fe católica.


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